Viernes 13

Siempre he creído que la mala suerte existe, que está por todas partes, y que un día va, y te toca. También les tengo bastante manía a los holandeses, por una serie de experiencias personales bastante traumáticas (preguntarme y os respondo en privado).  Lo que no creía era en tonterías tipo da mala suerte que sea “Viernes 13” o que  se te cruce un gato negro por delante. A partir de hoy todo es diferente.  Creo en los viernes 13 y corroboro que los holandeses me continúan cayendo mal

Esta tarde, después de una agradable comida al aire libre en la Barceloneta con mi amiga Samina, la mala suerte se ha cebado contra mi. (O era Dios, qué me castigaba por estar de viernes al Sol en lugar de currando?). Al salir del parking, he sido arrollada por un trailer kilométrico conducido por un holandés. El tío ha salido blasfemando contra mi, acusándome de loca, cuando yo estaba muy quietecita en la boca del parking, esperando el momento de poder salir. Quizás el morro del coche sobresalía un poco, pero entonces el tipo, un cincuentón de mofletes rojos, vestido con bermudas y chancletas (quién conduce un trailer con chancletas?), me suelta que “él desde ahí arriba no tiene porqué ver nada”. Lo peor es que tampoco escucha nada, porque no se ha limitado a chocar contra mi, sino que ha seguido conduciendo hasta que todo el remolque hubiese rozado contra mi pobre Toyota. Samina y yo nos hemos quedado muy quietecitas, viendo como el retrovisor y el frontal del coche saltaban por los aires.

Nuestro percance ha colapsado el tráfico de la Barceloneta, un barrio en el que me planteaba vivir a partir de setiembre. Estoy segura de que a partir de hoy mi cara ya es familiar en el barrio.  La he liado tanto que incluso ha venido la policía nacional – muy simpática- y dos agentes de la guardia urbana que me han recomendado un par de truquillos para ganar el parte contra el camionero holandés. Básicamente, me han aconsejado que dijera alguna mentirijilla. Thank you folks. (aunque no han sabido qué decirme para evitar la bronca que me espera de mi padre).

COmo no hay mal que por bien no venga, he tenido el placer de conocer a Ramon, el mecánico del RACC que ha venido a salvarme. Ramón ha subido el coche a la grúa y juntos nos hemos ido hasta Mataró. La ronda litoral estaba colapsada y nos ha dado tiempo para contarnos la vida en verso. Somos casi vecinos. Ramon es de Canet, yo soy de Cabrera de Mar. Chicos de pueblo. Los dos hemos pasado por Megatron y CHasis y Barcelona nos parece demasiado agobiante.  Ahora Ramon vive en Hospitalet, pero espera que pronto le concedan un puesto de mecánico en la zona de Girona. Su ideal es vivir en el pueblo más pequeño del Empordà. Le gusta la tranquilidad. Especialmente desde que dejó el Ejército. Ramon, así como lo veis, un tipo fortachón de bonitos ojos azules, subido a la grúa del racc como si fuera el tractor amarillo, antes era mecánico militar. Ha estado en Kosovo y Bosnia, una experiencia que le marcó tanto que acabó desertando. Una de las funciones de los tanques y camiones militares españoles que él reparaba  era destapar fosas comunes y llevarse a los cadáveres.  También fue duro “aguantar los elementos humanos que te encuentras en el ejército”.

Ramón se acuerda particularmente de un teniente “muy hijo de puta” que “siempre retrasaba los convoyes para que yo fuera con él”. “Yo le decía que acaba de regresar, que llevaba días sin duchar y comiendo mierda, pero a él no le importaba. Que me esperaba”, cuenta Ramon. “Era uno de los mejores mecánicos. Podía hacer chapuzas pero nunca dejaba un camión tirado”, me asegura.

En una ocasión, el teniente en cuestión se empeñó en liderar un convoy, pero se le estropeó el PAtrol y lo metimos en nuestro camión. Quería dirigir. El soldado que viajaba con nostros sabía que estaba perdido, pero nadie se atrevía  llevarle la contraria. Hasta que los de atrás nos avisaron que estabamos en un campo de minas. Entonces el teniente se metió en el coche y no dijo ni mu. Se quedó blanco como el humo. Estaba cagado”, añade Ramon.

También había gente maja, como “aquel jefe que nos convirtió en el único destacamento con  vasos de plástico largos y cubitos para tomar el whisky. “Si somos todos unos alcohólicos, lo seremos con clase”, dijo el jefe del destacamento, según RAmon.  Ya hemos llegado a MAtaró. Nos despedimos. “Que consigas la tranquilidad en girona”, le deseo. Eso implica que yo no me pegue un piño en los próximos días por ahí. MAmá, lo siento, pero cogeré tu coche…

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Ramon y mi coche

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