El país de las ocho fronteras

Cuando intento recordar las películas del director serbio Emir Kusturica siempre me vienen a la mente las imágenes de gitanos corriendo a orillas del Danubio, como en Gato Negro, Gato Blanco. Uno de mis objetivos en este viaje a Serbia era recorrer el Danubio más rural, donde el río hace frontera con Rumanía, así que hemos alquilado un coche y hemos cruzado el país en dirección al este. En Serbia las carreteras son malas, excepto la E-75, una autopista de dos carriles que atraviesa el pequeño país de norte a sur. No hay mucho tráfico. Aquí la gasolina es exageradamente cara en comparación al resto de precios. Un litro de super 95 cuesta unos 150 dinars, 1,5 euros, un precio parecido a España. Nos adelantan varios sedans con matrícula austríaca y suiza. Se dirigen a Grecia o Croacia a pesar las vacaciones, pienso.  Al salir de la autopista tomamos una carretera nacional que atraviesa campos de girasoles y maíz, el paisaje típico del norte de Serbia. Cada finca lleva indicado con un cartel la marca y el modelo de semilla plantada: la mayoría son de la multinacional norteamericana Dupont-Pioneer,  el mayor productor de semillas de maíz genéticamente modificadas, junto  a Monsanto.

En Rabrovo, un pequeño municipio del interior, los hombres pasan la tarde sentados en la terraza de un bar, bajo la sombra del toldo. Son las cuatro de la tarde y el calor es aplastante. Desde sus  mesitas de plástico, cubiertas con manteles granates y tapetes de puntas, se divisa un antiguo monumento a los caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos pueblos todavía conservan este tipo de monumentos de estilo comunista, rematados por la eterna estrella roja.

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Otro elemento común en los pueblos serbios son los campos de futbol de hierba natural y los colmados donde venden paprikas, tomates y pepinos, los tres componentes básicos de la ensalada serbia. Por la carretera circulan los tractores y los Yugos, el coche más popular de la Yugoslavia comunista. El Yugo es un coche pequeño, una mezcla entre el Traban y el Fiat 127, pero con un motor muy potente. En más de una ocasión hemos visto a un Yugo derrapando en una curva o adelantando a un Mercedes sin problemas. Altos y corpulentos, los serbios conducen los Yugos con la cabeza algo encogida y el cigarrillo encendido en la boca. “Fumar es un deporte nacional, como del básquet”, nos explica Vojin Ivkov, un productor de documentales que hemos conocido durante el viaje. Vojin,  un treintañero alto, de tez morena y risueños ojos verdes, trabaja para la televisión pública de Novi Sad y cobra 350 euros al mes. Para ahorrar, fuma tabaco de liar y no se corta en robarme Marlboro Lights. “Un Yugo nunca te dejará tirado . Y sabes cuanto vale? Sólo  2000 o 3000 euros”, añade el joven periodista.

Yugo adelantando a un Mercedes
Yugo adelantando a un Mercedes

Viajando por Serbia también es frecuente encontrarte puestos de sandía a pie de carretera y monasterios ortodoxos. Están muy bien señalizados, para la gente se detenga y deje una ofrenda. La mayoría de los monasterios fueron destruidos por los turcos durante el imperio Otomano o durante las guerras de los Balcanes y han sido renovados. En uno de ellos encontramos a Aleksandra, una monja de enormes ojos grises y sonrisa bondadosa. Tiene 25 años y esconde toda su juventud bajo el pañuelo y el hábito negro de los ortodoxos, más parecido a un disfraz de vieja. Aleksandra llegó aquí hace seis meses. “Me contactó  Dios”, nos explica en perfecto español, que ha aprendido viendo telenovelas sudamericanas por televisión. También habla inglés, italiano y alemán.  “Todavía estas a tiempo de subirte al coche y te sacamos de aquí”, le propongo, incapaz de entender como alguien tan joven e inteligente puede desaprovechar su vida encerrada en este lugar. Aleksandra sonríe y dice que no con la cabeza. Nos explica que está emocionada preparando las fiestas de un santo el  próximo 21 de agosto. A la celebración acudirán los vecinos de la región y algún cura para que dé misa en la iglesia, reformada hace poco. En el jardín, dos viejas con la cabeza cubierta con un pañuelo meriendan bajo la sombra de un árbol y esperan a que salga Aleksandra. “No son monjas. Son vecinas del pueblo, que vienen a ayudar”, nos explica la joven serbia antes de despedirnos.  En el jardín no faltan los rosales, altos y esbeltos, coronados del granate intenso de sus flores. Rosas y flores crecen en cualquier rincón, en los patios traseros de casas, en los jardines de los monasterios o frente a los puestos de burekas, unas deliciosas pastas de hojaldre rellenas de queso fresco. Muchas casas tienen la puerta de entrada decorada con  guirnaldas de flores y lazos de colores pastel: agosto es definitivamente la temporada de bodas.

Tras pasar una noche en Golubiac, una fortaleza que se alza sobre el Danubio, frente a la costa de Rumanía, cruzamos el país en dirección al oeste. En menos de tres horas nos plantamos en Croacia, donde las carreteras recién asfaltadas delatan enseguida las ventajas de pertenecer a la Unión Europea. El hecho de cruzar tan rápido el país confirma mi sensación de que Serbia es un país-sandwich, enclaustrado entre el Danubio y las fronteras con ocho países:  Bosnia Hercegovina, Croacia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Macedonia, Albania y Montenegro. Me pregunto si es eficiente tanta frontera. Para rematar, Kosovo reclama la independencia en el sur y los habitantes de Vojvodina, una región del norte de Belgrado, fronteriza con Hungría, aseguran que también tienen una identidad diferente y que les gustaría separarse de Serbia. En Vojvodina, por ejemplo, los apellidos no acaban en “ic”, como Borodzic, Milevic.. sino en “ov” o “ova” como en Rusia o otros países eslavos, nos explica Vojin, el documentalista. Él mismo, que es de Novi Sad, la capital de Vojvodina, se llama Ivkov. En Novi Sad dicen ser un poco más culturetas y introvertidos que en Belgrado, que está a menos de 70 kilómetros. En un bar de Novi Sad hemos conocido a unos chicos separatistas que planean estampar camisetas con la silueta del mapa de Vojvodina rellenada con los colores de la bandera catalana. Muchos serbios con los que hablamos conocen el movimiento separatista catalán y lo comprenden. “Vivimos el clash de la civilizaciones”, nos explica Ilija, un economista de Novi Sad que pasa las  vacaciones pescando en el pueblo de su madre, a orillas del Danubio.

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Ilija y su hijo, pescando en el Danubio

Ilija está convencido de que los serbios son la gente más abierta y respetuosa de los Balcanes, y que por encima de todo, son eslavos.  “Por ejemplo, los croatas nos odian, pero nosotros no les odiamos a ellos”, dice. Los croatas son católicos, los serbios, ortodoxos, los kosovares, musulmanes. Ilija, sin embargo, no cree que haya un problema de religión. Todo es fruto de decisiones políticas desafortunadas, y del clash de civilizaciones. “Serbia debería liderar una confederación de estados eslavos, como Polonia. Los eslavos fuimos esclavos de occidente hace tiempo”, explica, mientras termina su limonada. “Mira los croatas. Se han vendido a Estados Unidos”, añade.  Ilija desconfía de la UE y en cambio confía en las- hasta ahora- buenas relaciones comerciales de Serbia con Rusia, aunque no sabe cómo acabará. Nuestra conversación transcurre tranquilamente mientras se pone el sol tras el Danubio. Su madre, Ema, nos prepara unas cévapi,  salchichas de cerdo, que nos sirve acompañadas de cebolla y tomate, y un par de botellas de cerveza. Este es su primer año al frente del “Ema grill”, el pequeño chiringuito que Ilija y ella han montado frente al río con la esperanza de atraer a los turistas locales.  “El país está mucho mejor que algunas regiones de Rumanía o Hungría, que pertenecen a la UE”, observa Ilija mientras devoramos las salchichas y los mosquitos nos devoran a nosotros.

Vojin, el documentalista, también cree que el país ha mejorado, pero aún queda mucho por hacer. “Faltan escuelas, universidades.., y el gobierno se gasta el dinero reconstruyendo iglesias”, comenta Vojin al pasar frente a una iglesia de nueva construcción en un  suburbio de Novi Sad. Su granito de arena es organizar un festival cultural para revitalizar el barrio de Satelite, un suburbio de bloques de apartamentos de estilo comunista en las afueras de Novi Sad.Vojin nació en Satelite y sigue viviendo allí.  Le pregunto por los pequeños montículos cubiertos de hierba que se levantan entre los edificios. “Son refugios nucleares, pero hoy la mayoría se han convertido en gimnasios”, explica, mientras tomamos una coca cola en el bar del barrio, que en su día fue la primera pizzería de Novi Sad, según él.  La gente se detiene a saludarlo y a pedirle cigarrillos. Muchos, como él, crecieron entre guerras. “es normal, la gente se acostumbra”, dice Vojin. “Con la guerra aprendes que hay que vivir el presente y no hacer demasiados planes de futuro”. Se retira el cabello oscuro del frente – “son los genes de mi abuela gitana”, bromea- y abriendo sus grandes ojos verdes, concluye: “Más o menos es lo que dice la filosofía budista, pero sin necesidad de salir de Satelite”.

 

One thought on “El país de las ocho fronteras

  1. Jaime October 13, 2014 / 1:00 am

    Fantásticos post de viajes. Tengo varios en mi lista de pendientes, como Serbia y Mongolia vía transiberiano. Saludos desde Chile http://www.sediasoto.blogspot. con

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