Curas con las manos esposadas

Esta mañana he salido a correr por Dublín. El día ha amanecido nublado y hacía frío, pero quería experimentar qué se siente al correr sobre un campo de hierba, como los futbolistas. Con la barriga llena de tostadas con mermelada, me he puesto las bambas y he salido disparada (es un decir) en dirección al Fairview park, el parque principal del barrio de Drumcondra. Al principio me he asustado, porque lo primero que he visto ha sido un parque infantil gigante y a un montón de niños tirándose por toboganes de todo tipo,  gritando de alegría. Un poco más adelante, el camino arbolado me ha llevado hasta una gran explanada de césped, del tamaño de dos campos de fútbol, y me he puesto a dar vueltas con cara de felicidad. Acostumbrada a correr junto a la vía del tren en Vilassar, ver tanto verde me ha dado envidia. En el aire flotaba

andreita in Fairview park
andreita in Fairview park

una mezcla de olor a humedad y a césped recién cortado y he notado que me caía el moquillo por culpa de la alergia, pero he seguido corriendo y he saludado con la mirada a una señora que paseaba a su perro.  Tras la quinta vuelta – ¡no vacilo!- le he pedido a un hombre con chaqueta azul marino que estaba con sus dos hijas que me hiciera una foto con su móvil y me la enviase. Era un hombre alto, con el rostro pecoso y unos ojos grandes y azules,  y me ha parecido atractivo. “Por supuesto, aquí siempre estamos dispuestos a hacer favores a la gente de Barcelona”, me ha respondido con una sonrisa. Yo me debo haber puesto roja y cerrado mucho los ojos mientras me hablaba. Las dos niñas, rubias y vestidas de rosa, han seguido jugando en el suelo, y yo he vuelto para casa,  maldiciendo los eternos semáforos dublineses, para ducharme y coger el tren.

En la estación, mientras me comía un sándwich, una anciana vestida de blanco, muy elegante, me ha preguntado a dónde iba. “A Ballyhaunnis, a ver a un amigo”, le he respondido. La mujer, que tenía unos ojos azules pequeños y brillantes, me ha dicho que he tenido mucha suerte con el tiempo, que en Irlanda los días de verano no suelen tan soleados como en los últimos días. “Que disfrutes del viaje”, se ha despedido, con una sonrisa. Los irlandeses me parecen simpáticos y extrovertidos, al menos bastante más que los catalanes. El mejor ejemplo es mi amigo Mark, mi antiguo compañero de oficina en Pequín, que hace un año decidió volver a su país después de doce años en China y me ha invitado a pasar unos días en su casa.

Mark vive cerca de Ballyhaunnis, un pequeño municipio rodeado de colinas suaves y campos verdes donde pastan vacas y caballos, en el noroeste de la isla. A pesar de mi cara soñolienta (dos horas de siesta en el tren) y de los cuatro años que llevábamos sin vernos, nos hemos reconocido enseguida. Mark sigue teniendo la misma cabeza cuadrada, los mofletes sonrojados y los ojos azules, algo separados, que lo miran todo con curiosidad. En el coche lleva una ‘L’ porque aprendió a conducir en China y aún no le han convalidado el carnet de conducir, y he intentado ignorar el miedo mientras conducía por una carretera estrecha, flanqueada por árboles y flores silvestres. “He cogido el atajo para llegar a casa, es el camino antiguo”, me ha dicho, antes de coger un pequeño desvío a la derecha. Mark vive con su esposa, chino-americana, y su hija de un año en una casa semi prefabricada en medio del campo,wpid-img_20150814_193421.jpg

a unos cinco kilómetros del pueblo. Desde el jardín se llega a ver el campanario y el tejado de una empresa cárnica, que da empleo a numerosos inmigrantes del este. “En los últimos años, la población de Ballyhaunnis ha cambiado mucho. Más del 60% son extranjeros: polacos, rusos, lituanos.. aquí encuentran trabajo y les sale más barato comprarse una casa que en otros países de europa”, me explica. En el pueblo también hay un centro de acogida para refugiados políticos, la mayoría africanos. ‘Muchos llegan con la familia entera. Mientras esperan a regular su situación, les ofrecen comida, una casa y cursos de inglés y de integración social”, me cuenta, mientras su hija recoge flores del jardín. En la casa de al lado vive una familia lituana. Tienen un perro negro que nos mira moviendo la cola desde el otro lado de la valla, pero Mark está enfadado con él porque muy a menudo se cuela en su jardín y le pisotea el huerto. En el jardín de sus vecinos también veo una taza de water. “ya sabes , por si hay alguna emergencia.. Les encanta hacer fiestas y beber mucho”, dice Mark, soltando una carcajada. Sus vecinos lituanos le caen bien. “Son medio rusos, aunque digan que les odian”, me explica, mientras prepara una ensalada recogida de su propio huerto para la cena. Su mujer ha cocinado Shepherds stew, un estofado de carne, guisantes y puré de patatas, que engullimos acompañado de una botella de Malbec. Después de cenar y hablarme de todos los granjeros de la zona ansiosos por conocerme, Mark me lleva a dar una vuelta en coche. Son las siete de la tarde y el sol consigue abrirse paso entre las nubes y las cuatro gotas de lluvia que siguen cayendo. “Aquí es donde crecí”, me explica, mirando por la ventanilla. Circulamos por otra carretera estrecha y cada vez que aparece un coche de frente, Mark afloja la marcha y saluda. De vez en cuando, alguna casa aislada. Son todas muy parecidas, con tejados a dos aguas, revestidas de madera y con la  bandera del equipo de futbol gaélico regional (Mayo county) plantada en el césped del jardín. “Tenemos un gran equipo, somos de los primeros de la liga”, dice Mark, orgulloso.

Cuando le conocí, en Pequin, Mark jugaba a futbol gaélico una vez a la semana, pero ahora lo ha dejado y se dedica al tenis y a cultivar el huerto,  su otra gran pasión, a parte del periodismo  y el bricolaje.  Nos detenemos en casa de su madre para recoger unas herramientas olvidadas en el cobertizo, donde viene algunas veces a trabajar después de cenar. Su madre, una mujer alta y delgada, con el pelo rubio cortado a lo chico, nos abre la puerta enfundada en un chandal de color rosa y unas sandalias deportivas. “¿Quieres una taza de té?”, pregunta, en tono frío. Cuando le digo que no, da media vuelta y regresa a la cocina.

“Mi madre está esperando una visita de una amiga de Londres y se pasarán la noche bebiendo”, dice Mark en voz alta, y me lanza una señal para que nos vayamos. En el coche me explica que la amiga de su madre es alcohólica y que le pone triste ver que su madre pierde noches enteras con una mujer que se pasa el día bebiendo y quejándose de sus problemas. “Si tienes una amiga con problemas, dile que los solucione, no?”. Su madre  vive sola y en contadas ocasiones de su vida ha salido de Ballyhaunnis. “Somos muy diferentes”, dice Mark. Sus se separaron hace ocho años, pero formalizaron el divorcio hace poco. “La Iglesia les ponía mucha presión para que no se divorciaran, el cura les decía que tenían que aguantar por el bien de la familia. No se daban cuenta que para mi y para mis hermanas era un infierno”, recuerda Mark. El divorcio en Irlanda no se legalizó hasta el año 1995.

De vuelta a casa, pasamos por una pequeña capilla en un recodo de la carretera,escondida entre árboles frondosos. “De pequeño me pasé muchas horas en esta capilla, haciendo de monaguillo”, me explica. Mark fue un creyente devoto hasta que empezó la universidad. “Una mañana me topé con la foto del cura de Ballyhaunnis con las manos esposadas en la portada del periódico, acusado de haber abusado de unas niñas del pueblo”, recuerda.  “Este tipo de escándalos han matado a la Iglesia Católica en Irlanda en los últimos años. La gente en los pueblos ya no tiene miedo a hablar”, dice. Hoy,  según Mark, las iglesias de la zona estarían casi vacías, a no ser por los inmigrantes polacos. Regresamos a casa y mi amigo reconoce que se siente un hipócrita por haber bautizado a su hija. “Lo hecho por mi madre”, admite. Saca una botella de Jameson, otra de refresco de jengibre y después pone agua a hervir en la kettle. “¿Has probado alguna vez el Hot Toddy?

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hot toddy, whisky, ginger and hot water, bebida típica irlandesa

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