blue day

“El león se comió la croqueta, pero ella todavía no quería irse del zoo”. Ayer me fui a dormir poco después de colgar en Facebook esta frase tan absurda y leer un par de páginas de Purity, la nueva novela de Jonathan Franzen, que me llamaba desde todos los escaparates de las librerías de Londres. Para los que hace tiempo que no viajáis, la capital británica está que se sale. De la City a los barrios pijos llenos de multimillonarios árabes, pasando por los campos verdes de Blackheath o las calles llenas de peluquerías africanas de Peckham, el nuevo barrio hípster de la ciudad, al sud del Támesis, con sus fábricas y parkings abandonados reconvertidos en beer gardens, cines al aire libre o escenarios de conciertos de música clásica donde se mezcla gente de todas las edades, de abuelos progres a padres con hijos. No os la perdáis. La única pega es que no hace tan buen tiempo como aquí. “It’s raining cats and dogs”, me comenta un amigo inglés. Con la única intención de fastidiarle, he decido sacarme el pijama (eran pasadas las doce del mediodía) y salir a dar una vuelta por Vilassar para poder enviarle una foto del cielo azul que brillaba hoy aquí. La foto ha provocado la rabia deseada.

Vilassar sur mer in september
Vilassar sur mer in september

Aprovechando mi breve salida al mundo exterior, y a pesar de no haberme duchado, he decidido pasarme por el nuevo restaurante de comida natural macrobiótica que acaban de abrir  en una callecita del centro, muy cerca de la Iglesia. No es que sea muy fan de la comida orgánica, vegetariana y sin gluten (todo va junto), pero teniendo en cuenta que Vilassar es el imperio del Frankfurt , que alguien se atreva a abrir un restaurante como el Natural es novedad. La propietaria es una amiga de mis padres, Barbara, una argentina muy guapa con tres hijos a quien yo hacía de canguro de pequeña. Cuando me ha visto se ha puesto muy contenta: “Che, Andrea, cuanto tiempo!, y que linda estás!”, me ha dicho. ¿Cómo te va? Te casaste?”

“No, quizás por eso estoy más linda”, bromeo.

Barbara se ha reído, Me ha explicado que el local lo han decorado ella y su marido, decorador de barcos. Está pintado en tonos blancos, con una barra de bar de madera llena de cestas de frutas para hacer zumo y un pequeño patio trasero con cuatro mesitas. Me cuesta reconocer la cafetería que había aquí antes, donde yo había venido a merendar con mis amigas los domingos por la tarde, antes de ir a Nivell 2.  Mientras me tomaba un zumo de zanahoria con jengibre , ha entrado un hombre mayor muy elegante con americana de algodón de color beige y ha dicho que venía a comer. “Adelante”, ha dicho Barbara, con una sonrisa. El hombre ha mirado el menú y ha protestado porque sólo estaba en catalán. “No hay carta en castellano? A la gente mayor como yo nos cuesta leer en catalán”, ha dicho, medio serio. Mi cabeza ha imaginado que era votante de Ciutadans, una excepción para ser vecino de Vilassar de Mar, el pueblo de veraneo de Artur Mas. Los padres del president de la Generalitat y líder de Convergència tienen una casa antigua, de estilo indiano, muy cerca del CAP y donde vivo yo. De camino a casa me he fijado en las banderolas de Junts pel Sí que ondean en cada farola y he sentido compasión por Oriol Junqueras, el líder de ERC. Su rostro regordete parece como apretujado entre los cuatro cantos del cartel. En cambio, Mas y Romeva salen bastante bien.

El zumo de zanahoria me ha abierto el hambre. En línea con mi mente de raca catalana y mi creatividad culinaria, me he acordado de que en mi nevera quedaba un trozo de queso y un tomate, así que he parado en un pequeño colmado que hay cerca del Natural para comprar un aguacate y hacerme una ensalada. Un ex novio me dijo que tenían la mejor fruta y verdura fresca de Vilassar, pero que eran unos careros. A juzgar por lo que me han cobrado por un aguacate (1,51euros), he pensado que quizás tenía razón y no he comprado nada más. En la cola para pagar tenía una mujer de unos cuarenta años con el cabello largo teñido de rubio, con un cesto de color rosa con purpurina y alpargatas a juego. wpid-20150917_131903-1.jpgwpid-20150917_131837-1.jpgLa cajera, una mujer mayor con bata y el pelo corto teñido de naranja, una de las dueñas del colmado,  le ha preguntado por los niños. “Ya los tienes en el colegio?” La mujer joven le ha explicado que uno de ellos acababa de empezar la guarde y que el otro después tenía natación o yo que se más. Se enrollaban como persianas y yo en venganza he tomado una foto de su atuendo.

Antes de subir a casa he entrado a saludar a Joan, el frutero, que me deja robarle Aquarius  de Limón de la nevera cuando regreso de correr. Joan se compró mi libro este verano y un día lo sacó delante de un grupo de clientas  y dijo que se lo estaba leyendo. Desde entonces, le quiero. “¡Cuánto tiempo, escritora! Has estado fuera o muy ocupada?”

“Estuve unas semanas de viaje, por Irlanda e Inglaterra, precisamente por eso, porque no estoy muy ocupada”

“Bueno, es lo que tienes que hacer, viajar para buscar historias”

“Gracias, Joan, me haces sentir mejor”- le he respondido-.

“En la vida para tener éxito hay que hacer lo que a uno le gusta y, sobretodo, trabajar mucho y ser constante. Yo he trabajado muy duro toda mi vida, y hace cuatro años dije : ¡basta”. Y me monté esté pequeño negocio de fruta y verdura, con la ayuda de mi hermano. Quería una vida tranquila”

“Ser constante y trabajar duro”, he pensado por dentro. Le he explicado que ayer fui al Decathlon de Mataró con el curriculum en el bolso para pedir trabajo de vendedora, pero al final me rajé. “¿Pero que estoy haciendo?”, me dije, viendo que los vendedores a mi alrededor tenían todos menos de 25 años.  Joan se ha reído. “Lo mío eran las artes gráficas. Trabajé mucho tiempo en una imprenta, me lo pasaba bien, me saqué un título de escanista… Pero el sector se vino abajo y busqué un trabajo en la Seat. Me hicieron responsable de un turno, pero ya no es lo mismo. Una vez has dejado de trabajar en lo que te gusta, ya todo es igual. Llevo cuatro años con la tienda, estoy más tranquilo, no me quejo”, me comenta, con voz suave. Joan debe tener entre cincuenta y cinco y sesenta años, y se mantiene bien. Le pregunto si tiene lentejas y sale del mostrador para ayudarme a encontrarlas entre las latas de conservas, los botes de salsa de tomate y el pan Bimbo. “¿O las querías crudas?, me dice, señalando los boles de legumbres secos. Digo que no con un movimiento de cabeza. “Me estaría años averiguando cómo cocinarlas”.

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