la bici más veloz

vendedor ambulante marroquí y su familia en la playa de Premià de Mar
vendedor ambulante marroquí y su familia en la playa de Premià de Mar

Siempre me ha gustado el mes de agosto. De pequeña, lo recuerdo especialmente por dos cosas: primera, era el mes que por fin podía dormir un poco más -en julio me facturaban de colonias- y gandulear en la cama; segunda, era el mes que tocaba viajar con la familia. Todavía recuerdo el hormigueo en el estómago la noche anterior a coger por primera vez un avión fuera de España. Debería tener unos diez años. Nos íbamos a Inglaterra, el país de las novelas de Enid Blyton: Torres de Mallory, Santa Clara, Los Cinco… Antes de ir al aeropuerto me recogí el cabello en dos trenzas para sentirme como Darrell o las gemelas o’Sullivan, y en el avión pedí té a la azafata. Lo mejor fue llegar a la casa que habíamos alquilado, una mansión victoriana en medio del campo, en Sussex, rodeada de  un jardín de flores, con moqueta por todas partes y un torreón que durante diez días sería mi habitación. Además, teníamos una cocinera austríaca muy simpática que nos preparaba la cena. Era una señora mayor, de cara regordeta, mejillas sonrosadas y pelo canoso. Una noche apareció con un postre que  me pareció lo más sofisticado que había probado en mi corta y poco trascendente vida: islas flotantes ( merengues flotando en crema inglesa). Me pasé el verano obsesionada con tomar más merengue y baked beans, mi otro gran descubrimiento gastronómico en Inglaterra. Mis padres me contaron que la cocinera había sido también la cocinera de la familia von Trapp, la de Sonrisas y Lágrimas, y yo me lo tragué. Me la imaginaba cruzando los Alpes, huyendo de los nazis, y después exiliándose a Inglaterra para encontrar trabajo. No supe que era mentira hasta años más tarde, en una noche que mis padres me oyeron contárselo a alguien en alguna cena. “¿Pero, cómo, Andrea, te lo creíste de verdad?”, me preguntó mi padre, con cara de alucinado. Desde entonces, tengo complejo de ingenua. Con lo que me gustaba vacilar a mis amigos del cole con esa historia.

Hablando de vacilar, hace unos días me hice la guays y le aconsejé a un amigo muy de izquierdas que viajaba por trabajo a Irlanda que debía leerse Dublineses. “James Joyce se cagaba en la iglesia católica y en el Imperio Británico, te gustará”, le escribí, después de consultar en Wikipedia de qué iba el libro. A los pocos días, por casualidad, un amigo irlandés me contactó para insistir en que fuera a visitarle en agosto. “Vivo en una finca con caballos y a mi lado hay granjeros guapos con ganas de conocerte, lo pasaremos bien” . Me convenció (por los caballos), me compré un billete (me voy mañana) y me fui a la Central a comprarme Dublineses, en inglés.  Al llegar a casa, empecé a leerlo y … no entendía nada!. Así que al día siguiente, volví a La Central y lo cambié por la versión en catalán. Volví a casa, empecé a leerlo y.. tampoco entendía nada (a parte de que pareció un tostón).

Temo que mi pérdida de capacidad lectora-neuronal esté relacionada con mi ingesta compulsiva de series. Más que nada, porque no pienso dejar las series.  Si algo me gusta del mes de agosto desde que soy adulta (¿?) es poder pasarme la tarde tragando capítulos de Silicon Valley en bragas y camiseta y terminar cenando ostras con vino blanco en la terraza de  Casa Martinez, como ayer.  Era el cumple de mi hermano Carlitoz, y tocaba celebrarlo. Mi hermano es el mejor compañero de viajes que he encontrado en los últimos cuatro años. Es adicto a comer porquerías, le gusta visitar sitios sin nada interesante por visitar y sabe orientarse con el mapa. Nuestro próximo destino es Nebraska.

En agosto incluso llego a reconciliarme con la playa. Desde que vivo en Frankfurtlandia (aka  Vilassar de Mar), he sufrido el acoso de amigos y visitas internacionales que me presionan para pisar las orillas del Maresme. No entienden que si el agua está más cristalina a medida que te acercas a la fábrica de la Procter and Gamble no puede ser bueno. Las visitas suelen ser en julio. En agosto me quedo sin amigos. La mayoría está de viaje o con sus familias, y el único ser con quien me relaciono es mi bici. Es un modelo barato del Decathlon, con la cadena totalmente oxidada y un peso medio de varias toneladas.  Nos llevamos bien. Con ella voy hasta Montgat y vuelvo por el paseo marítimo, buscando el mejor sitio para darme un chapuzón. Normalmente, no hay ninguno que me convenza, pero me entretengo mirando los tatuajes en las espaldas de los hombres y  a los niños que lloran agarrados a las manos de sus madres porque no quieren volver a a casa a comer.  Alguna vez, si paso por allí entre la una y la una y media del mediodía, me encuentro con la subasta de pescado de Montgat, muy cerca del túnel del tren de Cercanías. “Cove de llagostins, 23 euros, atorgat!”, grita el pescador, entregando una bandeja de mimbre con langostinos al mejor postor, un hombre chino que habla muy bien español. “Aquí solo viene gente que le gusta comer buen pescado”, me explica otro de los pujantes, un hombre de cabello blanco, que ha venido acompañado por su esposa. El hombre puja por el ‘cove’ de sepia pero alguien se la lleva por 13 euros, más de lo que está dispuesto a pagar. El hombre vuelve a pujar, esta vez por una bandeja de ‘tacons’, un pescado de tamaño pequeño, “que se fríe entero , con las tripas y todo, como si fueran patatas”, me explica. Se acaba quedando el cove de tacons por seis euros.  Mañana es probable que vuelva, aunque no sabe qué pescado habrá. “Todo depende de lo que pesquen los pescadores de Masnou y Premià”, comenta el organizador, cuando la gente empieza a marcharse. La subasta de pescado de Montgat tiene más de cien años de antigüedad.

Uno de mis tramos favoritos del trayecto en bici por el paseo es pasar justo por detrás del puerto de Masnou. Por allí asoman todas los extractores de los restaurantes del puerto y puedes descubrir si habrá paella o calamares. Normalmente, el olor es tan denso que estimula a pedalear más rápido.  Con el acelerón he sudado tanto que hoy me he acabado deteniendo cerca del club náutico de Premiá: hay una franja de playa más ancha, alejada del aparcamiento, con lo que suele haber menos gente. Me he acercado a la orilla y he comprobado que el agua estaba transparente. He dejado caer la bici en la arena y he plantado mi toalla. A mi lado, dos mujeres marroquíes con velo y chilabas oscuras ayudaban a desvestir a sus niños, mientras el marido de una de ellas intentaba poner orden a un montón de pareos tirados en el suelo. Dos minutos más tarde, mientras yo intentaba eliminar cualquier colilla de debajo de mis pies, los niños han salido disparados hacia la orilla , y el hombre ha empezado a caminar por la playa con las espaldas cargadas de pareos y collares, en dirección a mataró. “Suerte amigo, espero que vendas algo bajo este sol”, he pensado, antes de meterme en el agua y nadar un poco. Después me he girado para ver si le veía otra vez. Ante mis ojos miopes, el vendedor marroquí era solo un punto borroso entre dos sombrillas.

One thought on “la bici más veloz

  1. Bmonforte August 11, 2015 / 8:42 pm

    Dublineses, complicado de leer,.. Yo lo olvidé en un avión y nunca lo recompré!

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