El revés del mosquito

El domingo por la mañana, Alicia se levantó resacosa. La noche anterior había salido a cenar con dos parejas amigas a un restaurante italiano de Vilassar de Dalt, que en verano monta un comedor improvisado al aire libre, colocando unas mesas encima de unas alfombras en medio de la calle. Era noche de luna llena, había refrescado, y Alicia se dejó llevar por las botellas de un vino tinto, caliente y mal escanciado, que la camarera italiana les iba trayendo cuando se dignaba a aparecer.

-Últimamente estoy jugando muy bien al tenis-, le comentó a Marc, sentado a su lado. Marc era un amigo del club con quien había hecho clases de tenis de pequeña.

-¿Ah, sí? Ahora vas dando palizas?

-Seh-respondió Alicia, animada por el vino.

-Pues entonces tendrás que empezar a jugar con los chicos  – respondió Marc, aguantándose la carcajada.

Alicia también intentó contenerse la risa, aunque lo cierto es que lo decía en serio. Unos días wpid-20150728_204847.jpgantes había jugado un partido contra una chica de su edad y había ganado los dos sets con poco esfuerzo. El revés le había salido liftado y con fuerza,  y tenía el ego algo subido, pero decidió cambiar de tema. Ella y Marc eran los únicos de la mesa que jugaban a tenis (el resto jugaba a pádel) y se sumaron a la conversación sobre las vacaciones pasadas – la Provenza, Menorca, Irlanda… – y la dureza de tener que volver al trabajo.

-‘Mi sueño es estar de vacaciones permanentes- dijo Marc.

– Tampoco es tan idílico- respondió Alicia.

-¿Lo dices por ti?

-Mm

-Sí, debe ser cansado tener que pensar qué hacer todo el rato, hay que ser creativo.

– Setiembre es la época que empiezo a hacer tonterías. Hoy he enviado curriculums para recepcionista de hotel, profesora de inglés o de agente inmobiliaria en Alella.

-La verdad es que vendiendo casas a millonarios no te veo – interrumpió Marc.

-Tienes razón. Quizás mi función vital sea entretener a la humanidad escribiendo. O convertirme en profesional del tenis.

-¿Crees que te da tiempo?

Se oyó de fondo el sonido de una moto y Alicia apuró su copa de vino. El alcohol le hacía olvidar momentáneamente sus preocupaciones diarias: su incapacidad para ganar dinero, su revés en el tenis, o que su nuevo ligue fuera disléxico y no leyera nada. Pero le había parecido enternecedor que intentara conquistarla pidiéndole que le recomendase novelas para bajárselas en audiobook. Estaba dispuesta a darle una oportunidad.

La última y más reciente preocupación de Alicia era que había perdido el Cusitrín, su repelente antimosquitos favorito. Le gustaba el ritual de lavarse los dientes y rociarse las piernas con Cusitrín antes de irse a dormir.  El único riesgo era que por las noches a veces se frotaba los ojos de forma 1594082_Cusitrin_forte_sprayinconsciente con las manos impregnadas de repelente y al día siguiente se levantaba con conjuntivitis. Ese no fue el caso la mañana siguiente, pero en cambio se levantó con cuatro picadas mosquito, a parte de la resaca. “Putos mosquitos del Maresme, deberían estar expuestos en un zoo”, exclamó , mientras se clavaba las uñas en forma de cruz sobre la hinchazón (un truco de dudosa efectividad que alguien le había explicado hace tiempo). La picada de mosquito le provocaba alergia y le aparecían unas ronchas gigantes.

Alicia estuvo de mal humor todo el día y decidió ir a comer a casa de sus padres. Después de degustar una taza de gazpacho y unas deliciosas berenjenas rellenas, se tumbó en el porche del jardín a leer las Cartas de Nabokov a su mujer (Cartas a Vera, RBA, 2015). “Para almorzar, albóndigas y ruibarbo. La patrona se ha ido. Después del almuerzo, leí; luego fui a jugar al tenis, estuve dándole a la raqueta dos horas. Volví y otra vez me puse a leer. Para cenar hubo fiambres. Ahora son las ocho y media. Celestial mía, piensa en Biarritz. A mí me parece posible…”. A Alicia le gustó descubrir que cuando Nabokov vivía en Berlín, se pasaba el día jugando al tenis, escribiendo poemas y enviando cartas a su amada para contarle qué había comido o dejaría de comer. Teniendo en cuenta que Nabokov se había hecho un escritor famoso, ella no iba por el mal camino, pensó Alicia. Además, a ella Berlín tampoco le había parecido nunca bonita: “No se puede vivir únicamente por los reflejos delas farolas en el asfalto-: además de esos reflejos, los castaños en flor y los perritos angelicales que guiían a los lugareños en invierno, hay una abyección mísera, el aburrimiento burdo de Berlín, el regusto del embutido podrido y una petulante fealdad”. Alicia soltó una carcajada. La primera vez que viajó a Berlín, en el año 99, tuvo la sensación de estar en L’Hospitalet, pero en grande. Más tarde, esa estúpida comparación fue lo que llamó la atención a quien sería su primer novio, que al día siguiente de conocerle se iba a vivir a Berlín. Alicia se desperezó en el sofá y aplastó un mosquito con el libro. Su madre la llamaba a gritos para ir jugar al tenis. Se levantó despacio, se cambió de ropa, se hizo una coleta y bajó al club dispuesta a derrotarla. Una hora y media y cinco picaduras de mosquito después, tuvo que aceptar que iba a perder.  A Nabokov también le pasaba: “Almorcé: una magnífica sopa de arándanos fría y una chuleta de ternera. Luego salí a jugar al tenis: jugué bastante mal”.   

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