el hombre que hacía mermelada (2)

Jean P empujó la valla del jardín para que Naiara pudiera pasar y las hojas crujieron bajo el hierro oxidado. “Hace un mes que no limpio el jardín. La casa está hecha un asco, te aviso”, le advirtió Jean P mientras dejaba la caja de melocotones sobre una tumbona en la entrada. Naiara apenas le escuchaba. Apoyada en la barandilla, contemplaba las montañas que asomaban entre los bosques de encinas y pinos.  “Es un privilegio vivir aquí, desde mi piso de Mataró veo solo el bloque de enfrente”, murmuró Naiara.  ¿El Montseny es una montaña en concreto, o todo el conjunto es el Montseny?”. Jean P se acercó a ella por detrás y le acarició el pelo, que llevaba suelto, para que se secase. “¿Pero tu de donde sales? El Montseny es todo el macizo. La cima que sobresale, allí al fondo, es el Turó de l’Home. Y el otro, el Matagalls”,  le explicó. “Deberías saberlo”, añadió, pellizcándole por la cintura. Naiara le empujó instintivamente y se rio. “Tengo muchas cosquillas”.

melocotones de agua de Lleida
melocotones de agua de Lleida

Jean P abrió la puerta de casa y desapareció en la cocina, pero Naiara se quedó un par de minutos más en la terraza, tratando de imaginar cómo sería vivir allí en invierno. Jean P le había dicho que cada día iba y venía en tren a Barcelona. La redacción del periódico estaba en el 22@ y se bajaba en la estación de El Clot. “Crecí entre los Alpes y Córcega, no puedo vivir en el cemento”, le había dicho. ¿Y su esposa, donde estaba? , se preguntó Naiara. A ella nunca le había tentado la Naturaleza.  Sus padres eran de Mataró y nunca la habían llevado de excursión, excepto un verano que fueron a Andorra para visitar a Jenny, su hermana mayor, que había empezado a salir con un andorrano de su clase. Jenny se había acabado casando con él y vivían en Andorra todo el año. Su hermana también trabajaba en un banco, aunque no en una oficina de cara al público, como ella, sino en el departamento de Inversiones. Jenny siempre había sido la más lista. Sus padres habían hecho muchos esfuerzos para que las dos estudiaran en Esade, pero sólo Jenny había logrado acabar. A ella la habían echado en primero de carrera, después de suspender matemáticas, contabilidad y derecho cuatro veces, y terminó la carrera de empresariales en la UB.  Por eso Jenny y su marido estaban forrados y tenían un dúplex con piscina en Andorra la Vella y un velero de 13 metros en el puerto de Mataró, y ella no. Jenny bajaba casi cada fin de semana a Mataró para ver a sus padres y a las amigas- las dos hermanas siempre habían salido en el mismo grupo – , mientras su marido hacía regatas. El fin de semana pasado, les contó que ella y Marc estaban intentando tener un hijo. “Andorra es ideal para criar a un niño”, les explicó Jenny mientras tomaban un cortado con las amigas en la nueva cafetería que habían abierto en la Riera. El local se había hecho famoso porque era el único en todo Mataró que vendía cupcakes. “En Mataró todo llega cinco años más tarde, incluso en Andorra tenemos cupcakes”, dijo su hermana, mientras se comía uno de esas madalenas cubiertas de colores.

Naiara bostezó y se acarició la barriga. La vida de su hermana le parecía un aburrimiento, pero la imagen del cupcake le había despertado hambre.  Miró por última vez el Montseny y dio media vuelta para entrar en casa y ayudar a JeanP en la cocina.  Los melocotones seguían encima de la tumbona y desprendían un olor dulce. Cogió uno y se lo llevó a la nariz.  Notó el tacto aterciopelado entre sus dedos y le dieron ganas de estrujarlo. Eran melocotones de agua y estaban ya maduros. Se acordó de la tarde que Pau le llamó por el móvil desde un pueblo de Lleida, donde había ido a hacer una entrega de Kas Limon para una discoteca. Era la época de la recogida del melocotón y los agricultores estaban muy enfadados porque Rusia acababa de prohibir las importaciones de fruta de la Unión Europea y no sabían qué hacer con el stock.  El dueño de la discoteca, que también se había animado a invertir en el cultivo de fruta para la exportación, le había regalado dos cajas enteras de melocotones.  “¿Y me llamas al móvil al trabajo sólo para contarme esto, Pau?”, le había contestado Naiara, antipática.  “No. Te llamo porque en estos momentos me gustaría que te deshicieras en mis manos como uno de estos melocotones”. Naiara se había puesto roja como un tomate y tuvo que encerrarse en el lavabo de la oficina para tirarse agua por la cara. Pocos hombres le habían despertado el mismo deseo que Pau.

“¡Tengo hambre!”, gritó Naiara empujando la puerta de la casa de Jean P. En la sala reinaba un desorden absoluto. En el suelo vio tirados varios pares de zapatos, entre ellos unas sandalias y unas bambas de correr demasiado pequeñas para ser de JeanP. Sobre la mesa de comedor se amontonaban revistas viejas en francés, el ordenador portátil y dos cámaras Reflex, y en un rincón había una montaña de camisas por planchar. Naiara se fijó en los cuadros de las paredes, dos pinturas al óleo de figuras abstractas, que le parecieron bastante feas, e imaginó que deberían ser obra de algún amigo de Jean P. Se acercó un poco más para observar las fotografías colgadas sobre la chimenea: en una de ellas, aparecía Jean P abrazado a una mujer oriental. Jean P debería tener unos diez años menos que ahora, aunque ya estaba completamente calvo. Naiara supuso que la mujer era su esposa .Era una mujer más bien robusta, de rostro ancho, nariz chata, y un cabello lacio y ondulado que le caía hasta los hombros.  Naiara tenía entendido que las orientales guardaban siempre un aire de juventud, pero aquella mujer parecía más mayor que JeanP.

-¿Te has perdido, niña?

La voz de Jean P la sobresaltó. El francés la observaba desde la puerta de la cocina con un trozo de carne roja en la mano.

-Estaba chafardeando un poco.

-Puedes tocar lo que quieras. Dinero no encontrarás.

-¿Tu mujer es china? –  preguntó Naiara, curiosa. Notó el calor del horno encendido en la cocina y sacó la goma de cabello del bolso para hacerse una coleta.

-Sí-respondió Jean P, secamente-. Parte de este desorden es culpa suya.

-¿dónde está ahora?

-Oh. De viaje. En China. Cómo siempre.

Naiara le daba la espalda y contemplaba otras fotografías en la pared. En la mesa baja del salón vio varias ramitas de romero amontonadas sobre un papel de periódico.-  ¿A parte de mermeladas, también haces infusiones?”- le preguntó.

-No, eso es cosa de mi mujer. Lo dejó así antes de marcharse. No sé qué estaba haciendo.

Naiara no preguntó nada más, aunque la esposa china de Jean P le despertaba mucha curiosidad. Jean P había vuelto a la cocina y por el ruido de platos imaginó que vaciaba el lavavajillas. Antes de entrar a ayudarle, se miró en el espejo del recibidor y se retocó la coleta. Pronto tendría que volver al peluquero, pensó, observando la raíz oscura que asomaba entre el cabello teñido de rubio. Al menos el tratamiento de queratina funcionaba y se mantenía liso. Sonrió al espejo y resiguió con el dedo las arrugas que le empezaban en el rabillo del ojo. “Fumar es fatal para la piel”, le decía su hermana cada vez que se veían. Jenny tenía tres años más que ella y la mitad de arrugas. También era más alta, tenía las tetas más grandes y los ojos azules. Naiara lanzó un suspiro. Bajó la vista del espejo y entró de golpe en la cocina.

– “¿Te ayudo?”- dijo, forzando una sonrisa.

Jean P dejó caer el cuchillo con el que pelaba unos tomates y se limpió las manos en el delantal.  Sin decir nada, sacó una botella de vino blanco de la nevera y sirvió dos copas. “Lo único que tienes que hacer es quedarte de pie a mi lado y beber”.

 

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