La tierra prometida de Stalin

En julio de 2010,  el periodista Cristian Segura y una servidora emprendimos un viaje por el Lejano Este de Rusia, siguiendo los pasos de Derzu Usala. Para los que no lo conozcáis, Derzu Usala fue un cazador aborigen de la taiga,  y protagonista del libro escrito por el explorador ruso de principios del siglo XX, Vladimir Arseniev. Las aventuras de Arseniev y  Derzu por la taiga del Ussuri quedaron inmortalizadas gracias a la película realizada por el cineasta japonés, Akira Kurosawa (El cazador, 1975).

El relato de nuestro viaje por esta región remota de Rusia – el “Far East” – quedará plasmada en un libro, que publicará próximamente la editorial Altaïr.  Sin embargo, hay una etapa de nuestro periplo que ha quedado excluida por no pertenecer al universo de Derzu. Se trata de nuestra visita a Birobidzhan, capital del Estado Autónomo Hebreo, una región remota de Siberia, fronteriza con China, donde Stalin decidió fijar el  “hogar” de los judíos de la Unión Soviética.

 Antes de detenernos en Khabarovsk, ciudad donde residió Arseniev y destino final de nuestra aventura por el Far East ruso, decidimos visitar Birobidzhan, capital de la Región Autónoma Judía. Este oblast, perdido en los confines de Siberia Oriental, fronterizo con China, fue creado por Stalin para albergar a los ciudadanos de origen hebreo dela Unión Soviética. Bajo la excusa de estar ofreciendo una “Tierra Prometida” dentro dela URSS, Stalin camufló la movilización forzada de miles de judíos en los confines de la remota e inhóspita Siberia.  Hoy en día la población hebrea de Birobidzhan se reduce a un centenar de personas, la mayoría ancianos. ¿Por qué? Porque a medida que se acercaba la disolución dela URSS, los judíos aprovecharon para abandonar esta región inhóspita y emigrar a Israel o a Estados Unidos.

Para llegar a Birobidhzan desde Khabarovsk hay que tomar la N-68, una carretera que  atraviesa la estepa siberiana de oeste a este, flanqueada por el ferrocarril Transiberiano. El cielo se extiende por encima de nuestras cabezas como un tapiz azul que no se acaba nunca. En Siberia tengo la sensación de quela Tierrasólo puede ser plana.  Las nubes proyectan sombras sobre el suelo llano y árido de la estepa. El tren nos adelanta, a pesar de que Alexei conduce como un loco. Nos da tiempo para ver de lejos la estrella roja que decora el morro de la locomotora y contar los containeres y vagones cargados de troncos que arrastra detrás.

***

cartel de bienvenida a Birobidzhan, capital del Oblast autónomo judío c)andrea rodés

Un cartel de la era soviética escrito en cirílico y hebreo da la bienvenida a Birobidzhan.

“Birobidzhan tiene fama de ser la ciudad con los peores mosquitos de Rusia”, nos comenta Alexei, nuestro traductor, deteniendo el Toyota Corolla frente al cartel para tomar una foto. El municipio está enclavado en una zona pantanosa, a orillas del río Bira, muy cerca de la frontera con China.

Aunque menos visible – y molesta- que los mosquitos, la presencia del gigante asiático ha dejado huella en la región. Durante los últimos años, numerosas empresas chinas han estado invirtiendo en la explotación de los recursos agrícolas y mineros del oblast judío. En Birobidzhan hemos visto que muchos trabajadores empleados en las obras de construcción son chinos. Gracias al dinero procedente de Pekín también se ha puesto en marcha la construcción de un puente que unirá por primera vez China y el estado hebreo  por tren.[1]

Birobidzhan es como un parque temático abandonado, una especie de Disneyland  en el que se mezclan  iconos hebreos y comunistas: estatuas de Lenin, menorah gigantes, la hoz y el martillo, estrellas de David esculpidas en el respaldo de un banco…

El centro de la ciudad, renovado hace tres años con dinero israelí y americano, gira entorno al mercado. Los rótulos de los tenderetes siguen escritos en hebreo, a pesar de no hay clientes judíos, me explica una campesina de mofletes sonrosados, dueña de un puesto de frutas y confituras.

En la entrada al mercado de Birobizhan un ruso vestido con camisa de lino y gafas de sol estilo Gaddaffi se ha enfadado con nosotros al verme sacar la cámara. Mi intención era sacar una foto de los carteles en hebreo, pero el hombre se ha pensado que quería retratarle a él.  Se ha puesto como una fiera. Todo muy acorde con su pinta de mafioso.

El mercado de Birobidzhan en verano está muy animado. Los campesinos colocan sus tenderetes de frutas y verduras bajo un enorme cobertizo en el exterior, mientras que en los pabellones anexos venden carne y ultramarinos.  Entre las vendedoras de verdura está Pavluska Zima, una anciana de rostro arrugado, que pasa la mañana conversando con las propietarias de los tenderetes vecinos. La mayoría de estas mujeres tienen aspecto de rondar los 70 años. Muchas son campesinas de origen chino o coreano.  Pavluska y sus amigas llevan muchos años vendiendo en el mercado y aseguran que la economía va cada año a mejor. “Ahora la gente tiene empleo”, dice Zima. “¿Judíos en Birobizhan? Quedan pocos, pero algunos son muy buenos clientes”, asegura la anciana. Vende patatas, zanahorias, cebollas, que coloca en pequeños montones sobre el mostrador. También venden frascos de frambuesas y un combinado especial a base de fruta seca para hacer kompott.

Al salir del mercado nos ha pasado por delante una guarda de fronteras con una mini falda color militar y tacones de vértigo. Alexei y Cristian se han quedado embobados ante el trasero de la joven soldado, que caminaba en compañía de otros dos oficiales.

En la avenida Leninskaya hay dos sinagogas restauradas con dinero de comunidades judías de EEUU e Israel.  Uno de los edificios más interesantes es la guardería (Pioneer and school children palace), construido en 1949, que antes habido la sede del teatro judío. La construcción, de estilo Bauhaus, fue fundada por estudiantes del teatro judío de Moscú y  abolida por los soviets en 1949.

Lidia Nicolaievka, la encargada del museo de historia de Birobidzhan, dedicado al pasado judío,  nos confirma que en la ciudad apenas quedan judíos. Ni si quiera ella misma lo es. “Soy georgiana, pero también tenemos la nariz grande”, bromea, resiguiendo el perfil de su nariz con el dedo. Lidia llegó a Birobizhan en 1969 y ha visto a muchos de sus amigos y vecinos emigrar a Israel.

Nicolaievka se pasea indiferente entre las salas repletas de símbolos y reliquias judías mezcladas con objetos de propaganda soviética. En el museo se echa de menos alguna mención a las purgas de Stalin contra la comunidad hebrea de Birobidzhan.  La biblioteca de Birobidzhan, un edificio de estilo clásico restaurado con dinero extranjero,  tiene una de las mejores colecciones de literatura yiddish de la ex URSS.

Delante del museo está la antigua sede del primer diario de la ciudad, que fue el único periódico en yiddish dela URSS hasta 1969.

el mercado de birobidzhan (c) andrea rodés
mercado de Birobiddzhan (c)andrea rodés

En el paseo junto al río se encuentra el Palacio de Cultura, un teatro colosal, de estilo soviético. En la entrada hay una escultura de un violinista vestido con atuendos tradicionales hebreos:  un intento de Moscú de resaltar el  el patrimonio cultural judío de la ciudad.

Al atardecer, los jóvenes de Birobidzhan se reúnen para comer y bailar en los chiringuitos, a la orilla del Bira. El más popular está regentado por un grupo de chinos de Harbin. Ofrecen platos típicos del norte de China, que aquí valen el doble que en su país. Rusia es un país caro, incluso en el lejano Este, una de las regiones más deprimidas del país. Mientras nosotros nos empachamos de pollo frito, jiaozi y cacahuetes, los adolescentes se emborrachan de cerveza y bailan a ritmo de tecno en la terraza, indiferentes a los mosquitos.

Las oportunidades escasean y muchos jóvenes de esta ciudad de 27.000 habitantes opta por marcharse a Khabarovsk o Vladivostok cuando termina la escuela.  Sin embargo, la situación económica está mejorando bastante gracias a la apertura hacia China y “cada vez hay más empleo”, asegura Veronika, una mujer de unos cuarenta años, con el cabello corto teñido de rubio platino, que se ha puesto a charlar con nosotros mientras espera el autobús, en la avenida Leninskaya. Los padres de Veronika son emigrantes de Ucrania. No hay color  con la situación que a ella le tocó vivir de joven. dice Veronika, contenta de poder hablar con extranjeros.

No hay mucho turismo en Birobidzhan, pero el hecho que  sea una parada del Transiberiano ha ayudado a atraer  visitantes, especialmente judíos de Israel o EEUU en busca de sus orígenes.  Eso explica la presencia de un hotel moderno como el Vostok en medio de Siberia.

“La mayoría de nuestros clientes son turistas israelíes con antepasados en la zona. Vienen a Birobidzhan porque quieren descubrir más sobre la historia de esta ciudad y de sus raíces”, nos explica la recepcionista del Vostok, escondida tras el anodino mostrador de mármol.

Los judíos empezaron a instalarse en esta región a finales de siglo XIX, bastantes años antes de que Stalin ordenase la creación del Estado Judío. Muchos huían de los pogromos y se pusieron a trabajar en la construcción del ferrocarril transiberiano. En Harbin, la ciudad china más cercana, nació el abuelo del ex primer ministro israelí, Ehud Olmert. (más info en este artículo: http://www.publico.es/internacional/231488/las-raices-chinas-de-ehud-olmert).

El Vostok se nos aparece como un espejismo, después de tantos días seguidos durmiendo en moteles de camioneros: limpio, moderno, con bañera e Internet en la habitación. Pero Alexei se pone pesado y nos convence para alquilar un apartamento en un barrio obrero a las afueras de la ciudad. Al menos ahorramos: cuesta 1.000 rublos la noche, 24 euros.

El tipo que nos lo alquila se llama Stas (Stanislav), un hombretón de ojos azules y mirada nerviosa, que conduce un Hyundai tuneado,  de color negro, el coche oficial de los “macarras” del Far east ruso.

Stas es propietario de varios apartamentos de alquiler en Birobidzhan y además es el dueño de un negocio de taxis. Nos ha alquilado un apartamento sencillo, en un bloque de viviendas para obreros en los suburbios de la ciudad. Son todos iguales: parquet de imitación, plastificado, muebles de madera anticuados, paredes recubiertas de papel floreado y edredones con estampados de dibujos animados.

Las paredes son como de cartón y se oye  el retumbar de las puertas blindadas de los vecinos. El pasillo es lúgubre y mal iluminado, y las escaleras comunitarias están cubiertas de polvo y escombros, como si el edificio aún estuviese en obras. Sin embargo, el bloque tiene más de treinta años, nos asegura Stas.

“Fue construido por una unidad del ejército ruso dedicada a la construcción de viviendas sociales y edificios públicos, nos explica nuestro casero macarra al día siguiente, cuando regresa para devolvernos la fianza y comprobar que todo está en orden. No hemos pegado ojo en toda la noche. Las mosquiteras estaban rotas y los insectos nos han declarado la guerra.

Desde el balcón de latón de nuestro apartamento se divisan las chimeneas de carbón de las centrales térmicas y los bloques de viviendas de la era soviética que se extienden alrededor de Birobidzhan. Una de las fábricas expulsa una larga humareda negra. Es una planta de suministro de agua caliente, que todavía funciona con carbón. “En otros países fríos, como Suecia o Canadá, hace tiempo que han sustituido este tipo de plantas tan contaminantes por calderas individuales en cada edificio”,  se lamenta Alexei, rascándose la cabeza rapada, un tic que no puede evitar cuando nos cuenta algo que le preocupa. Este sistema de abastecimiento de agua caliente y calefacción es uno de los últimos vestigios dela URSS. Es el mismo que en el norte de China: la calefacción empieza en otoño y se corta en marzo, cuando todavía hace un frío que pela.

Medio zombis, y sin haber desayunado aún, nos hemos puesto a conversar con un grupo de paletas. Entre ellos hay un lampista de 22 años que chapurrea el inglés. Asegura que quiere irse a vivir a  Vladivostok y estudiar para ser profesor de idiomas, pero antes necesita trabajar para ahorrar. Prefiere Vladivostok a Khabarovsk, a pesar de que ésta está mucho más cerca. “Khabaovsk es una ciudad más violenta e insegura”, asegura.

Alexei nos riñe por dar conversación a los trabajadores. “Seguro que son delincuentes” nos advierte. Alexei es un deti asfalti, un  “niño del asfalto”:  criado en Vladivostok, con estudios, a quién toda la población rural del Lejano Este le parece  “chusma”. Acabamos por ignorar sus prejuicios contra borrachos, marginados sociales y gente de provincias.

Lo último que veo antes de marchar de  Birobidzhan es a un joven gordinflón haciendo prácticas en un Lada destartalado, con el cartel de la autoescuela a punto de despegarse del capó.  Agarra el volante con el  rostro contraído por el miedo, mientras el profesor toma notas a su lado. Me cuesta creer que en pocos años este chavalín de aspecto torpe  estará conduciendo como un loco porla M-60 como Stas o Alexei”.

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