Acidez

“Y entonces, ¿ cuánto cuesta el gramo de M en Barcelona?” Amanda rompió a reír al escuchar la pregunta de Roberto, su amigo mexicano. Hacía dos años que no le veía, pero nada parecía haber cambiado. “M quiere decir MDMA, no?”, dijo Amanda, riendo. “Veo que todo este tiempo en el DF no te ha servido para nada. No te has asentado”, añadió. Su amigo le dio la razón. “Deberías probar tu también, así sueltas tus emociones de catalana reprimida”, le soltó.

Roberto estaba eufórico. Había vuelto expresamente a Barcelona para el Primavera Sound y , de paso, a presentar su primera novela. “Te doy la razón, en Mexico voy a peor”, respondió Roberto, dando un trago a su cerveza. Después se giró para comentar con el compañero de al lado la última borrachera de uno de los autores de su editorial, a quién Amanda había conocido en el Primavera Sound, dos años antes. Le recordaba perfectamente, porque en medio del concierto de Blur se quejó de que el MDMA mezclado con Jagermeister le producía acidez. Amanda recordó la anécdota en voz alta y todo el mundo rompió a reír, pero ella tenía la cabeza en otra parte. Pensaba en el pelo pincho de su ex, con quién se había cruzado por la calle el día anterior. Se había quedado con las ganas de pasarle una mano por su cabello despeinado y de pellizcar sus mejillas regordetas. Aquellas mejillas de niño, que tanto había besado y que tanto echaba de menos. Amanda no se había dado cuenta hasta esa noche, cuando alguien durante la cena había mencionado el nombre de su ex, de que le echaba tanto de menos. X  hubiera querido largarse de allí en cuanto antes, igual que ella ahora, pensaba Amanda observando su alrededor. Se había quedado sin cómplice. Los amigos de Roberto habían pedido otra ronda de cervezas y trataban de conseguir el teléfono de contacto de un camello. Amanda dijo que salía a fumar y ya no volvió a entrar. Caminó calle abajo, en dirección al coche, adelantando a un grupo de turistas americanas en minifalda y sandalias.  Las oía hablar en inglés a sus espaldas, con su voz de pito, y se preguntó cómo podía ser que no tuvieran frío. Para ser finales de mayo, el aire era helado. Amanda se subió al coche y encendió la radio. Sonaba una canción de Tom Jones que solía canturrear su tía M. Sonrió recordando a la tía M postrada en su butaca, con el rostro encendido de ilusión,  moviendo los ombros al ritmo de la música. La echaba de menos, igual que a X. ¡Hoy echo de menos a todo el mundo!, pensó Amanda, intentando concentrarse en el semáforo. Se había bebido dos cervezas seguidas y notaba que le pesaban los párpados. Miró el reloj digital en el salpicadero: las 23h:20. Todavía era pronto para cruzarse con algún control. Sacó el teléfono del bolso para ver si tenía algún whatsapp. Nada. El semáforo se puso verde y aceleró. Pensó en el profesor de golf y en alguna excusa para poder verle otra vez. Su entrenador se había convertido en una especie de obsesión. Le gustaban sus manos callosas y su aire travieso. Después empezó a sonar Let it Be y los ojos de Amanda se llenaron de lágrimas sin saber porqué. “And when the broken-hearted people, Living in the world agree, There will be an answer, let it be”. Otra vez unas ganas inmensas de tocar el pelo pincho de X . ¿ Por qué me dejaste? Te quería, joder. “For though they may be parted, There is still a chance that they will see, There will be an answer, let it be”

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