Tostadas para ser feliz

Hoy me he dado cuenta de lo poco que necesito cuando viajo para ser feliz. Basta con meterme en un mercado de comida, a poder ser en un pueblo feo y alejado de turistas, y pedir lo mismo que los locales. En esta ocasión he encontrado la felicidad en San Juan de Teotihuacan, una aldea de las afueras de DF,  junto a las imponentes pirámides aztecas de Teotihuacán.

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La mayoría de los turistas se limitan a bajar del autocar y visitar el recinto arqueológico, situado a unos 70km de la capital, y pocos se dignan a visitar San JUan. Es cierto. No es un pueblo bonito. Pero tal y como se lee en el cartel de bienvenida, “es un pueblo con encanto”. Yo he llegado sobre la una del mediodía, coincidiendo con la salida del cole. La plaza mayor, con sus porches de arcadas a cada lado, se ha llenado de niños y niñas de piel oscura, vestidos con el típico uniforme escocés. La mayoría está comiendo algun tipo de marranada o comprando lápices y gomas en las papelerías. En Mexico las papelerías son como las de antes, locales pequeños, con estanterías a rebosar de libretas, gomas, tijeras y cromos de colección. Igual que a un niño, se me van los ojos cuando paso por delante del escaparate de la panadería la guadalupiana: croissants gigantes (“cuernos”), brioches en forma de concha, madalenas, bizcochos, panecillos. Agarro una bandeja y unas pinzas y me decanto por un polvorón azucarado y unas deliciosas, dos galletas tamaño XXL unidas por una capa de chocolate. Pruebo las pastas mientras paseo.Doy un mordisco al polvorón y enseguida noto el subidón de azúcar (los escalones de la pirámide del Sol me han dejado molida).

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Desafortunadamente para mi trasero, está buenísimo. Hay riesgo de que me lo termine. “No, por favor!”, me suplico a mi misma. Como por arte de magia, tropiezo con algo y el polvorón se estrella contra la acera, espolvoreando mis pantalones negros de azúcar refinado. Dos niñas se ríen detrás mío.
Me cambio de acera y observo que el policía que dirige el tráfico lleva colgada una metralleta.  Hasta ahora sólo había visto que llevaban chaleco antibalas y una arma en la cintura.
Dos ancianas cruzan la calle en dirección al mercado. Las sigo hasta un puesto de pollos de color amarillo canario. “Pollos del corral, señorita. A buen precio”. También hay puestos de pepinos y nopales, el cactus favorito de los mexicanos. Los suelen tomar asados, encima de una tortilla, con salsa verde. Mangos, papayas, peras, toronjas. Pilas de flor de calabaza esperando rellenar alguna quesadilla.
Me siento en uno de los puestos al aire libre, donde las mujeres fríen quesadillas y “sopes”, una masa de maíz gruesa cubierta de frijoles, jitomate, cebolla, chile y queso.
Como no tengo tanta hambre, pido  una tostada de polloy una Coca Cola. Preparar la tostada le lleva tan sólo unos minutos: se trata de colocar sobre una tortilla crujiente  una capa de nata, lechuga, pollo trinchadito, aguacate y queso fresco. Mmmm. Comerla con los dedos sin que se desmonte es complicado, pero a mi alrededor todo el mundo lo hace. Un señor se sienta a mi lado y pide para llevar un sope de pollo con maíz azul, lo que da a la tortilla un color oscuro.  un poco más allá, una vendedora ofrece mazorcas de maíz hervidas, untadas en mayonesa y chiles. Soy feliz y sé de un gran compañero de viajes que disfrutaría igual que yo estando aquí. Todos somos insustituibles.

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