La plaza del danzón

Dos iboprufenos y un poco de música salsa son suficientes para superar una resaca de cerveza y tequila. En DF he descubierto que un buen tequila reposado es mucho menos peligroso que un gintonic. Salgo a comer unas quesadillas por el centro y deambulo como un zombie hasta llegar a la Ciudadela, donde una banda toca salsa en directo mientras los jubilados bailan alrededor de la estatua de una diosa clásica. La inscripción se ha borrado con el paso del tiempo, igual que mis conocimientos sobre historia del arte. “El toro mata.. Ay… Este torito como mata” … Estribillo pegadizo que exige rápidos movimientos de cadera.

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salsa en la ciudadela

Se acaba la canción y algunos cambian de pareja. Hay hombres con gafas de sol y sombrero de gaucho, o luciendo modelo sesentero: camisa rosa, patillas,  melena rizada y oscura, con tupé. Ellas  van muy maquilladas y  se han puesto vestidos coloridos ajustados, sin avergonzarse de sus caderas y pechos generosos. La sonrisa de felicidad de un bailarín  flaquito y con zapatos de color lila  cautiva las miradas de los curiosos que se aglutinan alrededor de la plaza.  Ahora suena un danzón: “Palmira de mi corasón… Con la esperansa de algun dia correspondas a mi amoor… NO Me niegues, Palmira, más tu amor”. El bailador gira  y sonríe como si estuviera drogado.
Algo apartados del centro,  en un caminito arbolado, tres jóvenes practican una coreografía  más atrevida,  incluyendo saltos en el aire,  en una mezcla de salsa-swing. De pronto, la música se detiene. Los altavoces han dejado de funcionar y la gente silba. Los músicos paran de tocar y la plaza se llena de un murmullo de voces y ruido de cacerolas. En cada esquina hay tenderetes de comida que ofrecen tostadas, salpicones y pozole. También hay puestos de ropa y complementos de piel sintética. Nada digno de ser comprado.
En el otro extremo de la Ciudadela se alza una escultura al general Morelos, flanqueada por cuatro cañones al que las parejas se suben para besarse y comer patatas fritas con salsa.
Una joven de tez blanca y larga melena oscura , vestida con falda y zapatos rojos, hace malabares y juegos de mímica subida a un taburete. Los niños la miran y se ríen.

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la maga de oz

Bajo un improvisado toldo de lona, un grupo de abuelos practica un baile de abanicos bajo las instrucciones de un profesor aficionado. Cualquier rincón del parque es bueno para colocar un toldo, agarrar un micro y ponerse a dar clases de salsa .  “Plaza del danzón. Bailar es cultura”, reza el cartel colocado en el entoldado principal, donde otra banda se prepara para tocar.

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plaza del danzón

Aunque ha refrescado, parece que esta tarde no lloverá. Aprovecho para volver a Coyoacán, mi colonia favorita del DF. Coyoacán es un pueblo pijo-bohemio, con teatros, cafés y un mercadillo super chic donde los diseñadores jóvenes de la ciudad exponen sus últimas creaciones. He acabado comprándole un vestido a una diseñadora argentina muy simpática, que lleva diez años viviendo en DF. “Esta ciudad está llena de oportunidades”, comenta la diseñadora. No piensa volver a su país. A mi lado, una pareja de trentañeros mexicanos se encuentra con unos amigos y empiezan a hablar, mezclando el español con expresiones en inglés. Aquí los pijobohemios estudian en Boston y la influencia gringa es inevitable. 
Pido un frappé con canela en un puesto de pasteles caseros y continúo mi último paseo por Coyoacan. Veo perros de raza por todas partes, sobretodo cockers, pero ninguno tan feo como el de Adrian, el amigo mexicano que nos llevó de fiesta ayer. Adrian tiene un Xoloitzcuintle (http://es.m.wikipedia.org/wiki/Xoloitzcuintle), un perro de raza mexicano, delgaducho y sin pelo. Es un perro-rata, al que le tiemblan las piernas al ver a desconocidos. Cuando va pacheco de maría, Adrian le abraza como si fuera su hijito. Alto, con gafas de montura de concha y bigotín, Adrian es un ejemplo de gafapasta mexicano. Es diseñador gráfico y escribe para http://distritoglobal.com/, una web de tendencias culturales de la capital mexicana. Gracias a él descubrimos el Museo del juguete, una antigua fábrica convertida en centro cultural, museo del graffiti y club nocturno alternativo. El local está en colonia Doctores, un barrio supuestamente peligroso, en el que abundan las drogas y las pistolas. Adrian y su amigo Ramon me protegen, así que no pasa nada. En el interior, los jóvenes(la media es de 24 años) bailan a ritmo de hip hop, rodeados de grafitis “chingones”. En el patio, dos pinches amasan pasta para hacer pizza. Una hawaiana, güey!

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