La otra América

Iglesias y más iglesias. Las hay de cemento, de madera, prefabricadas, al pie de la autopista o encavadas entre dos shopping malls, con sus enormes carteles en el césped anunciando los horarios de misa y un espacioso parquing enfrente para poder aparcar. Hemos llegado a Colorado Springs, la América Profunda, republicana, conservadora y religiosa. Nuestros anfitriones Airbnb no tienen nada que ver con las hipsters de Denver, que está sólo 100 kilómetros al norte. Jonathan y su mujer viven en el típico  barrio residencial formado por hileras de viviendas unifamiliares prefabricadas, idénticas la una a la otra, con su garaje y patio trasero para hacer barbacoas. La casa está llena de libros sobre Jesús y plegarias evangelistas enmarcadas en las paredes– incluso hay un cuadro con la palabra “faith” (fe) delante del WC- y sobre el piano hay un libro de música sacra. En la sala está el álbum de boda y lo abro cuando ellos no están. No deben tener más de 30 años. Jonathan es negro y su esposa es una guapa pelirroja de ojos grises y vivaces, que a la mañana siguiente nos la encontramos lavando los cristales en camiseta y mallas deportivas. Sin soltar el Glassex, se pone a hablar con nosotros. “Antes vivíamos en Los Angeles. Nos mudamos aquí buscando la tranquilidad”, me dice. La urbanización está junto a un cruce de avenidas/autopistas, donde se juntan varios centros comerciales, y al fondo se divisan las Rocosas. Se oye de lejos el sonido del tráfico. Es el primer día de un puente  de tres días (Labor day) y mucha gente viaja en dirección a las montañas. Le explico que en Europa celebramos el día del Trabajador el 1 de mayo y suelen haber muchas manifestaciones. “Oh, en Colorado Springs no pasa. La gente sólo quiere  relajarse, salir a comer y disfrutar del día de fiesta”, me dice.

La calle más animada de la ciudad es Tejon street, que el viernes noche se llenó de chicas en minifalda y tops con purpurina y hombres con cuerpo de culturista, tatuados por todas partes. En los bares ponen música tecno y salen a fumar a la terraza. “Esto es el Mataró de Colorado”, dice Carlos. También hay bomberos pidiendo donativos y marines en uniforme militar con la cabeza rapada. En los alrededores de Colorado Springs hay cinco bases militares y alberga la Academia de la Air Force, donde se forman los futuros militares de las Fuerzas Áreas de los EEUU.

El sábado por la mañana, las instalaciones de la Academia se llenan de visitantes. Este fin de semana es el “Parents Weekend”  y han organizado un partido de futbol americano entre el equipo de las AF, los Falcons, y otro de Iowa. La gente aparca sus pick ups y furgonetas Ford delante del estadio, dispuestos a pasar un buen día. La Academia, construida en lo 50, tiene dentro bosques, ríos y autopistas que la conectan por dentro. El edificio emblema es la Capilla, the Chapel, hecha de cristales triangulares, que hoy cierra a las 3 de la tarde porque hay bodas programadas. La tienda de la Academia está llena de padres comprando souvenir y camisetas de los Falcons y las A.F. Lo que más me gusta son las gorras de “padre orgulloso”, con emblemas tipo “papá de un  A.F”. En el televisor del vestíbulo, alguien ha encendido las noticias de la Fox y los visitantes se detienen para escuchar a Obama asegurar que sólo atacará Siria con la aprobación del Congreso.

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Se nos hace tarde y paramos a comer una pizza de peperonni en Pizza fatboy, un pequeño local de pizza a domicilio en un mall destartalado de las afueras. Los únicos negocios que todavía no han cerrado son una tienda de ropa y armamento militar de segunda mano, una cantina mexicana y un centro de “masajes orientales”, un puticlub.

 

Una vez engullidos la pizza y el litro de Coca Cola light, retomamos la  I.25 en dirección al sur, hacia Pueblo. El paisaje se allana y el termómetro empieza a subir. La vegetación se reduce a un vasto campo de matojos, con algunos ranchos de caballos que levantan el polvo al cabalgar. Un tren cargado de containers circula lentamente a nuestro lado. Ni una sola curva. Adelantamos barbudos en Harleys y varias pick ups que remolcan coches viejos y abollados, con un número pintado en la puerta. Son los autos que competirán esta noche en el Demolition Derby, la actividad estrella de la feria estatal de Colorado, en Pueblo.  Yo no lo he visto nunc, pero básicamente se trata de salir a la pista y chocar los unos contra los otros. Gana el que consigue seguir circulando. Mi hermano refunfuña porque los tickets están agotados y no tendrá más remedio que acompañarme al concierto de Lynyrd Skynyrd. Tengo las entradas desde hace un mes. Me hace ilusión poder escuchar en directo Sweet Home Alabama. El público del concierto es de lo mejor: abuelos con bigote y pelo largo vestidos de negro, mujeres que chillan de emoción cada vez que el guitarrista entona una canción y adolescentes con cara de aburridos que han acompañado a sus padres a ver a esta vieja banda de rock, que este año cumplen 40 años. Varios miembros de la banda han muerto, pero se las apañan con un cantante joven, que es igual de patriota y nacionalista que ellos. Una de las canciones que más éxito tiene es una balada dedicada a “all who have served”, a los soldados que luchan en Irak, Afganistan y todos los países que este país está en guerra. Mientras dura la canción, en el escenario se proyectan imágenes de marines, banderas y escudos. Tanto patriotismo americano me revuelve el estómago. O quizás sea la Budweiser, una de las cervezas más malas del planeta. Curiosamente, la mayoría de la gente aquí prefiere Budweiser light, que es aún peor. Seran los remordimientos? La oferta gastronómica de la feria es suculenta: patatas fritas, patas de pavo a la barbacoa, Sneakers fritos o el típico funnel cake, una especie de pastitas fritas espolvoreadas con azúcar, que la gente engulle mientras pasea por la Feria. Aburrirse es imposible. Aquí los campesinos vienen a mostrar sus mejores conejos, cabras o vacas y compiten por el primer premio. También hay una enorme carpa con tenderetes, como si fuera una enorme Teletienda. Una señora corta unas zanahorias en una licuadora último modelo ante la mirada atónita del público. Al lado, un puesto de cosmética ecológica, y al otro, un grupo defensor de la venta de armas vende camisetas para recaudar dinero por la causa. “I don’t dial 911”.

 

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