Dublin in pink

Uno de los mayores placeres de viajar sola es que puedo empezar a caminar sin rumbo por una ciudad sin peligro de que mi padre o algún amigo se harten y me quieran matar.  Dublín me lo ha puesto fácil: la ciudad es llana, las aceras son anchas y hay poco tráfico. Eso no significa que no haya semáforos. De las ocho horas que habré destinado hoy a patearme  la ciudad, al menos una en total la habré pasado esperando a que un semáforo se pusiera en verde. Está claro que en Dublín los semáforos han sido programados por algun ingeniero retarded o con instinto sobreprotector. Como la paciencia no es mi mejor virtud, he acabado cruzando las calles a lo loco, sin saber muy bien a dónde mirar. ¿Derecha? Izquierda? Por detrás?  Aquí circulan como en Inglaterra, por la izquierda, y  yo soy un poco disléxica con todo esto.  Mis mejores amigos me han prohibido terminantemente que alquile un coche para viajar sola por Irlanda.  Les he hecho caso.
En mi maratón dublinesa, bajo otro día de sol radiante y cielo azul, y a una temperatura ideal de 18ºC,  he vuelto a pasar por delante del parque Mountjoy. A primera hora de la mañana no habían niños y estaba bastante silencioso. Un estudiante paquistaní me ha visto caminar con la cara pegada al mapa y al cruzarse nuestras miradas, me ha dicho: “are you looking for me?”. Yo le he

de rosa por Dublín
de rosa por Dublín

sonreído y he seguido andando.  Estaba claro que con mis kilos de más en el culo,  vestida entera de rosa y con mis nuevas gafas de sol Carolina Herrera, hoy sería la atracción favorita de todo ser masculino de Oriente medio residente en Dublín. Hay que reconocer que mis nuevas gafas de sol tienen mucho estilo, aunque todavía echo de menos las antiguas, que eran Zadig And Voltaire (soy una pija, I love it). Las dejé olvidadas en el buggy de un campo de golf después de encontrarme por sorpresa con un hombre que me descoloca y me hace sentir mariposas.

 Con la excusa del golf, aprovecho para contar que Paul, mi anfitrión irlandés, es experto en temas de escasez de recursos naturales, principalmente en gestión de agua, y me ha dicho que los campos de golf son mucho más sostenibles de lo que la gente cree. “Hay muchos prejuicios, incluso pueden ir bien para regenerar otros sectores, como el turismo. Yo he llegado a jugar en campos de golf rodeados de desierto que no malbarataban agua”, me ha explicado Paul durante el desayuno. “Ya, pero en España normalmente los campos van acompañados de una promoción inmobiliaria”, le he interrumpido,  mientras me preparaba las tostadas con mantequilla y mermelada de naranja. “Ah, entonces es diferente”. Paul trabaja para diversos proyectos de  la Comisión Europea y viaja mucho. Su próximo destino es Israel, donde participará en un proyecto para mejorar el acceso al agua de los palestinos.
 Andando en dirección al río, he pasado por calles de casitas bajas semivacías con bicicletas apoyadas en las verjas  y por un barrio de oficinas con hombres pelirrojos en traje azul y corbata que salían a comprar el primer café del día y a fumarse un cigarrillo frente a la puerta de su empresa. En un callejón sin salida, un anciano se preparaba para ir en bici y una madre tomaba el sol en el porche trasero mientras los niños jugaban a su lado. Un chico rubio en camiseta y bermudas me ha preguntado con acento irlandés si me había perdido.
-sí, pero intencionadamente Mi objetivo es llegar a los muelles (the docks)
-Intencionadamente, eh? – me ha dicho , con un vozarrón. – Están ahí enfrente- ha añadido, señalando el puente sobre un canal.

Después de unas cuantas vueltas absurdas he conseguido encontrar el Grand Canal Docks, más conocido como  los ‘Silicon Docks”, un antiguo distrito de muelles rehabilitado en los últimos

silicon docks, a la hora del almuerzo
silicon docks, a la hora del almuerzo

años  para albergar la sede de diversas compañías tecnológicas que operan en Europa, como Google y Twitter. A las doce del mediodía, un grupo de niños en neopreno se bañaban y  navegan en kayak en las aguas del canal, mientras las gaviotas sobrevolaban la zona en busca de comida. Las ventajas fiscales de Irlanda tienen mucho que ver con la decisión de empresas como Google de abrir sus sedes europeas aquí, pero hay que reconocer que los Silicon Docks son un lugar de trabajo muy atractivo. La mezcla de casas antiguas de ladrillo rojo con los modernos edificios de cristal me recuerdan un poco a Berlín. El  más espectacular de todos es el Teatro Board Gais, del arquitecto Daniel Liebskind.
En cambio, la sede de Google es un edificio más bien discreto, encajonado entre calles residenciales y la vía del  tren ligero. Debajo hay un supermercado de la cadena Spar donde venden comida preparada y algunos empleados se escapan allí al mediodía para comprar el almuerzo. Spar es la cadena de supermercados que predomina en Dublín, por encima de Tesco. A mi, la marca Spar todavía me recuerda a los pequeños colmados de pueblo en Catalunya.

A la hora de comer, los docks se han llenado de jóvenes vestidos de oficina con el bocadillo o la ensalada en la mano, en busca de un banco para sentarse y comer al sol. A mi lado, dos chicas y un chico de veintipocos años conversaban sobre el plan del próximo fin de semana. “¿ Habéis estado en Belfast?”, ha preguntado una de ellas, rubia teñida, que por el acento parecía alemana.
Después de comer, me he tumbado en la hierba del parque Merrion para terminar de leer un reportaje brutal en el New Yorker sobre los cinco jóvenes americanos secuestrados por el ISIS en

helados en Merrion Square, Dublín
helados en Merrion Square, Dublín

los últimos tres años y el papel del gobierno de EEUU en su rescate.  Solo uno de ellos fue liberado, los otros cuatro (entre ellos el periodista James Foley ) fueron ejecutados, para la frustración de sus familias. Estados Unidos y el Reino Unido no pagan rescates a terroristas, la Unión Europea, sí. A mi alrededor, había más gente como yo dormitando sobre la hierba y tomando el sol. Era difícil no caer dormido, a no ser por los gritos de un grupo de estudiantes que jugaban a hacer lucha libre.

Con el trasero magullado de tanto rato leyendo en el césped, he conseguido levantarme y caminar un poco más, hasta la zona de Temple Bar y Grafton Street. La marabunta de turistas me ha asustado y me he refugiado en la Filmoteca. A las 18h15 pasaban una comedia americana con pinta de poder entenderla sin subtítulos: The diary of a teenage girl, la historia de una adolescente de 15 años obsesionada con follar, ambientada en el San Francisco de finales de los 70. He reído bastante. El mensaje de la peli no ha caducado: las chicas queremos ser deseadas, folladas y después imaginar que nos quieren.  Los hombres solo quieren follar. Al salir, me he zampado dos trozos de pizza Peperonni enfrente de  una estación de Bicing y de una pareja de turistas que hacía manitas sentados en la acera. De fondo se escuchaba la música de una banda de rock tocando en directo en Temple y poco a poco, el teclado de mi móvil iba quedándose cubierto de grasa. Amigos que no coméis pizza Pepperoni, ¿qué clase de vida interior tenéis?

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