El swing de Laurena

Los que piensan que el golf es solo un deporte para pijos estirados deberían pasarse algún día por el club de golf de Ballyhaunnis.  Como la mayoría de municipios de esta zona rural del noroeste de Irlanda, Ballyhaunnis tiene un pequeño campo de nueve hoyos, gestionado por gente local. El club no es más que una casita blanca escondida entre pastos de vacas, con un vestuario enmoquetado, un pequeño salón con una barra de bar abandonada, y una pared de corcho con los resultados de los últimos torneos escritos en bolígrafo azul. Salir al campo cuesta wpid-img_20150815_180819.jpg10 euros para los miembros del club y 15 euros para los visitantes, y no hay normas de vestimenta estricta. He visto a una señora mayor con un  jersey de chándal ochentero y unos pantalones rojos que le quedaban por encima de los tobillos, y a un hombre grandullón que le faltaba un diente con una camiseta arrugada  y los pantalones medio caídos. El hombre en cuestión, que estaba sudado y tenía los mofletes sonrojados  después de haber jugado, se ha presentado como el presidente del equipo masculino del club. “Jugamos torneos contra otros pueblos de los alrededores y lo pasamos bien. ¡Pero nos faltan mujeres!”, exclama. La responsable de fichar mujeres para el equipo femenino del club es Laurena, una vecina de Ballyhaunnis que se ha ofrecido a jugar conmigo y a prestarme sus palos. 

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“Hay que motivar a las mujeres como sea a que prueben este precioso deporte!, exclama, dando pequeños saltos de alegría. Laurena rondará los sesenta años y mantiene un cuerpo delgado y fibrado,  con unos hombros huesudos cubiertos de pecas por el sol. Lleva el cabello teñido de rubio cortado a lo chico (corte de pelo habitual de las mujeres de cincuenta para arriba en esta zona de Irlanda) y unos ojos azules pequeños y avispados, como los de un niño. “Os presento a Andrea, una golfista de Barcelona”, va diciendo a todo el mundo. Empiezo a ponerme nerviosa, porque a pesar de que llevo un año y medio entrenando, no soy precisamente Tiger Woods. La gente me estrecha la mano y me da la bienvenida. En el club  todos se conocen y se enrollan como persianas.

“Estuve hace poco en Barcelona. Iba por la calle hablando con todo el mundo… Se pensaban que estaba loco, pero los irlandeses somos así”, me explica el capitán del equipo masculino. Enciende un cigarrillo y se apoya en el coche, con intención de observar nuestra salida en el hoyo uno, que está justo al lado de la casita- club. Laurena da un sorbo a su termo de té, se da la vuelta para sacar el Driver de la bolsa y leo en  el dorso de su camiseta, ” I love golf’ estampado en lentejuelas plateadas. El resto de su atuendo lo forman unos vaqueros baratos hasta media pierna y un cinturón de piel falsa de color negro. Aún y así, su elegancia es superior a la mía, que he jugado con leggings, jersey atado a la cintura y bambas de correr. Laurena me coloca la pelota en el tee y me entrega su Driver. “Estas acostumbrada a jugar con un Driver tan ancho o prefieres una madera 3?”.

Obviamente, he querido intentarlo con el Driver  y la he liado. “Baaaaall!!”, he gritado en inglés con todas mis fuerzas, cuando he visto que la pelota se levantaba en forma de globo hacia la derecha y se dirigía directamente hacia un grupo de golfistas muy concentrados en meter la pelota en el hoyo, en el green de al lado. Laurena ha fruncido un poco las cejas y después ha dicho: “¡No pasa nada! Mejor vamos a tirar antes unas cuantas bolas, eh?”.  En el campo de prácticas- un campo en que tiras bolas y las vas a buscar tu mismo – al final me he relajado y lo hemos vuelto a intentar.

Laurena y yo hemos estado una hora y media jugando y , sobretodo, hablando.  “Ya lo has visto, vivir en un pueblo cerrado como Ballyhaunnis implica que todos nos conocemos, estamos todo el día cotilleando, no hay mucha intimidad”, me confiesa. Laurena tiene tres hijos, y el más pequeño empieza este año la universidad. “Les digo siempre que se vayan fuera, que conozcan otros sitios más interesantes, pero los dos mayores han acabado volviendo aquí”, se lamenta, antes de aconsejarme con qué hierro jugar el último golpe. Consigo levantar la bola de una forma decente y Lorena exclama:  “Tienes un Swing precioso, solo te falta practicar más”. Yo me río por dentro.

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Mi amigo Mark me espera en el coche para irnos a tomar una última Guinness. Vamos al único pub abierto en Ballyhaunnis, un local oscuro con moqueta en el suelo, que huele a desinfectante. En la pared hay una pantalla de televisión encendida donde pasan carreras de caballos y en la barra sólo hay hombres con cabello blanco y mofletes rojos con la cerveza en la mano,que nos miran con curiosidad al entrar. “¿Por qué no hay mujeres?”,  pregunto. “Es un pub tradicional”, contesta Mark, encogiéndose de hombros. Tampoco hay polacos ni inmigrantes del este, ‘porque prefieren comprarse las cervezas en el supermercado y bebérselas en casa”, añade.

La Guinness hace su efecto y Mark se suelta contándome su admiración por Michael Collins, el gran líder revolucionario irlandés del siglo pasado, cuya foto está colgada en la pared de bar. “¿Y tú, no tienes ídolos?”, me pregunta. Me gustaría responder que sí, pero no creo en nada. En sus años de universidad, en Dublín, Mark me confiesa que se hizo miembro del partido comunista irlandés. Era a finales de los 90. “Tenía curiosidad por conocer muchas cosas”, me explica. Ese verano,  los miembros del partido fueron ‘invitados’ a trabajar en una plantación de caña de azúcar en Cuba y allí empezó a desmoronársele el sueño. No tanto por la pobreza de la que fue testigo, y que los funcionarios cubanos intentaban ocultarles, , sino al descubrir que la delegación del partido comunista danés se hospedaba en el Hotel Nacional, uno de los mejores de la Habana. “Y después tuvieron el morro de organizar una quema de símbolos capitalistas y banderas con el símbolo del dólar”, dice, dejando escapar una sonrisa sarcástica. Son las seis y media y toca regresar a casa. En la calle nos adelanta el trailer de una empresa cárnica de la zona. “Mi primer empleo fue cargar corderos muertos en un camión como este. Tenía que trabajar para pagarme la universidad”, me explica Mark. Mientras estudiaba periodismo en Dublín, Mark también trabajó de vigilante de seguridad nocturno para el grupo Chubb, una de las principales compañías de seguros del mundo. ” Odio las grandes corporaciones. Me enviaban a mi solo a vigilar toda la noche una fábrica enorme en las afueras de Dublín, cuando sabían que era un trabajo para cuatro personas. Me cagaba de miedo”.

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