Vintage Tel Aviv

La Avenida Rotschild es un paseo que cruza Tel Aviv de sur a norte, del barrio viejo fundado por los primeros colonos, junto al puerto de Jaffa, hasta los edificios modernos del centro. Es parecido a la Rambla, con un paseo central sin asfaltar, flanqueado por árboles que protegen del Sol abrasador de mayo. No dejan de pasar en bicicleta  jóvenes en camiseta y bermudas, el uniforme local. Todavía no he visto a nadie en traje chaqueta. Un grupo de abuelos en silla de ruedas descansa a la sombra de un ficus bajo la mirada atenta de los cuidadores filipinos. “Llevamos 7 años aquí”, me explica uno de ellos. Dicen que se vive mejor en Tel Aviv que en otros países de Oriente Medio, destino anual de miles de trabajadores filipinos. Incluso hablan un poco de hebreo. Dejo al joven filipino y a sus compañeros preparando el almuerzo que se han traído de casa. Es mediodía y el calor aprieta. Persianas bajadas y balcones de cemento despintado forman el paisaje urbano de Tel Aviv. La arquitectura humilde de esta ciudad se camufla bajo las buganvillas y hileras de banderitas nacionales con la estrella de David de color azul. No hay mansiones ni rascacielos imponentes, sólo bloques de pisos de 4 o 5 plantas, más o menos sofisticados, según el momento en que fueron construidos: desde las primeras construcciones de estilo Bauhaus a las viviendas por módulos de cemento levantadas en los años 60 y 70, cuando Israel era un país pobre con una población creciente. En Tel Aviv no hay arquitectura presuntuosa ni edificios emblemáticos de presupuesto millonario. No hay torre Agbar, ni edificio Forum, ni museo Macba.

Algunos de mis amigos independentistas catalanes me han sugerido que pregunte por aquí qué hay que hacer para tener un Estado propio. Mi primera connclusión es que hay que ser humildes y coherentes con el país que uno quiere y puede tener. Tel Aviv se construyó a medida de sus posibilidades, pero sin olvidar al ciudadano: está llena de parques, zonas verdes, chiquiparks, interconectada con decenas de autobuses, tiene un sistema de alquiler de bicis que da mil vueltas al Bicing y escuelas públicas de mucho nivel.

Otro aspecto que destacaría a mis amigos independentistas es que aquí la diversidad linguística se valora y respeta, sin necesidad de imposiciones raras. En Tel Aviv todo el mundo aprende y habla el hebreo y el inglés, a parte la lengua de su familia de origen, sea el ruso, alemán, húngaro o sefardí ( el castellano antiguo que hoy siguen hablando los judíos que los Reyes Católicos expulsaron de Eshpain en el siglo xv). Por la calle oigo más ruso que hebreo, y a nadie le molesta. Es un país que integra a los emigrantes. Independentistas, tomar nota: dominar el catalán, castellano e inglés, y a poder ser, otra lengua más. Nada de imponer el catalán sobre las demás. Saber hebreo o catalán, no te hace más israelí o catalán.

Uno de los lugares más cool de Tel aviv es la calle Sheinkin. Me recuerda a Berlin, por los cafés bohemios y las tiendas vintage en los bajos de edificios de concreto cochambrosos. La moda, sin embargo, no es lo suyo. La gente de Tel Aviv viste bastante informal. No he visto pijos engominados ni nenas repipis con bolsos de Louis Vuitton. Tampoco veo coches ostentosos, tipo Mercedes o Bmw. La mayoría circula en modelos urbanos de Toyota o Nissan, algun que otro Golf, y muchas bicicletas, que nadie parece robar. El vandalismo es inexistente. El dueño de una zapatería me ha dejado sola en la tienda para ir a aparacar bien el coche cuando ha visto que una policía amenazaba con multarle.

La calle Sheinkin está incluida en el circuito de los estudiantes de hebreo y turistas norteamericanos atraídos por el ambiente bohemio del barrio. Tanto escaparate vintage ha provocado que acabase haciéndome la manicura en el salón de belleza de una francesa afincada desde hace 4 años en Tel Aviv. Luce un bronceado de lujo y sus ojos azules brillan como faros bajo capas de rimmel y eyeliner. Habla hebreo con soltura pero aún conserva la frialdad francesa. Molesta porque le he detectado el acento – “would you like to try the cheggy pink? It’s a vegy nice color”- ha optado por ignorarme y atender a una adolescente americana, que ha entrado acompañada de su madre para hacerse la pedicura.
He intentado conversar con la mujer que me hace las uñas, una cincuentona con la melena teñida de rubio, labios carmín y camiseta apretada del mismo color, dejando a la vista unos pechos generosos. Su inglés es malo. Es rusa, de Georgia, llegó a Israel hace 40 años y no piensa volver, “Journalist no good job, no? ” , me pregunta en su inglés macarrónico. “Good, yes, but No money”, le respondo, colaborando a mejorar el nivel gramatical de la conversación. “Here jobs, problem too now”, me contesta ella, mirando de reojo a la francesa.

Entro en una tienda de ropa presumiendo de mis uñas rouge cherry y una vendedora avispada ha logrado que me comprase dos vestidos de topos, uno rojo y otro azul eléctrico con un cinturón dorado (vale, tengo debilidad por la moda cursi). He acabado regateando un descuento, pero seguro que he salido perdiendo. Para que no me arrepienta de la compra,  la vendedora se hace la simpática, diciendo que le gustaría visitar Barcelona. “Al final, somos de dos ciudades hermanas, levantinas,  observa. Le digo que por mi Tel Aviv podría ser parte de Europa.  “En Israel casi todos tenemos origenes europeos, aunque mis tatarabuelos ya nacieron aquí. Fueron colonos pioneros” , me explica la vendedora, una mujer grandota, de ojos almendrados y pelo oscuro muy rizado. Podría pasar por libia, libanesa o de cualquier país de Oriente medio. “Israel podría ser Europa, pero los europeos no nos quieren” , opina, refiriéndose a la tendencia a ser pro-palestino. “Antes sí que nos querían. El problema son los árabes: en Alemania y en Holanda hay ahora tantos árabes que nunca los podrán integrar” . Prefiero no decir nada . Sus comentarios me parecen racistas. No sé a qué se refiere al decir que “antes” era mejor porque no habían árabes.  Parece olvidar que “Antes”, en Europa, matábamos a los judíos.
“En Israel no hay problemas de integración porque no tenemos árabes”, insiste la mujer. Entorno los ojos . La mujer, señalando a su ayudante, una dependienta jovencita, rubia y de ojos azules, añade: “por ejemplo, ella es rusa y se ha integrado perfectamente” . La joven me sonríe y en un inglés perfecto me explica que tiene 21 años y que cuando llegó a Tel Aviv sólo hablaba ruso. Ahora habla bien tres idiomas. “Nada más llegar hizo el servicio militar, que en Israel es obligatorio para chicos y chicas, y dura dos años”, me explica su jefa, orgullosa.
Vuelvo a casa con el culo magullado tras 2h30 de bici. He cruzado Tel Aviv de sur a norte. Mi amiga me espera en casa con un porro en la boca. Es el segundo. Se olvida de que tenemos entrada para un espectáculo de danza contemporánea y me pide que conduzca yo.
El show, “Hora”, es la última producción de la compañía de danza Batsheva, la mejor y más conocida de Israel. A mi me conmueve. Cuando termina, Shani me suelta que no ha estado mal, pero que ella para bailar prefiere a Britney Spears.

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arquitectura sin pretensiones en el centro de Tel Aviv
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escuela ortodoxa cerca de la avenida Rotschild, Tel Aviv
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una tienda de bicis junto a la playa, Tel Aviv

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