el hombre que hacía mermelada

mermelada de reina claudia, canela y menta
mermelada de reina claudia, canela y menta

Cuando sonó el mensaje en el teléfono, Naiara todavía estaba mojada. Se había despertado pronto para ir a la playa y darse un chapuzón antes de que llegara la marabunta habitual de familias cargadas con sombrillas, cubos y palos. El teléfono sonó otra vez y la mujer que tomaba el sol en una silla plegable a su lado frunció las cejas sin levantar la vista del crucigrama. Naiara metió la mano en el bolso, empapando todo lo que había dentro, pero tenía ansiedad por saber de quién era el mensaje. Sacó el móvil y con la mano intentó hacer sombra para poder leer la pantalla: “Tengo un cote de boeuf que se ha de comer hoy o se estropeará. ¿Te apetece venir? JeanP”.

Naiara sonrió. La verdad es que ella no era muy carnívora, pero la idea de pasar el día con JeanP en el Montseny le apetecía. Habían tenido ya un par de citas y se llevaban bien, a pesar que un fotógrafo francés y  la empleada de una oficina de La Caixa no tenían mucho que ver. Por suerte, JeanP hablaba bien español.  Naiara respondió enseguida que sí. “Yo traigo el vino”, añadió. Se levantó de la arena, se dio un último baño y fue andando por la orilla, esquivando plásticos y latas de cerveza vacías, hasta llegar al  paso subterráneo.  Una vez en casa, se duchó y se vistió con unos pantalones cortos y una camiseta sin mangas. No quería parecer demasiado arreglada. Al fin y al cabo, JP vivía perdido en la montaña. Imaginó que estaría talando arbustos en el jardín y que su mujer estaría de viaje. JP ya  le avisó el primer día que estaba casado y ella le contestó que le daba igual. Lo único que quería era romper con su aburrida rutina del día a día: ir al banco, comer, siesta, jugar a padel, cena, ver la tele, dormir. Se subió al coche, un Polo de color negro que se había comprado hace ocho años con sus primeros ahorros, y envió un mensaje a JP: “ya salgo, ganas de verte”. Puso la llave en el contacto y empezó a sonar la emisora M80: “por eso dame dame dame más, que me das, 24 horas más..”. “Joder”, soltó, mirándose en el retrovisor. Un mechón de cabello mojado le caía por la frente y se lo recogió detrás de la oreja. Todavía tenía la nevera llena de latas de Kas Limon que le había dejado Pau dos semanas atrás, cuando tuvieron la pelea por la hipoteca. ¿Cómo se había podido colar por alguien así? La verdad es que Pau tenía cara de buen chico. Incluso a su padre le había caído bien, el día que se presentó en el bar como el nuevo distribuidor de refrescos de la zona. Pau vivía en Alella y se pasaba el día recorriendo el Maresme en una furgoneta cargada de Kas Limon. Iba a comisión y su objetivo era colocar en el máximo número de bares una nueva promoción de verano de la marca Kas, que quería volver a ponerse de moda. “Es el complemento perfecto para el cubata de ginebra”, le dijo Pau después de enrollarse con ella la primera noche y dejarle la primera docena de latas en la nevera. La historia se había ido a pique cuando Pau empezó a presionarla para que le consiguiera una hipoteca con mejores condiciones que la suya, porque se acababa de comprar un chalet en Alella. Naiara le dijo que no podía, que ya tenía suficientes marrones en la oficina de La Caixa como para tener que pedir favores. Al día siguiente, Pau dejó de llamarla, pero sus doscientas mil latas de Kas Limon seguían ahí.  “24 horas en la cama serán las que me pasaré con JP”, se dijo a ella misma mientras tomaba el desvío hacia Sant Celoni. Las instrucciones de Google Maps eran bastante claras, a pesar de que según el algoritmo, Sant Celoni se pronunciaba Street Caloni. Naiara pasó por delante de una fábrica de productos químicos y enfiló una carretera secundaria para llegar a la urbanización de JP. El termómetro marcaba 30 grados y el sonido de las cigarras era ensordecedor. Naiara aflojó la marcha. Buscaba el número 38 de la avenida Montnegre. Pasó por delante de una torre moderna flanqueada por dos leones de piedra y escudos heráldicos esculpidos en la piedra, y se detuvo para hacer una foto. Quería compartirla en el grupo de Whastapp de sus compañeras de la Caixa. Su oficina estaba en Sant Cugat y les gustaba reírse de los nuevos ricos.

¿Qué clase de vecinos tenía JP allí arriba?, pensó Naiara al ver que la torre siguiente tenía dos águilas de piedra en la puerta de entrada. Siguió subiendo la cuesta hasta llegar a una calle sin salida. Aflojó un poco más la marcha y entonces vio a una mujer de rostro moreno, con una melena negra hasta el trasero y un vestido gris que saltaba a la calle desde un muro bajo. La mujer empezó a caminar deprisa. Ni siquiera la miró cuando Naiara bajó la ventanilla para preguntar si sabía donde estaba el número 38. La única respuesta que obtuvo fue el sonido de las cigarras.

El Montseny en agosto
El Montseny en agosto

Naiara alzó la vista para observar de donde había salido esa mujer y descubrió detrás del muro una torre a medio construir. En el jardín se amontonaban los ladrillos y algunas estatuas de piedra, y al fondo, una piscina con niños de piel oscura bañándose y gritando de alegría, mientras un grupo de adultos charlaban sentados alrededor de una mesa bajo una sombrilla. Naiara comprendió que eran gitanos. Dio media vuelta con el coche y recibió una llamada de JP: ¿dónde estás?”
“creo que cerca”, respondió. Y mientras decía esto, identificó el BMW de JP bajando en dirección contraria. Ella le saludó con la mano y esperó a que abriera la valla de su casa, escondida entre dos grandes encinas cuyas ramas tapaban el número 38 gravado en la piedra.
“Bienvenida”, dijo JP al salir del coche. Iba cargado con dos cajas llenas de melocotones y higos que acababa de comprar en el mercado, y Naiara fue corriendo a ayudarle. “Me alegro que no te hayas perdido”, dijo, con acento francés. “Porque hoy tenemos mucho que hacer. Después de comer, me vas a ayudar a hacer mermelada”.
Naiara sonrió. JP hablaba como un director de empresa, dando órdenes. “¿Mermelada de melocotón?”, preguntó, mirándole a los ojos, grandes, de color castaño.
“No, niña, de reine-claude. Cómo las llamáis aquí, “ciruelas reina”
(to be continued)

2 thoughts on “el hombre que hacía mermelada

  1. Esther Utrilla August 5, 2015 / 3:52 pm

    Andriu… M’encanta el teu blog alberginia… Esperant nova entrega! Bon estiu!

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