Por fin tenemos los papeles

A Mark le gusta hablar de sexo. No sé si tendrá que ver con la rigurosa educación católica de su infancia en Ballyhaunnis, o con cierta escasez de vida sexual en su matrimonio, pero desde que le conozco, cualquier excusa es buena para sacar el tema. En Pequín, por ejemplo, cuando me veía salir de la oficina para ir a almorzar,  tenía por costumbre preguntarme con quién iba a hacer un ‘quickie’  de mediodía. Yo le repetía que tenía novio, pero a él le daba igual, porque decía que no le había visto nunca. Así que en las fiestas de la oficina, intentaba emparejarme con todos sus amigos, especialmente con un vendedor de alfombras Uighur con un punto semi-gay y con un periodista palestino (muy guapo, por cierto) que se veía de lejos que era un ligón.

Por lo que veo, regresar a Irlanda y ser padre de una hija no han frenado su deseo descontrolado por conocer mi vida sexual. “¿Y cuantos novios has tenido desde que regresaste a Barcelona? Y tus amantes saben cocinar?  Y qué se siente al acostarse con un hombre más joven? Prefieres a un hombre dominante o que te domine?”

Contándole la desastrosa y variada vida amorosa de mis últimos cuatro años,  Mark consigue al menos que me sienta como una matahari liberal, en lugar de como una pija catalana recatada. Él va de progre pro-palestino, pero es un conservador. Mientras comemos restos de estofado y unos raviolis rusos  congelados, me explica que la mayoría de los vecinos de su último apartamento en Pequín, en el compound de Suncity, eran funcionarios chinos adinerados.  “Veíamos siempre a mujeres chinas muy guapas que entraban y salían de los pisos, pero estaban solas. Eran sus amantes, o qué? No me gustaba nada”, dice Mark. “La realidad va más allá de tu pequeño oasis de felicidad matrimonial”, le provoco. “Sean geishas, amantes o prostitutas, qué más da?La gente que haga lo que quiera”.

Nos terminamos el pastel de café que ha cocinado su mujer y hablamos de Israel y Palestina, hasta que me acusa de ser una sionista. ” ¿No te gustaban mis amigos palestinos? no te podrías casar con un musulmán?” , insiste. Lo único que sé es que para que un hombre me guste, no debe ser muy fan de la autoridad ni de las ideologías.

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black donkey, una cerveza oscura del condado de Mayo, en Irlanda

Por la tarde hemos ido a hacer la compra y a jugar a tenis a ClareMorris, un municipio cercano, donde hay un supermercado Aldi pegado a un club de tenis. Para desgracia de Mark, mi drive estaba imbatible y le he hecho sudar la gota gorda. Después lo ha compensado parando en la gasolinera a comprarse un ninety nine, 99, el típico cucurucho de helado de vainilla de máquina, con sirope de frambuesa y una barrita de chocolate insertada en el centro. “Es típico del verano en Irlanda”, dice, lamiendo con rapidez el helado para que no se deshaga. Cuando el sol se digna a asomar entre las nubes, la temperatura sube unos cinco grados y regala instantes fugaces de calor. Después hemos parado en el Flanagans,  el pub  más popular de la zona, para degustar algunas cervezas oscuras (ales). Los únicos  clientes eran un señor mayor que leía el periódico y una  pareja que pedía la cena mientras su hijo, un niño rubio de mirada angelical, pintaba con colores sentado en una trona.

Mark y su mujer viven esclavizados a los horarios de su hija, que tiene un año,  y siempre estamos en casa antes de las seis. “Hay que cumplir con unos horarios estrictos porque es lo mejor para ella y para nosotros”, me dice Mark, cortándome toda esperanza de convencerle para hacer una excursión larga, que implique comer o cenar fuera. Asiento con la cabeza, aunque en mi interior pienso que yo le daría un ‘potito” y listo, y me planteo qué clase de madre seré. Lo más probable es que mi hijo me robe el corazón y me pase el día escribiéndole cartas para que lea cuando sea mayor y se me olvide que hay que darle de comer. O inventando historias que le esconderé en el estuche del colegio o en los calcetines, y me llamará ‘pesada’. ¿Ser madre implica tener que dejar de ver series? Ayer, después de cenar, me pasé la tarde en el sofá viendo capítulos de Silicon Valley en el portátil, con los auriculares puestos y riendo sola, mientras Mark trabajaba en el huerto. No pude evitar sentirme un poco nerd.  Mark tiene un iPhone 3, no usa Whatsapp y dice que solo le ha gustado una serie, The Wired. La vio en China y se ha traído todos los DVD de la serie pirateados desde Pequín. “Entre semana, cuando estoy muy cansado, me pongo un capítulo antes de ir a dormir y me relajo”, me explica, encendiendo el viejo televisor Philips heredado de su madre que tiene en la sala. Tiene por lo menos veinte años, “pero funciona muy bien”, dice, esperando a que empiece el capítulo que ha elegido para la ocasión. Tiene la guitarra en el regazo y cuando empieza a sonar la melodía de la serie, Mark acompaña la canción con algunos acordes. No había visto nunca nada igual.

A pesar de nuestras diferencias en la forma de ver la vida – mi amigo irlandés no acaba de entender porque mi objetivo principal no es casarme y construir un hogar – , Mark es una buena persona. El domingo por la mañana me puso a punto una de sus bicicletas Giant para que diera una vuelta por la zona y disfruté como una niña. Dos horas  pedaleando entre pastos verdes, con vacas, caballos y flores silvestres. De vez en cuando, alguna casa aislada, con el típico tejado de pizarra, las ventanas pintadas de blanco y un jardín delantero con geranios, rosales y todo tipo de esculturas horteras: desde los siete enanitos, a ocas, burros, santos o los hermanos Max (lo prometo).  El precio de una casa a los cuatro vientos en los alrededores de Ballyhaunnis, con al menos dos baños y tres habitaciones, y un jardín,  ronda entre los 100 y los 150.000 euros. Un apartamento en el centro, unos 55.000 euros.

paisaje rural en el noroeste de Irlanda
paisaje rural en el noroeste de Irlanda

Es domingo por la mañana y en Ballyhaunnis no hay nadie en la calle. Todas las tiendas están cerradas, excepto una franquicia de Supervalu, la cadena de supermercados más grande de Irlanda. Entro a comprar una botella de agua y me paseo por los pasillos llenos de comida preparada y marcas de galletas  desconocidas. Un hombre con botas y una enorme mochila colgada a sus espaldas  explora los diferentes tipos de salchichas en la sección especial de

sección de productos polacos en el supermercado de Ballyhaunnis
sección de productos polacos en el supermercado de Ballyhaunnis

productos polacos para satisfacer a la comunidad del este. El hombre no se queda con ninguna salchicha y pasa a la sección de yogures. “Incluso varias empleadas del Supervalu son polacas”, me comenta Mark. Cerca de su casa vive una mujer polaca que trabajando en Supervalu ‘ha  ahorrado suficiente dinero para comprarse dos apartamentos en Polonia y ahora los alquila”, me explica.

Son casi las doce y el parquing de la iglesia, que está frente al super,  empieza a llenarse de coches. Las mujeres van bien vestidas, con trajes chaqueta anticuados y zapatos de tacón,  e identifico a varias familias que hablan un idioma de la Europa del este, aunque por el aspecto físico podrían ser irlandeses. De un sedan azul oscuro  baja una familia africana con tres niños pequeños. La mujer es alta y corpulenta, lleva los labios pintados de rojo y el cabello recogido en un moño. Por lo menos le saca un palmo a su marido, un hombre de mirada agradable, vestido con una camisa blanca con el cuello abierto, dejando entrever una medallita  de plata que resalta sobre su piel oscura. Con los niños aferrados a sus pantalones, el hombre me explica que llegaron a Irlanda hace ocho años y fueron acogidos en el (polémico) sistema de acogida para solicitantes de asilo político irlandés (Direct Provision system). Después de siete años en un centro de acogida en Limerick, en el oeste del país,  fueron transferidos al centro de Ballyhaunnis, “y ocho meses más tarde, por fin, hemos conseguido los papeles para poder quedarnos para siempre en Irlanda”, me explica.

-¿Y os quedaréis en Ballyhaunnis?

-No, en este pueblo no creo.. iremos a una ciudad – sonríe. Su mujer nos escruta desde el otro lado del coche con cara de mal humor. La misa está a punto de empezar y la familia nigeriana al completo toma sitio en uno de los bancos laterales de la iglesia.  Un poco más  tarde, llegan do chicas africanas con el pelo rizado, vestidos ajustados  y un cuerpo despampanante, y dos hombres altos y fuertes con pinta de ucranianos o lituanos las miran de reojo.Y entonces aparece el cura acompañado de cuatro monaguillos vestidos de blanco y empieza la misa.

En el camino de vuelta a casa adelanto a dos hombres vestidos con túnicas árabes que salen de una carnicería halal escondida en un polígono industrial. Por detrás asoma la cúpula de la mezquita de Ballyhaunnis, wpid-20150816_114620.jpg, que en su día fue el primer municipio de Irlanda en tener una mezquita propia. Fue construida en los años 80 con el dinero de un empresario paquistaní, que abrió aquí una fábrica de producción de carne halal para la exportación, aprovechando la cantidad de ovejas y vacas que  habían. Con los años, Ballyhaunnis se fue convirtiendo en un lugar de referencia nacional  para la industria de la carne, especialmente halal, y todavía hoy es un motor importante de empleo para los inmigrantes, musulmanes o no.

Al llegar a casa, Mark me presenta a los vecinos lituanos, que están en el jardín tomando el sol en albornoz. El hijo, de unos treinta años, es rubio y guapetón, y habla el español perfecto. “Que ciudad, Barcelona… hace calor de verdad allí!””, dice, sujetando en las manos el repollo que Mark le acaba de regalar. Es un repollo de su huerto, como el que nosotros tomaremos hoy para cenar, salteado con zanahoria, para acompañar unas costillas de cerdo. El perro de los lituanos me mira y mueve la cola detrás de la valla, pero no me atrevo a saludarle porque Mark le odia. Esta mañana en la cocina he descubierto el producto con que mi amigo rocía por las mañanas su huerto y jardín: “Repelente anti-perros y gatos Doff. Con efecto disuasivo contra perros y gatos que se cuelan en tu jardín”.wpid-20150816_102945.jpg

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