Extraños en el tren (de Cercanías)

Esta tarde por poco sufro un ataque de ansiedad cuando he visto que la batería de mi móvil moría justo al bajar a la estación de Plaza Catalunya y descubrir que había huelga de Renfe. El siguiente tren a Vilassar de Mar no salía hasta treinta y dos minutos más tarde. Tenía los pies mojados y estaba de malhumor conmigo misma por haber salido de casa con un vestidito de verano y unas manoletinas rojas, a pesar de que iba a llover. (El caso es que el vestido – top a rayas blancas y negras y falda de cintura alta, estilo Mad Men –  me lo compré en rebajas hace poco y tengo que ponérmelo sí o sí).

Con los pies mojados, y sabiendo que estaría un par de horas sin poder colgar paridas en Facebook, he logrado abrirme paso entre las hordas de turistas en bermudas y chubasqueros y he detectado un pequeño espacio libre en un banco. No era más que una esquinita, y ni si quiera estaba segura de que mi culo cabría o acabaría aplastando al hombre con camisa blanca y collares en el pecho sentado en él. El hombre, negro y con aspecto de tener mi edad, jugaba tranquilamente con el hijo de un turista. Al ver que quería sentarme, se ha desplazado un poco para dejarme sitio. Le he dado las gracias, he encajado mi trasero en la diminuta esquina, he sacado el libro de la mochila y he empezado a leer. El africano ha seguido jugando con el niño, rubio y de mirada angelical, que se movía inquieto en el cochecito mientras sus padres conversaban en un idioma que me ha parecido polaco. De vez en cuando, le hacía cosquillas y el niño rompía a reír y se ponía de pie en el cochecito, buscando la mirada de sus padres.

“¿Lees en español?”, me ha preguntado el africano, cuando el niño por fin ha conseguido que sus padres le cogieran en brazos. Le he respondido que no, que mi libro era en inglés. “Ah, pensaba que era español”- ha dicho, acercando la mirada a las páginas de mi libro. “Yo estoy aprendiendo español, me voy a sacar el título oficial, pero me cuesta. Inglés no hablo, pero sé un poco de francés. El francés es más difícil que el español, ¿sabes? Porque nada de lo que hablas se escribe igual”, me ha dicho en su español con acento melódico. Su piel era muy oscura, tenía el cabello rizado y una sonrisa franca, que dejaba entrever unos incisivos  separados y estropeados por el tabaco.

-¿Dé dónde eres? De Senegal?

-De Mauritania. Llegué en el año 2006. Ahora vivo en Mollet – me ha mirado a mí y después al al niño, que volvía a saludarle con su manita blanca y regordeta.-  “Entonces el libro es medio español y medio en inglés?”

-No, solo en inglés- insisto.

-Ah. No hablo inglés.

-¿Y catalán? El francés se parece…

-Un poco, sí.  Tiene muchas palabras iguales con el francés. Pero el francés no se escribe nada como se habla, no se escribe nada como se habla…- insiste.  Se acerca el tren a Puigcerdà y el hombre se levanta. “Este tren para en Mollet”, dice. Recoge sus bultos,que lleva cubiertos en una sábana blanca, y desaparece entre el gentío que se acerca a las vías.

Vuelvo a intentar concentrarme en la lectura. En el andén hay cada vez más gente, turistas con el cabello mojado y paraguas que empapan en el suelo, hombres que salen de la oficina y  adolescentes del Maresme que regresan a sus pueblos después de pasar el día en Barcelona.

-¿Qué lees?- me interrumpe otra voz masculina. “Yo en la cárcel me leí Los pilares de la tierra, lo has leído?”

Me giro y observo al tipo que acaba de sentarse a mi lado y me está hablando. Es un hombre con aspecto de treintañero, bajito y fornido, con el cuello y los brazos tatuados. Lleva una gorra de béisbol de colores fluorescentes, luce una barba mal cuidada y tiene los dientes carcomidos.

“Lo he leído, sí – le respondo, fijándome en las gotas de sudor que resbalan por su frente. El hombre pone cara de ilusionado. “¿Es bueno, verdad?” Se saca la gorra y me la enseña:”es nueva, me la he comprado hoy. Hace cuatro días que he salido de la cárcel. Tengo que celebrarlo! La cárcel es una mierda, sabes? No hay nada que hacer, aparte de leer o ir al gimnasio. Hay que ponerse fuerte o te dan por culo!”, dice, en voz alta. La gente nos mira. Va borracho. Sin dejar de hablar, saca de una bolsa de plástico un tetra brick de Don García, unaDon-Garcia-Tinto imitación barata de Don Simon, y vacía un vaso de plástico de golpe. “Quería ofrecerle vino al moreno, pero ya se ha ido”, me dice, señalando al africano de Mollet, que ha logrado abrirse paso entre los turistas y subirse al tren.  “Tanta gente acumulada aquí abajo esperando al tren no está bien. Con lo que pagamos a la Renfe”, balbucea el borracho. “¿Qué libro lees, entonces?”, insiste.

Cierro el libro y le enseño la cubierta. “Es en inglés: Heaven’s command, algo así como “Órdenes del paraíso”, le digo.

“En la cárcel también aprendí inglés”, responde. “Ya verás”. Y se pone a recitar, en voz alta, mirándome con sus ojos saltones: “Hello, how are you? My house is the street. Can I make you a question? – espera a que le responda “yes” y continúa- “Can you give me one euro to buy a  burguer in Mc Donalds?”

Su inglés es bueno. “¿Lo dices en serio o me tomas el pelo?”

“En serio ..hoy me he comido una hamburguesa del McDonalds. Que  buenas están! Hay que celebrar que llevo cuatro días fuera de la cárcel! – responde. Me explica que él nació en Madrid pero que vive en Catalunya desde los cuatro años. Sus padres murieron cuando él era un crío. “Hablo catalán muy bien”, me asegura. No me atrevo a preguntar porque le encerraron  cuatro años en la cárcel. Sólo le pregunto en cuál. “En Cuatre Camins , en la Roca del Vallès, ¿la conoces? Es como un hotel. La pagáis entre todos con los impuestos”, me dice. Ahora vive en Canet de Mar con su novia. “Lo de la cárcel no está bien, no es justo para nadie. Me van a pagar 476 euros al mes durante 21 meses. No está bien. Hay gente que necesita este dinero”, dice, llenándose de nuevo el vaso de vino. Una turista francesa con aspecto de cansada busca un sitio para sentarse y él le hace un hueco a su lado. “Siéntese, siéntese, señora. Do you speak English?” Ella dice que no y después comenta algo en francés a su  marido, un hombre con barba blanca, pantalones caquis y Birkenstok, que se ha quedado de pie. El ex preso se gira y me pregunta, muy serio: “¿Por qué hay tantos franceses en Barcelona? No tienen crisis allí?”

Le respondo que quizás porque les queda cerca y es una ciudad bonita, pero él ya no me escucha. Una mujer negra de caderas anchas y escote despampanante se ha sentado entre nosotros dos y empieza a chatear por el móvil.

“¡Dios, qué guapa que eres!”, le suelta el borracho, volviéndose a colocar la gorra en la cabeza. Ella sonríe sin mirarle. Tiene una cara regordeta, de mirada afable, los labios pintados de rosa y el cabello azabache peinado en finos tirabuzones de peluquería.  “¿Hablas inglés?” Ella responde que sí.  Entonces él le recita de nuevo su cancioncilla: “my house is the Street. Can you give me one euro , or five cents, for McDonalds?”. A la africana se le escapa la risa, pero no deja de chatear.

Él borracho se pone a imitarla, como si tecleara: “Hola, cariño, ahora cojo el tren, llegaré en una hora. Qué hacemos? Quieres ir a cenar y después a tomar unas copas? Más tarde a bailar y a lo que se preste? – dice en voz alta, en tono burleta. Me río. “Todos hacemos lo mismo. Chatear, Yo también haré lo mismo ahora cuando llegue a Canet, escribiré a mi novia, que sale de trabajar a las ocho y media, e iremos a cenar.. “- me mira y pregunta- ¿Sabes si aquí hay cobertura?

-Ella tiene- respondo, señalando a la africana, que sigue chateando.

-Pero ella está en el whatsapp.. – dice. “Yo no tengo internet. Y eso que tengo un iPhone 8”, dice, sacando de su bolsillo un modelo antiguo de Motorola, de esos que se pliegan. Suelto una carcajada. Los franceses y la mujer negra también.

-¿Entiendes el español, guapa?- le pregunta él. “¿De dónde eres?”

-De Nigeria- responde, sin mirarle a los ojos. Por fin llega el tren de Blanes y la marabunta de turistas se aglomera hacia las vías.

-¡Vamos!- me dice el borracho, recogiendo el tetrabrick del suelo y poniéndose de pie. –¿Quieres que te guarde un sitio en el vagón?

Pero cuando voy a decirle que no, que me esperaré al siguiente tren, a Mataró, porque irá más vacío, él ya ha desaparecido entre la multitud.

Esperarme al tren de Mataró ha sido una sabia decisión. El vagón estaba casi vacío y hacía frío. Mis zapatos rojos seguían mojados. Me he abrazado a la mochila con intención de dormir un rato y no pensar que al día siguiente tendría una pulmonía. “¿Está lloviendo mucho todavía?”, me ha preguntado la señora que tenía al lado justo cuando mis ojos empezaban a cerrarse. Era una señora de unos setenta años, con unos ojos pequeños de color azul y el cabello pelirrojo, rizado y cortado a lo chico. “No lo sé, llevo más de media hora bajo tierra”, he respondido, asumiendo que no habría siesta. La mujer me ha mirado con sus ojos brillantes, que delataban ganas de hablar. Me ha explicado que es de Premià de Mar y que venía de Lleida, después de pasar una semana cuidando de sus dos nietos. “Mi hija ya ha empezado a trabajar y con los niños aún de vacacioens, a quién le toca cuidarlos?, a la abuela!”, me explica, con una sonrisa. Tenía los dos incisivos de arriba muy grandes, de color gris, y daba la sensación de que se mordería los labios.  “Mi hija es admirable, tuvo el primero crío a los 36 y un año después tuvo el segundo. Ahora dice que ya no quiere más… En cambio mi otro hijo, el mayor, lo ha intentado de todas las maneras posibles, y los hijos no llegan. Yo le digo que si no sale, será porque no ha de ser, y no pasa nada”, me explica la mujer, que cada dos por tres mira por la ventana y comprueba si el suelo está mojado o no. “Aquí acaba de llover fuerte seguro, está todo encharcado”, dice, observando el andén de San Adrià del Besos. Nos presentamos. Se llama Milagros. Tiene cuatro hijos, tres varones y una chica, la tercera, que vive en Lleida. El segundo y el pequeño viven en Tarragona y el mayor, en Canet. “Es el que viene a vernos cada día”, me explica, cubriéndose las piernas con la falda del vestido. Lleva un vestido sin mangas, de color azul con margaritas blancas, que deja al descubierto sus brazos flácidos y rosados. “Y pensar en el calor que hacía estos días en Lleida”, dice, mirando por la ventanilla, nostálgica. Vuelve a llover y el mar está movido. A la altura de Montgat, veo a una joven en una piscina que intenta aguantar el equilibrio subida a una tabla de surf mientras se deja arrastrar por una especie de telearrastre acuático. Masnou, Ocata .. Me sé las estaciones de memoria. “Tu hija no echa de menos el mar?”, le pregunto. “No. Nuestra casa está en el centro de Premiá de Mar, muy cerca del ayuntamiento, y ni si quiera vemos la playa. Yo me baño en la piscina”, me dice Milagros, orgullosa. “Aunque Lleida, la verdad, es muy feo. No parece una capital, es más como Mataró, o Badalona.. o incluso más fea”, opina. Llegamos a Premiá. Milagros se levanta y le ayudo a colgarse la bolsa en las espaldas. Es una mochila negra, estampada con el logo de AC&DC.

-“¿Se la has robado a alguno de tus hijos, no?”,

-“No, me la compré porque me gustaba”.

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