Israel, bienvenido al Club Med

Israel se fundó en el año 1948 y desde entonces no han dejado de llegar judíos de todo el mundo para formar parte del nuevo Estado hebreo. Mi amiga Shani, por ejemplo, es hija de un judío emigrado de Bulgaria, mientras que la familia de su madre proviene de Trípoli, en Libia.  Por Tel Aviv se ve gente de todo tipo, pelirrojos, rubios, de aspecto árabe e incluso africanos, llegados de Etiopía.  Esta mañana hemos ido a desayunar a una pastelería  cerca de casa de Shani, en Ramat Aviv, un barrio residencial para las clases acomodadas, al norte de la ciudad. La camarera es una joven de tez pálida y pecosa, con el cabello pelirrojo recogido en  una trenza. Su marido, el pastelero, es un hombre corpulento, alto, moreno, podría pasar perfectamente por marroquí.  Habla un inglés perfecto y ha detectado enseguida gracias a mi acento que era española. “¿De Barcelona?” Bingo. El pastelero vivió allí 6 meses y todavía lo echa de menos. “Barcelona es una bonita ciudad”. Le doy la razón, pero le recuerdo que la situación económica es  para salir corriendo.

“Aquí no es mucho mejor” , comenta Shani, mostrándome una noticia publicada hoy en el Haaretz, el periódico “progre” de Israel:  habla de los “indignados” de Tel Aviv, que también salen estos días a la calle por el 15M. Se quejan principalmente de dos cosas:  del elevado precio de las viviendas y de la necesidad de reformular el sistema económico actual. Según Shani, “la burbuja inmobiliaria y la subida de precios de los pisos en Tel Aviv es culpa de los extranjeros que se compran apartamentos  y los tienen vacíos casi todo el año”.

entrante de berenjenas con yogur que me he comido en la cafetería del Museo de Arte de Tel Aviv

Mi amiga enciende un pitillo y da un sorbo a su café con leche, cremoso y aromático, nada que ver con el café con leche guarro de bar corriente español.  La terraza de esta pastelería es el punto de encuentro para abuelas que cuidan de sus nietos y mamás que han salido a hacer la compra por el barrio.  La especialidad del local son los Gviniot,  una pasta de hojaldre rellena de queso fresco, típica de Rusia.  Me zampo dos. Son deliciosos.

A nuestro lado se ha sentado una pareja de ancianos arrugados, a quiénes la camarera pelirroja atiende con cariño. La abuela se queda dormida, con la mejilla apoyada sobre la mano, antes de que la camarera regrese con su café. Las ramas de un frondoso ficus nos protegen del sol. Un poco más allá, tres jóvenes con aspecto de diseñadores gráficos mantienen una animada reunión de trabajo, sin levantar la mirada sobre los planos esparcidos sobre la mesa.

Shani y la mayor parte de los vecinos de Ramat Aviv no tienen problemas de vivienda ni dinero. Mi amiga tiene 34 años, conduce un Golf último modelo  y vive en un apartamento de diseño, propiedad de sus padres.  Shani es la  mayor de cuatro hermanos, tres chicas y un chico. El pequeño vive aún en casa. Las tres mayores viven en el mismo barrio y trabajan en el negocio familiar, una cadena de distribución y ópticas de gafas de marca. Digo trabajar por decir algo, porque mi amiga no tiene pinta de haber pegado brote desde que la vi por última vez,  hace 11 años.  A lo largo de todo este tiempo nunca me ha especificado de qué trabaja. Yo sospecho de que trabaja para el Mossad. Para empezar, sé que hizo la mili en el Servicio de Inteligencia y tiene terror a que alguien descubra que fuma porros.  Me quedan cinco días más por delante para averiguarlo.

A parte de intentar convencerme con el bulo de que trabaja para su padre,  lo que más me ha sorprendido de mi amiga es que ahora fuma como un carretero, sea Winston lights o porros de hachís. Ayer por la noche, mientras nos poníamos al día después de tanto tiempo sin vernos,  se fumó cuatro porros seguidos. Shani estaba tan colocada que tuvo que girar cuatro veces  el libro que le regalé para acertar abrirlo por el lado correcto. Por cierto, se trata de una bonita versión ilustrada de Alicia en el País de las Maravillas , traducida por Andrés Barba  y con dibujos del artista neoyorquino Peter Kuper (publicada por los editores de Sexto Piso, que desde hace poco tienen la suerte de tenerme como compañera de oficina).

Versión ilustrada de Alicia en el País de las Maravillas, Andrés Barba y Martin Kuper
( Ed, Sexto Piso)

El hecho de que mi amiga se haya vuelto una rebelde porretas es un indicio de que Israel parece estar pasando por un proceso de Mediterraneización.   Algunas calles de Tel Aviv me han recordado a Mataró, con sus grupos de adolescentes con aspecto de macarrillas sentados en un banco a la salida del instituto, comentando el culo de las chicas. Éstas, con sus ojazos azules, sus  facciones finas  y sus esbeltas siluetas balanceándose sobre sandalias  de tacón,  tenían todo el aspecto de ser de origen ruso. Sólo he viajado una vez a Rusia, y tengo que reconocer que no he vuelto a ver tantas chicas guapas en toda mi vida.

“En los últimos años han llegado a Israel más de un millón de rusos”, me explica Shani. Entre ellas, su ex-novia, Yulia,  a quién acabó echando de su apartamento porque por muy bellezón que fuera era una ” drama queen”, “la reina del drama”. Mi amiga se ha propuesto ahora encontrar una novia para casarse. Su madre, que ya sabe desde hace tiempo que es lesbianda,  está contentísima, me asegura Shani.

la calle Ben Yehuda al atardecer

Tel Aviv es una ciudad muy gay. Paseando por el muelle me he cruzado con numerosas parejas de homosexuales, guapos, cuadrados y con la piel tostada por el sol. En las terracitas de la calle Ben Yehuda veo algunos hombres jóvenes de aspecto metrosexual, con sus camisetas apretadas marcando abdominales. Gays, ancianos y mamás de origen argentino jugando con sus niños pequeños se mezclan  con ortodoxos de tirabuzones pelirrojos y mochilas Eastpack colgadas sobre la espalda.

dos paseantes por la calle Ben Yehuda

La calle Ben Yehuda es una mezcla entre barrio obrero soviético y ciudad mediterránea  levantada en los años sesenta, con sus bloques de cemento, antenas y aparatos de AC intercalados con hileras de banderitas israelís.  Quizás por el hecho de estar todos los bloques pintados en el mismo color crema, la presencia de árboles y flores de colores por todas partes , Tel Aviv se salva de ser una ciudad fea.  La puesta de sol sobre el mar lo cubre todo de una luz especial, recordando de alguna forma que esto es oriente. Detengo a un taxi para regresar a casa y me doy cuenta de que el taxista está fumando.  No tiene ninguna intención de apagarlo. “Bienvenidos al Club Med”, leo en un cartel publicitario. Ayer, al aterrizar en Tel Aviv y observar como los pasajeros encendían sus móviles y se levantaban para recoger los bultos cuando el avión todavía seguía rodando por la pista, me di cuenta de que Israel es parte del Mediterráneo más asalvajado.

Hummusserie, un concepto original….

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