La ciudad de los bares y las rosas

Debido a mis limitaciones de presupuesto y otras de carácter personal, este año tenía planeado pasarme el verano jugando al tenis y  viendo series en el sofá con las persianas  bajadas. No obstante, el hecho de terminar las dos temporadas de Hannibal Lecter antes de lo previsto y la llamada ansiosa de mi amiga Isa – que por primera vez tiene vacaciones de asalariada –  rogando que la acompañase a alguna parte en agosto, me hizo cambiar de opinión. “Sólo acepto si vamos a Belgrado”. Y Isa aceptó.

“Belgrade, why Belgrade?”, nos preguntó el agente de aduanas en Zurich, antes de tomar el vuelo de conexión. La verdad que aun no lo sé, pero la ciudad me llama la atención desde hace tiempo, como todo lo que tenga que ver con el este. Después de dos días aquí, confirmo que Belgrado es el nuevo Berlín, al menos al que yo conocí hace 10 años:  bajo su aspecto ruinoso, tiene el peso de haber sido una gran capital. En el centro los bares de copas y cafeterías de diseño aparecen en cada esquina, escondidos en los bajos de edificios de fachadas clásicas o de viejos bloques de cemento de estilo comunista con balcones llenos de geranios  que parecen a punto de desprenderse. En el museo de arte, cerca de la Plaza de la República, la recepcionista, una chica de nuestra edad, de ojos grandes y almendrados, nos explica en perfecto inglés que el elegante edificio en el que estamos era antes un banco. Los pilares de mármol y los medallones clásicos recuerdan el estilo nacionalsocialista alemán. En la entrada hay una enorme escultura de bronce de un atleta desnudo, obra del artista Ivan Mestrovic, “que llegó a ser famoso en Serbia y Croacia y en toda Yugoslavia”, nos explica la recepcionista, que insiste en darnos cada detalle.
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Es difícil encontrar gente que no hable inglés, incluso la gente mayor lo habla. En Nuevo Belgrado, al otro lado del río Sava, se extienden los bloques de apartamentos levantados durante el mandato de Tito para alojar a todos los que llegaban de otras partes de Yugoslavia. Cada uno de estos blokovi podrían ser barriadas grises y deprimentes, pero el calor del verano y la abundancia de árboles y jardines han conseguido transformarlos en una zona residencial agradable.
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Los serbios son altos y fuertes, tanto ellos como ellas. El deporte se respira en cada rincón de la ciudad: hay gente jugando a básquet, corriendo , en bicicleta, nadando en las tibias aguas del Sava o el Danubio. Hay gimnasios,  posters de Djokovic y pantallas de televisión retransmitiendo partidos de tenis donde menos te lo esperas.  En una calle del Drocol, en el casco antiguo, una escuela de danza ha puesto en su ventana un tutú de terciopelo antiguo y montones de zapatillas de ballet utilizadas.
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Muy cerca, un edificio administrativo de cemento con estructuras de módulos me recuerda al antiguo Palast der Republik de Berlín, y en el bloque contiguo, otro bar de copas. El buen gusto y el alto nivel del diseño de los bares de Belgrado demuestran que la iniciativa privada de este país va muy por delante que su gobierno. El interiorismo y la arquitectura son el punto fuerte de esta ciudad, seguido del gusto por las flores. Aquí crecen rosas por todas partes, sobretodo rojas y amarillas. En cambio tienen una asignatura pendiente con la moda. El look más moderno se lo llevan las bambas Converse.
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One thought on “La ciudad de los bares y las rosas

  1. Xavier Varela August 9, 2014 / 10:39 pm

    No crec que vulguessis viure aquí:
    New Belgrade
    La foto és de la setmana santa de 2007.

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