¿Has venido para lavar a alguien?

En Sant Miquel del Cros están contentos. El próximo viernes empieza la Fiesta Mayor de este pequeño vecindario de bloques de protección social rodeado de polígonos industriales, en las afueras de Mataró, y un hombre subido a un andamio se afana en terminar de construir el entoldado cubierto de flores gigantes de color rojo donde tendrán lugar las actuaciones: batukada, fiesta de la espuma, disco móvil, espectáculo de flamenco… ¡El domingo habrá también una misa rociera y una butifarrada, pásate, mujer!”, me explica Paco Rico, un hombre bajito, de cabello oscuro y con marcado acento andaluz, al que le faltan la mitad de los dientes. Paco y su amigo Patricio, un jubilado extremeño de ojos azules y barba blanca, acaban de levantarse del bar y conversan animadamente bajo el sol mientras observan cómo avanza la construcción del entoldado.  Son amigos desde el año 1977, cuando ambos decidieron comprarse sobre plano un apartamento en este vecindario de pisos de protección social, acabado de construir. “Los pisos costaban 800.000 pesetas (4800 euros), dabas una entrada de 10.000 y podías pagarlos a plazos en 12 años”, recuerda Paco, que llegó de Jaen a Catalunya con 13 años. El aliento le huele a alcohol y las gafas le resbalan por la nariz. “Mis hijos hanwpid-20150923_131128.jpg nacido aquí, y mis nietos también. Somos catalanes de segunda”, dice, muy serio, mientras paseamos por las galerías que conectan los edificios. Le digo que no estoy de acuerdo, que no hay catalanes de segunda. “Es la verdad. Si fueran de primera se llamarían Font Soler, o algo así”, insiste. Su hija es la dueña del bar La Plaza, un pequeño local escondido en uno de los patios interiores que hay entre bloque y bloque. En los balcones hay ropa tendida y una mujer conversa con una vecina desde la ventana de la cocina. Paco saluda a su yerno, un hombre de espaldas anchas que está limpiando la máquina de café, y un joven en camiseta y mono de trabajo se come un bocadillo sentado en una mesa de plástico. “Vente un día a tomar algo y hablas con mi hija. Ella conoce a todo el mundo. El bar estará abierto por la fiesta mayor porque organizan un campeonato de petanca”, me comenta Paco, antes de irse a buscar a su nieta al colegio. Patricio sigue en la calle, apoyado a una farola, frente a una carnicería Halal especializada en cordero con un dependiente negro detrás del mostrador. Me acerco para despedirme de Patricio y me fijo que sobre nuestras cabezas ondea una banderola de propaganda electoral de “Junts pel Sí”. Le pregunto su opinión sobre el proceso independentista. “Pues no nos gusta nada, no”, me responde, encogiéndose de hombros. “Aquí somos todos de fuera”, añade, con voz triste.  De fondo se escucha el ruido del tráfico proveniente de la rotonda para entrar a Mataró.

El municipio de El Cros pertenece administrativamente a Argentona, pero está más cerca de la capital del Maresme y de los polígonos industriales de la zona. Justo en la entrada del vecindario, frente a una gasolinera de Repsol, hay un pequeño parque con un monumento en honor a Blas Infante, el llamado ‘padre de la patria andaluza”, rodeado de olivos con las hojas sucias de polvo. Cada olivo tiene delante una pequeña placa con el nombre de un municipio wpid-20150923_115440.jpgandaluz: Arjona (Jaén), Loja (Granada), Iznájar (Córdoba)…“Al principio la mayoría de los habitantes eran de origen andaluz, pero con los años ha ido llegando gente de todas partes, sobretodo marroquíes y senegaleses”, me explica Airy Sindreu, la dueña de la única farmacia del vecindario. Airy es una mujer alta y delgada, de unos sesenta años, con el porte de pertenecer a una familia pija de Barcelona. Lo confirmo cuando le digo que me apellido Rodés y que soy de Cabrera. Su hermana era una de las mejores amigas de mi tía y tenemos un montón de conocidos en común, me cuenta. “Abrí la farmacia en el 77, y no sabes lo que era esto: había familias enteras de gitanos viviendo en la riera y cada vez que llovía, el agua se llevaba las barracas por delante y se inundaba todo. Tampoco estaba la carretera que conectaba con Argentona (el pueblo está a 3,5 kilómetros de distancia), ni había colegio, ni dispensario médico, ni la gasolinera.., estábamos bastante aislados”, recuerda Airy. “La gente me decía, ¿tienes una farmacia en El Cros? Qué miedo, no? Pero la mala fama de este barrio es injusta. Vive gente de fuera con poco dinero, de acuerdo, pero son buena gente”, comenta la farmacéutica, muy seria. El local está vacío y Airy comenta que el impacto de la crisis en su negocio ha sido duro. “Entre los recortes y que muchos de mis clientes trabajaban en la construcción…”, dice. Aury comenta también el caso de bastantes inmigrantes que antes de la crisis había decidido regresar a Andalucía para comprarse un piso en su pueblo con sus ahorros, “pero que ha tenido que regresar porque allí no encuentran trabajo”, dice.

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Joaquim y María toman el sol junto al coelgio de primaria de El Cros, que tiene un centenar de alumnos.

En la planta baja de uno de los bloques de protección social hay una  ‘sucursal’ del ayuntamiento de Argentona, que ofrece servicios de integración social y laboral a los vecinos. “Nos enfocamos mucho a asesorar sobre temas de comunicación familiar y de diálogo filio-parental”, me informan las responsables de la oficina. El otro objetivo de la sucursal es supervisar la implementación del Pla de Barri, un proyecto de la Generalitat para reducir las deficiencias urbanísticas, aumentar la calidad de vida de los vecinos y fomentar la cohesión social en determinados barrios de Catalunya. El pla de Barri ha inundado algunas calles del Cros de obras y máquinas perforadoras, levantando una nube de polvo cada mañana. Todos los vecinos parecen contentos con las reformas, excepto Joaquim, un jubilado sin dientes y la espalda jorobada que toma el sol apoyado a la alambrada de la escuela primaria. “Han talado las moreras y nos han dejado sin verde y sin sombra. Harán una plaza de asfalto, y en verano hará mucho calor”, se queja, con acento catalán.  A su lado, María, una anciana vestida con bata de cuadros, asiente con la cabeza. Joaquim y María también forman parte del millar de vecinos que llegaron a El Cros en 1977. “Nos compramos el piso a la vez, y nos costó lo mismo: 800.000 pesetas (unos 4.800 euros). Hoy nos han dicho que lo podríamos vender por unos 48.000 euros, aunque el suyo vale un poco más porque tiene cuatro habitaciones”, me explica Joaquim, que es catalán y al mudarse aquí trabajaba de dependiente en un colmado de Cabrera de Mar. María, diez años mayor que él, es de un pueblo de Extremadura. “¿Has venido para lavar a alguien?” me pregunta, con aire ausente. Pongo cara de no entender nada. “Cree que eres como su hija, que es cuidadora de ancianos, y que has venido para ayudar a alguna persona mayor a bañarse”, me aclara Joaquim, sujetando con fuerza la correa de su perro, un mestizo de piernas delgadas y ojos asustadizos que dormita a sus pies. María decide abandonarnos e ir a sentarse a un banco en el otro lado de la plaza, a la sombra de un muro. Desde allí tiene una buena vista del castillo de Burriac y de los bosques de pinos que flanquean la autopista C-32.

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Joaquim y Félix, vecinos de El Cros

“Estos terrenos pertenecían a un antiguo alcalde de Argentona, Duran, que era un putero. Se gastaba todo el dinero en mujeres. Imagino que se vendió las tierras a una constructora para pagar las deudas”, balbucea Joaquim. Mientras conversamos, se acerca Félix, otro jubilado de ojos grises y tez blanca, que se pasea por el Cros con boina y bastón.  Félix es de Cuenca y llegó a Catalunya por primera vez con 23 años para trabajar de jornalero en Olot. De allí se marchó a Berga y más adelante acabó en Valencia, trabajando en una finca de naranjas. “Era el encargado de transportar la fruta en el carro”, recuerda el manchego, con voz pausada. Pero en Valencia le pagaban tan mal, que decidió volverse a Catalunya, con su mujer y sus cinco hijos a cuestas.   “Aquí me pagaban el doble, 18 pesetas al día”, me explica, haciendo referencia a su último empleo, en un vivero de plantas del Maresme. En el año 75, poco después de la muerte de Franco, un amigo le sopló que estaban construyendo unos pisos de protección social a la entrada de Mataró “que estaban muy bien”, y le convenció. “Pagué una entrada de 300.000 pesetas – todos mis ahorros – y después lo fui pagando a plazos, con la ayuda de mis hijos, que enseguida encontraron trabajo”, recuerda Felix, que ahora vive solo en el piso. Con cara de orgullo, me cuenta que dos de sus hijas entraron a trabajar en Abanderado, la conocida empresa de ropa interior, que entonces tenía la fábrica en Mataró. “Ahora la mayor parte de fábricas de la zona han cerrado”, se lamenta Joaquim, echando una mirada desoladora a las naves industriales que flanquean el Cros. “¿Y de qué vamos a trabajar en el futuro si todo lo hacen los ordenadores o las máquinas?”, concluye, antes de levantarse con la ayuda del bastón y despedirse con una sonrisa. “Me voy a preparar la comida”.

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