Breaking Bad friki tour

Albuquerque, “Albucorki”, como suena cuando lo dicen aquí, era la meta de nuestro viaje. Por dos razones. La primera es que mi hermano es adicto a Breaking Bad, una serie de televisión americana rodada en esta ciudad, la más poblada de Nuevo Mexico, y que todos los turistas pasan de largo para ir a Santa Fe. Albuquerque tiene fama de fea y violenta, especialmente por el tema del tráfico de drogas, pero la serie ha ayudado a despertar el interés de los americanos por esta ciudad del sur.  (Para los que no la sigáis, Breaking Bad va de un profesor de instituto, Walter White, que empieza a liarla y a traficar con drogas cuando le diagnostican un cáncer).

“Antes de 1985 Albuquerque era una ciudad problemática, pero ahora ha cambiado mucho, la economía crece y la gente tiene trabajo y ha mejorado sus vidas”, me explica Kay, la propietaria del Sandia Peak Inn, el motel en el que nos hospedamos. Kay todavía habla inglés con acento indio, aunque ya hace más de 25 años que vive aquí. Es una mujer de sonrisa alegre y una gran vitalidad. Ella misma se ocupa de lavar las habitaciones y atender a los clientes, mientras su marido riega las flores del jardín. “Hace ocho años, mi marido construyó este hotel del polvo él solito”, me explica, orgullosa.  Ahora que el negocio ya funciona, le gustaría mudarse a San Francisco, donde viven sus dos hijas.

Empezamos nuestra ruta Breaking Bad buscando la casa de Jesse Pinkman, el ayudante de Walter. La visita nos ha llevado a Oxnard Park, un barrio residencial para gente  bien, con torres de estilo español, de paredes blancas,  techos de tejas y porches porticados que dan al jardín.  Las calles tienen nombres como San Cristóbal, Laguna o San Ildefonso, y los álamos a cada lado de la acera procuran una sombra agradable  y silencian el tráfico de la avenida Central, que atraviesa la ciudad de norte a sur. Central  es la arteria principal de Albuquerque y concentra la mayor proporción de pick-ups que he visto en todo el viaje.

La ruta Breaking Bad nos ha llevado por distintas zonas de la ciudad, desde la cafetería para estudiantes en el Dowtown a una tienda de joyas y lámparas de segunda mano en el NobHill, el distrito más hipster de la ciudad. En el Nobhill está la Universidad de Nuevo Mexico y por la noche los bares se llenan de estudiantes recién llegados para empezar el nuevo curso. Los locales conservan las luces de león y la estética retro de la antigua ruta 66, que pasa por en medio de la ciudad, y algunas venden camisetas con el logo de Los Pollos Hermanos, un local decadente de comida fastfood que aparece en Breaking Bad. En el escaparate de Urban Outfitters , una cadena americana de moda juvenil modernilla, un poster anima a los consumidores a participar en un sorteo para ganar mucho dinero “y no acabar como Walter White”. En NobHill también hay muchas cervecerías pequeñas que ofrecen su propia cerveza y tienen terrazas donde permiten fumar sin ponerte mala cara. El local más popular del barrio es el Frontier, un antiguo restaurante de carretera, abierto hasta la 1 de la noche. El menú se limita a una serie de marranadas tex-mex, pero es barato y siempre está lleno. Hay adolescentes comiendo enchiladas y limonada, padres con niños y novatos como nosotros, pendientes de que aparezca en la pantalla el número de nuestro pedido para ir a buscarlo a la barra.

Después de varias vueltas, lo que más me llama la atención son las pocas banderas americanas que se ven. A diferencia de Colorado o Santa Fe, no se ven barras y estrellas ondeando en los patios de las casas, ni en escaparates o parques.  De vez en cuando aparece alguna bandera mexicana, pero aquí los protagonistas son los enormes murales de estilo naif que decoran las paredes de almacenes y negocios, desde peluquerías a tiendas de ropa.

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mural en la entrada del parque de Martinez town, Albuquerque

Se ve poca gente en la calle. Hace calor y las clases todavía no han empezado, pero en las escuelas hay carteles con mensajes en español motivando a los niños en el inicio del curso. “Ya te has preparado el libro de matemáticas?”. En los parques, los jubilados juegan a softball hasta que el calor les obliga a sentarse bajo la sombra de un árbol y tomarse una cerveza.

La casa de Walter White está en un barrio residencial alejado del centro, enclavado entre shopping malls y bulevards de tres carriles. No somos los únicos frikis que nos hemos detenido a fotografiar la casa. A nuestro lado un matrimonio de Texas que hace lo mismo. “Me dijeron que si pagabas unos dólares  a los propietarios de la casa, te tiran pizza desde el tejado, pero creo que ya se han hartado”, nos explica la mujer, que se declara adicta a Breaking Bad. Mi hermano me explica que una escena muy conocida de la serie alguien tira pizza desde el tejado.  El matrimonio también ha ido a fotografiar el Octopus Car Wash, el tunel de lavado donde trabajaba Walter, y más tarde nos los encontramos frente a un bar de copas donde supuestamente rodaron una escena de abogados. “Cada día viene gente a preguntar por Breaking Bad.”, nos explica un empleado mexicano del Octopus. “Ayer vino un grupo de diez cubanos y después unos brasileños,  aunque los más frecuentes son norteamericanos”, añade, en un español americanizado. En la recepción del Octopus tienen fotos de los actores y venden souvenirs de la serie, incluidos unos caramelos con forma de cristales de metanfetamina por 1 dólar.

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mall cerca de la casa de Walter White

Albuquerque ha sido víctima de la fiebre inmobiliaria en los últimos años y las urbanizaciones se extienden hasta los pies de las Sandia Hills, una cordillera de montañas de tierra árida y rocosa, recubiertas de cactus y arbustos salvajes. Un cartel alerta de la presencia de pumas y serpientes de cascabel, y ruega que no nos salgamos del sendero marcado. “Los pumas pueden ser peligrosos. En el caso de ser atacado, defiéndase con palos o con la mochila”. Es la una del mediodía y confío en que el puma esté mareado por el calor, como yo.

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Sandia peak, Embudito Canyon, nido de cactus y serpientes. Las urbanizaciones pijas de Albuquerque se extienden hasta aquí.

Al bajar del monte nos detenemos en el centro histórico de Albuquerque, un puñado de casas de adobe de color terracota, invadidas por las tiendas de souvenirs. Una de ellas alberga el museo de la serpiente cascabel, donde un aficionado ha reunido una veintena de ejemplares venenosos de toda América. La visita sólo consigue incrementar mi fobia hacia las serpientes, un animal que me hace temblar de miedo aunque esté encerrado en una pecera de cristal. “Vosotros estabais cenando ayer en el Frontier, verdad?”, nos pregunta el director del museo cuando nos vamos.  Le decimos que sí y sonríe. Albuquerque es un pueblo.

La segunda razón de nuestra visita a Albuquerque era encontrar la tumba de un tío bisabuelo mío, Ciprià de Montoliu, un intelectual catalán que se autoexilió a los EEUU poco antes de la guerra Civil.  Mi abuelo me dijo que había muerto en Albuquerque, pero nadie sabe muy bien que hacía allí. Gracias a una página muy friki de Internet (findagrave.com), averigüé que estaba enterrado en el cementerio católico Mount Calvary, así que nos hemos ido para allí. “1923!!”, exclama la empleada del cementerio cuando le digo la fecha de fallecimiento de Montoliu. “Los archivos de esa época aún no los tenemos digitalizados, pero lo intentaremos”, me tranquiliza la empleada, una mujer afable, de unos 70 años, que se desvive por ayudarnos. Y tras unas consultas a los planos antiguos del cementerio, acaba encontrando lo que buscamos. La lápida del señor Cipriano de Montoliu, urbanista, reformador social y  gran traductor al catalán de las obras de  Shakespeare, Walt Whitman y, sobretodo, de John Ruskin.

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