El secreto de Los Alamos

Para cruzar de Colorado a Nuevo Mexico hemos tomado la 196, una carretera secundaria que atraviesa desierto, mesetas y cañones. Se ha nublado bastante y caen algunos rayos, pero la lluvia no acaba de caer. Costilla, el primer pueblo que encontramos al cambiar de estado, es parecido a todo los demás: la gasolinera, un puñado de edificaciones semi-abandonadas, ranchos con el patio lleno de trastos y piezas de recambio de coche, un motel con el cartel despintado y una caravana del siglo pasado en la entrada. Ni una alma.

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carromato abandonado en un motel de Costilla, Nuevo Mexico
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la carretera 190 en dirección a Santa Fe

Caen cuatro gotas cuando llegamos a Santa Fe y al salir del coche el aire es un poco más fresco. Nuestra casa es una torre hecha de adobe y pintada de color terracota, en un estilo parecido al ibicenco. El suelo es de baldosas rojas y está decorado con muebles de hierro forjado y lámparas antiguas con bombillas que desprenden una luz tenue. Nuestra anfitriona Airbnb es una mujer de unos 50 años, grandota, con el pelo pelirrojo recogido en un moño y vestida con una túnica hippie, que se pasea descalza por la casa. En la nevera tiene colgada la licencia para consumir marihuana.  “Casa Zingaro”, como se llama nuestra casa, está en un barrio residencial de casas de adobe camufladas entre árboles y arbustos, donde vive la gente bien. Está muy cerca del centro de Santa Fe pero la mayoría de los habitantes prefiere ir a desayunar o comer en los malls de su barrio que acercarse al pueblo. El centro es un nido de tiendas de souvenirs mexicanos y botas de cowboy, que al ser puente está plagado de turistas.  Aunque el pueblo es agradable, con sus construcciones de adobe rematadas con columnas y vallas de madera, y su catedral restaurada, de la época colonial, uno no deja de tener la sensación de estar en Port Aventura.  Después de una visita fugaz al museo de Georgia O’Keefe, pintora de principios del siglo pasado y esposa del conocido fotógrafo Alfred Stieglitz (Se mudó a Nuevo Mexico al quedarse viuda y se convirtió en una especie de mito por montarse su estudio en medio del desierto), abandonamos el aire acondicionado para subir en coche hasta los Alamos, a unos 45 minutos de Santa Fe.

Ni Carlos y yo sabemos muy bien que encontraremos en Los Alamos, pero a los dos nos suena el nombre.  ¿Paisaje bonito? ¿Escenario de películas del Oeste? ¿Bush veranea allí? FAIL. Los Alamos, una población encajonada en el altiplano del Pajarito, entre altas montañas, a la que hoy se accede por una autopista perfectamente asfaltada, se hizo famosa al descubrirse que fue la sede del Manhattan Project, el proyecto de los EEUU para desarrollar la bomba nuclear que tiraron en Hiroshima. Durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y los primeros de la Guerra Fría, Los Alamos pasó a ser un lugar de incógnito, inexistente como dirección postal. El Ejército expropió por la fuerza a muchas familias y algunas todavía reclaman sus propiedades. Leo en una revista local que algunas de estas familias eran descendientes de los primeros colones españoles, propietarias de tierras en esta zona remota e  inhóspita del oeste desde que en 1862 el presidente Abraham Lincoln prometiera160 acres de terreno  (unas 65 hectáreas)   a todos aquellos que estuvieran dispuestos a vivir y cultivar la tierra durante al menos cinco años.  “Subíamos al altiplano a caballo, por un camino que llamábamos la cuesta de la culebra“, recuerda Irene Padilla, una descendiente de españoles, en la revista Bienvenidos. Hoy Los Alamos es la sede del Los Alamos National Laboratory, un centro de investigación de energía nuclear, dependiente del Gobierno americano, donde trabajan los mejores científicos del país en este tema.  El Laboratorio ocupa una decena de edificios modernos protegidos por barreras de seguridad y acabamos dando nuestra visita a los Alamos por concluida. El cielo está negro y de vez en cuando caen rayos que parece que vayan a partir una montaña. Peligro de tormentas eléctricas, avisan por la radio.  “Tome precauciones si está conduciendo”.   Nuestro cerebro interpreta este mensaje cómo : “es hora de ir a comer” y nos paramos en el Whole Foods de Santa Fe a comer una ensalada orgánica. Los Whole Foods son una cadena de supermercados que venden productos sin transfats  ni comida basura, y suelen estar en los barrios pijos.

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El valle del Río Grande desde el coche

Por la tarde nos dirigimos al sur, en dirección a Albuquerque, atravesando el valle del Río Grande. El paisaje se vuelve más árido, una estepa de arbustos y cactus que se extiende hasta las montañas. “Cómo es que no hay leones ni jirafas aquí?” . Asocio la pregunta de mi hermano a un exceso de Sol sobre su cerebro. Reímos.

Cuando nos acercamos al río, la vegetación surge cómo de la nada: álamos, flores, un rancho de caballos, una escuela de secundaria. Junto a un meandro del río está la población de Cochiti, una reserva de indios Pueblo, los indígenas autóctonos de aquí. Los pocos indios que hemos visto son los empleados de la gasolinera.  En Cochiti, como el resto de pueblos indios que hemos visto hasta ahora,  apenas queda nada en pie: algunas casas de adobe, un depósito de agua, piezas de coche y chatarra abandonada. Un perro camina solo por las calles polvorientas, sin inmutarse ante nuestra presencia.  Cochiti está cerca de las Kasha-Katuwe (colinas blancas), unas extrañas formaciones rocosas de  millones de años, que parecen churros hechos con arena mojada de la playa. Caminamos un poco por allí, haciendo ver que no me dan miedo los avisos de peligro de serpientes. El calor es aplastante, pero el paisaje es espectacular. Muertos de sed, con los labios cortados y arrugados, me acuerdo de las Uvas de la Ira, de John Steinbeck. El libro retrata la historia de una familia pobre de Oklahoma que emigra a California para ganarse la vida. En breve retomamos la misma ruta que ellos, la ruta 66, en dirección a Albuquerque, Arizona y finalmente Alabama. Pero mientras nosotros vamos en un Dodge con Aire acondicionado, ellos lo hicieron en caravana. Un viaje tan duro que fueron perdiendo varios miembros de la familia por el camino.

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