sofá de verano

IMG_20150723_113842Cómo ya se había imaginado mientras subía en el ascensor, dentro del piso hacía un calor insoportable. Alicia lanzó un suspiro, dejó las bolsas llenas de libros sobre la mesa y apretó el botón de encendido del aire acondicionado. El motor empezó a sonar y sonrió. “El secreto de la felicidad es no seguir preguntándote cuál es el secreto de la felicidad una vez llegas a un sitio con aire acondicionado”. La frase era de un conocido publicista de Londres, amigo suyo, y se había vuelto viral en las redes sociales. Alicia estuvo a punto de coger el móvil y responderle:  “y el secreto para mantener la felicidad es no volver a abrir nunca más la factura de la luz”.

Al final optó por lanzar el teléfono contra el sofá e ir al baño a ponerse el pijama. Basta de telefonito, se dijo. Se había pasado todo el trayecto en coche desde Barcelona whatsappeando y consultando el Facebook. Empezaba a aburrirse de si misma. Muy bien: había conseguido que el chulín del bañador rojo aceptase su solicitud de amistad y le hiciera ‘like’ a algunas fotos, pero ella no tenía ninguna intención de apuntarse a windsurf. De hecho, no tenía intención de volver a pisar la playa en mucho tiempo. Odiaba la playa. Odiaba cruzarse con los grupos de adolescentes en chancletas y visera escuchando Reaggeton en el paso subterráneo, para después plantar la toalla en la arena, levantar la vista y tener que aguantar la visión de hombres musculados en bañador Slim con la espalda y los brazos tatuados, o de chicas con melena alisada de keratina y piel bronceada con el tanga arrugado entre las nalgas, sin atreverse a entrar en el agua. Alicia se lavó los dientes con fuerza, como si de esta forma pudiera lavar también la imagen de la familia con quien ella y su amiga Paloma habían compartido esa mañana un rincón de la playa de Vilassar: el abuelo, sentado en un silla de lona y con la cabeza cubierta con una visera, hacía crucigramas sobre sus propios michelines; la abuela, con los senos caídos asomando por encima del pareo,  sacaba bocadillos y tetrabrics de Don Simon de una neverita azul; la nieta, tostándose al sol en su bikini nuevo y con los auriculares puestos,  ignoraba los gritos de sus hermanos pequeños, que jugaban al futbol en la orilla, y hacía ver que no escuchaba los comentarios sobre culos y tetas que soltaban sus primos mayores cada vez que una bañista se adentraba en el mar.

Paloma no parecía oírlos.  Fumaba un cigarrillo detrás de otro, dejando caer la ceniza en la arena, mientras esperaba su turno para agarrar la tabla de windsurf. “A no ser que vayamos a las Turks and Caikos, no pienso volver a la playa en años”,  le había gritado Alicia a su amiga mientras ésta se metía bajo la ducha del paseo marítimo, para aclararse la sal. Ella ni loca se hubiese metido con los pies descalzos en esa ducha, pensaba, notando cómo las gotas de sudor le resbalaban por la frente y la espalda. Mientras Paloma se duchaba, una niña gritaba histérica a su madre que quería un helado. Alicia se relamió los labios y saboreó la sal entre las gotas de sudor.  Tenía hambre y calor. “Cómprele un puto Frigopie a su hija o la ahogo en el mar, señora”, estuvo a punto de gritar. La playa le había puesto de mal humor. Todo por que a Paloma le hacía ilusión bañarse en el mar y hacer un poco de windsurf. “¿Y qué culpa tenía ella de que viviera en Madrid?”, pensó. Encima, se había acabado ligando al monitor. Por la noche habían quedado para cenar todos en un chiringuito y Alicia los acababa de dejar solos fumando porros y acariciándose las rastas en la arena. Se alegró por su amiga. Paloma estaba en la fase de querérselo follar todo, pero ella empezaba a estar harta de tanta frivolidad.

Tumbada en el sofá, previamente cubierto con un pareo para no quedarse enganchada,  Alicia pensó en su amigo, el publicista de Londres. Era un hombre interesante, de unos cuarenta y pocos, con los ojos verdes y el cabello rizado, como le gustaban a ella. Se lo habían presentado en una fiesta y durante los días siguientes Alicia se lo intentó ligar, pero al final todo había quedado en un par de partidas de ping pong en su estudio. Imaginó que todos los publicistas del mundo deberían ser encantadores, seductores… hombres que siempre sabían escuchar y quedar bien, como Don Draper. Estiró las piernas y notó el chorro de aire frío del del aire acondicionado sobre su piel. Pronto tendría la nariz seca y le picarían los ojos, pero le daba igual. Se había prometido que leería unas líneas antes de meterse en la cama. Abrió el libro por donde lo había dejado esa mañana y empezó a leer:

‘¿Has poseído a muchas mujeres, Fowler?

“No sé que quiere decir muchas, en ese sentido. Solamente unas cuatro mujeres han tenido para mi cierta importancia, o yo para ellas. Las otras cuarenta o cincuenta, uno se pregunta a veces por qué lo hace”.

Alicia se acurrucó un poco más en el sofá y notó el olor rancio que desprendían las páginas de libro, una edición vieja y mal traducida de El Americano Impasible que había encontrado en la biblioteca de su padre. Continuó leyendo: “Todavía estoy enamorado, Pyle; y como hombre, estoy en decadencia. ‘Oh! Me olvidaba del orgullo, naturalmente; es otro motivo. Uno tarda mucho en aprender a no sentir cierto orgullo cuando lo desean”.

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