Si te ataca, defiéndete

Denver, la capital de Colorado, es la típica ciudad que todo el mundo te dice: “es fea”, no tiene nada”, “te vas a aburrir”, frases que mi cerebro procesa como estímulos para visitar un lugar. No me ha defraudado.

Nada más salir del aeropuerto de Denver se extiende delante mío la enorme planicie cubierta por un inacabable cielo azul, moteado de enormes nubes blancas,  que solo he visto en las pelis americanas. Al fondo, perfiladas entre la bruma, la silueta de las montañas Rocosas, the Rockies, como las llaman aquí.  Y al otro lado, los rascacielos del downtown de Denver. Nuestra casa por dos días es un pequeño apartamento que hemos alquilado por Airbnb- Está en la calle Vine street, en el upper Denver, un barrio de calles arboladas y de ambiente hipster, junto al City park, un campo de golf levantado a principios de siglo en medio de la ciudad. Nuestras vecinas son dos estudiantes vestidas en plan grounge,  de negro y bastante tatuadas, que nos han visto cuando sacaban a pasear a sus perros. Los dos eran de raza. Nos dicen que para visitar el centro lo mejor es ir en bici. Denver tiene un Bicing diez veces más moderno que el de Barcelona, Por 8 dólares tienes una bici 24 horas con unos frenos que no chirrían y puedes circular con la sensación de ningún coche te atropellará si te sales del carril bici.

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Tattered Bookstore, Denver

El gran descubrimiento en Denver ha sido la Tattered Bookstore, una librería de dos pisos de la que solo ha sido capaz de expulsarme el Aire Acondicionado. Me ha dado un ataque de alergia y he estado estornudando por todo el centro histórico
de Denver hasta que nos hemos metido en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, según alguna de las webs de mi hermano: Biker Jim Gourmet Dogs. Ha resultado ser un bar de hot dogs y yo he llorado de emoción comiendo un perrito caliente recubierto de cream cheese y cebolla caramelizada. Carlos se ha pedido la opción con la salchicha más picante y se ha echado encima todas las marranadas posibles, desde ketchup a jalapeños.

El bar no está muy lejos del estadio de béisbol, donde esa noche juega el equipo local, los Rockies, y en el bar no paran de entrar grupos de amigos en camisa de cuadros, chancletas y  visera de béisbol para celebrar contra San Francisco. “Is everything fine?”, nos pregunta la dependienta. Respondemos que sí con cara de felicidad. Hasta las patatas fritas están buenas. Cortadas muy finas, algunas todavía con la piel, crujientes y poco aceitosas.

En nuestro barrio del Upper Denver pasan del béisbol y dos jóvenes que acaban de salir de clase de yoga toman un pastelito y un tazón de café en  la terraza de una cafetería de moda. Otros se entretienen bebiendo cerveza y jugando a un juego absurdo que consiste en lanzar unos saquitos de arena y lograr meterlos dentro de un hoyo, un híbrido entre golf y petanca. Dos cachorros de ojos saltones babean ansiosos viendo volar los sacos. Son pug, una raza tan fea que uno de los jóvenes ha parado de beber cerveza para sacarles una foto con el iPhone.

Por culpa del jet lag, a las 6 de la mañana Carlos y yo estamos en pie y salimos a hacer jogging. No somos los únicos. El aire es seco y un poco más fresco, aunque no tardará en superar los 30ºC. A medida que nos alejamos de Vine st, las casas son más sencillas. La mayoría son prefabricadas, de tablones de madera, con su porche y un pequeño parterre delantero con flores, que las abuelas riegan sentadas en una silla de lona. Abunda una flor lila, parecida a la lavanda, y también rosas y margaritas silvestres. Un autobús escolar de color amarillo se detiene frente a una casa y a los pocos segundos una mujer de color regordeta aparece por la puerta con su pequeño. El niño sube al autobús y yo le saludo con la mano, pero no me ve. Dos horas más tarde, desayunamos en el Sant Mark coffee shop, una cafetería donde la gente del barrio se instala a primera hora con el laptop y pide un cafe latte y un  bagel con huevo. Suena música jazz y nadie habla.

Si Denver es el paraíso de los hipsters, Boulder, 50 km al norte, es un centro de hippies, ecologistas y yoguis. La ciudad, a los pies de las Rocosas, alberga uno de los campus principales de la Universidad de Colorado y está llena de negocios y restaurantes de comida orgánica o decorados con banderitas tibetanas. Está rodeada de naturaleza y hay senderos para caminar e ir en bici tan bien señalizados que hasta se echa de menos un poco de aventura. A media montaña hemos encontrado un lavabo y carteles que indican lo que hay que hacer en caso de encontrarse un oso: ” if attacked, fight back”     (si te ataca, defiéndete)

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En el farmers market, los miércoles por la tarde, la gente de Boulder se reúne en el parque para comprar melocotones orgánicos o degustar platos caseros, desde tamales mexicanos a pastel de cerezas o fideos vietnamitas. En un rincón una banda de música toca música swing y dos parejas bailan haciendo piruetas, despertando los aplausos de los mayores y miradas de asombro entre los niños. Se ve poco cochecito. Aquí los padres traen a sus retoños en brazos o subidos en carretas antiguas, de esas para llevar las herramientas o las plantas. En el río un padre chilla a su hijo que regrese a la orilla inmediatamente. El niño le ignora y sigue subido a la colchoneta, dejándose arrastrar por la corriente. Padres liberales, niños gamberros. De vuelta a la carretera, nos adelanta un grupo de motoristas sin casco. En el estado de Colorado, la ley no obliga a llevar casco. Y desde hace poco, ha regularizado la venta de marihuana.

swing improvisado en el farmer's market de Boulder, CO
swing improvisado en el farmer’s market de Boulder, CO

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