Café tostado

La Boqueria de ciudad de Mexico está en la calle Puigibet,  conocida entre los taxistas por ubicarse ahí una de las principales antenas de telefonía de la capital.
Desafiando los posibles efectos radioactivos de las antenas que coronan esta torre piramidal de estilo futurista- Teléfonos de ,mexico- se encuentra uno de los mercados de comida más animados de la capital. Muchos pollos, pescado fresco, langostinos y chavones, cabritos ensangrentados todavía sin esquilar. “¿qué anda buscando, señorita?”, me pregunta un tendero de pelo negro y rizado y gafas de montura redonda. El john lennon del mercado intenta convencerme con su voz dulce y agradable para que compre unos camarones. Quizás otro día, cuando viva aquí, respondo.

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La amabilidad de los mexicanos saca lo mejor de mí, una catalana fría e introvertida. Tengo que aprender a ser cariñosa y a  hablar por hablar.
En la sección de verduras, las vendedoras estan de pie sobre una tarima, enmuralladas tras una pila de calabazas, berenjenas, cebollas y zanahorias. En otro puesto venden coles y verduras, todas con nombres chinos. También hay queserías y tenderetes de especias, chiles y marinados, donde dos comerciales delgaduchos, enfundados en un traje chaqueta desgastado y con el maletín de piel falsa en la mano, intentan engatusar a las vendedoras para que les encarguen un nuevo pedido.

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Fuera, en la calle, huele a café recién tostado. ” es de Chiapas, señora”, me explica el dueño de un  pequeño local de café, donde una vieja máquina aún se encarga De moler el grano.
El hombre, con delantal blanco y la piel curtida  remueve el saco de café delante mío, levantando su olor al aire y excitando mi olfato. “otra vez será”.
El aroma del café penetra hasta el interior de la iglesia de la Guadalupe, vacía a las 12,30 de la mañana. Tres ramos de margaritas blancas artificiales decoran el altar, listo para la próxima misa. Música
de órgano. Sale el sol. Unos chávales con viseras de beisbol y el pelo rapado se dedican a jugar a frontón con la mano, lanzando la pelota de tenis contra el muro gris de la iglesia. La torre de teléfonos y el rostro gravado en la piedra de la Guadalupe les vigilan.
Me zampo al sol una quesadilla de flor de calabaza, hecha con mucho cariño por las cocineras de la cantina Traición, en la plaza de San Juan. Una de ellas lleva el flequillo enrollado en un rulo gigante, por lo que tiene una visión perfecta para controlar que mi torta de maíz no se queme. Está deliciosa. No estoy acostumbrada al gusto del maíz. En barcelona rara vez lo tomo, a parte de cuando pido nachos o quicos. Las calles del.centro histórico de DF estan animadisimas, hay gente haciendo cola en las taquerías, colocadas estratégicamente en cada esquina. Imposible no fijarse en el pedazo de carne asada clavada en un gancho,  regalimando aceite, que los camareros cortan en lonchas muy finas, igual que un kebab. Huyo de la tentación y me meto en una librería cerca del zócalo,  la Juan José Arreola. Compro Bolaño y pienso que he de comprar más.

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preparando mi quesadilla

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