Artistas en un campo de concentración

En la orilla este del Sava, justo enfrente de la ciudad antigua de Belgrado, se extiende un parque de árboles frondosos y parterres cubiertos de césped mal cuidado que bordea el río hasta su confluencia con el Danubio. Escondido entre morales y plátanos se levantan las ruinas de lo que fueron los pavellones de la expo internacional de Belgrado, en 1938. El pabellón turco, por ejemplo, es hoy un restaurante de comida serbia con una terraza muy agradable, donde nos zampamos una sopa típica de ternera y verduras y una especie de cordon bleu gigante en forma de rollito y relleno de queso fundido, que nos hace sudar la gota gorda. El cielo es de un azul intenso y el sol aprieta con fuerza sobre el cemento desgastado de los edificios llenos de historia que nos rodean. Durante la segunda Guerra Mundial, este recinto ferial de las afueras de Belgrado se transformó en un campo de concentración nazi (Sajmiste) para judíos y gitanos, principalmente. Se calcula que murieron al menos 40.000. “Desde aquí los metían en unos autobuses o algo parecido y los gaseaban por el camino”, nos explica Katarina, una pintora que vive como si fuera okupa en el que había sido el edificio principal de la feria. En los años 50, el gobierno serbio decidió ceder los espacios de la feria a los artistas de la ciudad, para que los usaran como talleres. Hoy quedan solo una veintena de artistas con permiso para residir aquí, como Katarina y su marido, Bogdan, que llegó con sus padres cuando tenía 3 años. “Es el rey del castillo”, bromea Katarina señalando a su marido. Bogdan enciende un cigarrillo y sonríe, tímido. Es un hombre alto, con el cabello largo y canoso, y unos ojos pequeños y grises que nos observan con atención. Lleva una camisa tejana y unos vaqueros que resaltan su atractiva madurez. Katarina es extrovertida y parlanchina, le faltan la mitad de los dientes, y habla un inglés perfecto. “Quereis beber algo?”, nos pregunta, abriendose paso entre los trastos del taller donde pintan y residen. En una mesa hay una botella de whisky, un plato de raviolis y un par de libros sobre interpretación de sueños. Bogdan es pintor esotérico, nos cuenta. Obediente a las órdenes de su mujer, Bogdan nos da un tour por el edificio donde ha vivido toda su vida y nos lleva hasta el tejado, un torreon de cemento que albergaba las “oficinas” del campo de concentración. Vamos con una linterna, con cuidado de no caernos por las escaleras oscuras. No hay luz eléctrica y las paredes se caen a trozos. Empieza a ser peligroso vivir aquí, “pero como no tenemos la propiedad del edificio no podemos invertir. Y el gobierno tampoco lo va a hacer”, nos cuenta Bogdan. “Es una pena”, añade, consciente de que un dia les desalojaran. “Serbia está kamputt”.

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Sajmiste fue primero un recinto de la feria internacional de Belgrado y durante la ocupación nazi de Belgrado se convirtió en un campo de concentración judío. Más tarde, el gobierno yugoslavo cedió su uso a los artistas de la ciudad

Dojan es otro de los artistas veteranos de Sajmiste. Le hemos conocido en el restaurante y se ha sentado en la mesa con nosotras a charlar y contarnos la historia del lugar. Tiene unos 70 años y habla inglés con fluidez. Lo aprendió en la escuela y porque estuvo tres años viviendo en Suecia. “Tambien hablo sueco”, nos explica con la mirada perdida. Sus ojos verdes apenas ven y se pasea acompañado de un bastón. “En dos meses me operan de cataratas, por fin”, nos cuenta. La lista de espera es larga y si quisiera operarse antes tendría que pagar 2000euros, que no los tiene. “Ahora soy pensionista”, dice Dojan, elegante, con su camisa y panatalones blancos. Vive con su esposa en un blokovi del Nuevo belgrado pero aun mantiene su taller de pintura, al que suele venir a pie. Se conoce el terreno de memoria y el bastón le sirve para detectar algun coche mal aparcado y asustar a los mosquitos, que al mediodía ya son feroces. Su taller ocupa los bajos del antiguo pavellón de Italia, “que había sido muy bonito, con una fuente en la entrada”, explica Dojan. Ahora las malas hierbas crecen a su aire entre los muros semiderruidos del pabellón, donde se mezcla el olor a polvo y disolvente de pintura. En el taller, Dajan palpa entre el desorden hasta encontrar el último lienzo en el que trabajaba antes de perder visión: un autorretrato con una gallina en brazos, de colores rojizos. En un rincón, un tablero de ajedrez con la partida a medias y dos copas de vodka a medio beber. “Los artistas tenemos vidas sencillas”, dice Dojan antes de salir. En algunos de los pabellones de los alrededores nos explica que después de ser guettos judíos se transformaron en viviendas para gitanos y trabajadores de fábricas, hoy cerradas. Todavía algunos viven allí. “Son gente muy pobre”, cuenta Daran Jovanovic, pintor y profesor de arte jubilado. Daran es el único que se ha restaurado el taller. Le pregunto por sus cuadros inspirados en la cruz católica pero no nos entendemos. “Así que eres paparazzi? Nos harás famosos?”, bromea antes de hacernos una foto. Antes de marcharnos, Dojan nos pregunta sobre Barcelona y la independencia de Catalunya. Él nació en Serbia pero su familia es de Montenegro. “Ahora tienen otro pasaporte pero en el fondo somos todos lo mismo”, dice. “Serbios de Bosnia, serbios de Montenegro… son los políticos que se empeñan en poner fronteras”, concluye.

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Uno de los pintores serbios que consiguieron un taller en el anitguo campo de concentración de Sajmiste. Dajan está esparando a seroperado de cataratas. No ve nada
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Placa commemorativa que recuerda a los más de 40.000 judíos y gitanos concentrados en Sajimste y que murieron en manos de la Gestapo y de colaboradores serbios.

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