ya le diré a alguien que me invite a ostras

Nada más entrar en el bar del club, Tanit notó que todo el mundo se la quedaba mirando. “Seguro que es rusa”, oyó que un hombre calvo vestido con un polo fucsia le comentaba a su compañero de mesa. Habían terminado de comer y un camarero joven les rellenaba las copas con un licor rosado. Tanit les ignoró. Estaba acostumbrada a llamar la atención, con sus ojos verdes, su melena oscura y sus piernas largas, de tenista. Además, sabía que aquellas bermudas rosas que se había comprado de rebajas el día anterior en la sección de golf del Decathlon le hacían un buen culo.

-¿Viene sola? Querrá comer?- le preguntó el camarero, con labios temblorosos. Era un chico de mejillas sonrosadas y pestañas largas, y hacía aspecto de cansado. Tanit respondió que sí, y el chico le señaló una mesa redonda junto a los ventanales, desde donde podía ver a los jugadores practicando el approach.  Tanit dejó ir un suspiro. Su intención esa mañana había sido llegar al club temprano y pasar un buen rato tirando bolas antes de salir al campo, pero su plan se había arruinado al reconocer a lo lejos a Ricard, ese maldito entrenador de golf que había conocido en la sección de pescado congelado del Mercadona, cuando le robó frente a sus narices el último varitas pescadopaquete de Fishmongers. “Lo siento, pero es que básicamente me alimento de estas varitas de pescado”, le había dicho el entrenador con una sonrisa, dejándole claro que no iba a cederle el paquete de Fishmongers, por muy buena que estuviera. Tanit se había quedado embobada mirando sus pantalones de pinzas, que eran de color verde fosforito. ¿Qué clase de hombre llevaba unos pantalones de ese color?, pensó, alzando la vista para mirarle de nuevo a la cara. Él, que era más bajito que ella, seguía agarrado al paquete de pescado congelado y se reía, dejando entrever un diente superior mal colocado, que le daba un aire travieso.

– “Tranquilo, puedes quedarte con los fishmongers. Ya le diré a alguien que me invite a cenar ostras esta noche”, le vaciló Tanit, notando que estaba parpadeando demasiado, como hacía siempre que se ponía nerviosa.

-“¡Me encantan las ostras!”, exclamó él. Por las diminutas arrugas que se le formaron alrededor de sus ojos- unos ojos oscuros, con reflejos verdes- , Tanit calculó que debía estar rondando los cuarenta. Se presentó como Ricard y le explicó que era profesor de golf. Tanit le pidió la tarjeta. “Siempre he querido jugar”, mintió. Una lesión de rodilla le había obligado a retirarse del tenis y desde entonces solo hacía yoga de vez en cuando. Lo suyo era el tenis, el resto eran mandangas. “Por algo me llaman Kourni”, pensó, mientras daba un trago al vaso de Vichy que el camarero acaba de ponerle encima de la mesa. Por el ventanal entraba una luz agradable del mediodía y Tanit se fijo en una pareja de ancianos con visera practicaban el putt, muy concentrados. “Pasarse el día caminando detrás de una pelotita… ¿no es un juego absurdo?”, le había comentado una amiga al enterarse de que había empezado las clases de golf.

Lo cierto es que Tanit se había apuntado a golf con la excusa de volver a ver a Ricard, pero como él se encargaba de los alumnos profesionales, a ella le asignaron un profesor más veterano, Pierre Dufloo, un francés afincado en la Costa Brava, especializado en dar clase a las mamás pijas de Barcelona y el Empordà. Cuando vio que Tanit estaba separada y que podía hacer bromas de sexo sin que se ofendiera, se hicieron amigos. Pierre le explicaba anécdotas de su infancia en Grenoble, de sus amantes en los torneos de Escocia, y de cómo odiaba el golf de pequeño.  Sus padres eran unos forofos de ese deporte y al ser hijo único, “no me quedó otro gggemedio que salir a jugar con ellos, voilà”, le explicaba Pierre con su acento francés mientras ella intentaba practicar el swing con el brazo derecho sujeto con un cinturón de velcro. Pierre llevaba siempre consigo una bolsa de lona con todo tipo de arneses, cinturones y artefactos de tela que servían para corregir los movimientos del jugador a la hora de hacer el swing . “Ahora te voy a tener que castigar”, decía Pierre con una sonrisa pícara, atándole uno de esos arneses, que a Tanit le parecían a medio camino entre una camisa de fuerza de un psquiátrico y un accesorio de sadomaso. Por la mente de Tanit pasaban todo tipo de fantasías cuando tiraba bolas, especialmente si notaba la presencia de Ricard por allí cerca. De vez en cuando se saludaban y hacían bromas sobre cuantos fishmongers habían comido esa semana, pero desde aquel encuentro en el Mercadona, hacía cinco meses, no había ocurrido nada más.

Una noche, aburrida en una cena con amigas que no paraban de hablar de niños y pañales, Tanit no pudo aguantarse más y le escribió un whatsapp: “ ¿podríamos dejarnos de ser fishmonguers  e ir a cenar ostras de una vez?” . Ricard leyó el mensaje, pero no respondió. Media botella de vino y dos gintonics más tarde, Tanit añadió:  “Lástima, se me habían ocurrido varias cosas divertidas con pelotitas que podríamos hacer después de las ostras. Es lo que tiene que nos veamos siempre rodeados de palos y bolas…”.  

A la mañana siguiente, Ricard le había respondido simplemente con el emoticono que se pone las manos en las mejillas y pone cara de sorpresa.  Tanit sintió un nudo en el estómago, en parte por la resaca, y en parte por tomar consciencia de haber hecho el pena. Eran las siete de la mañana. Se preparó un café y abrió el ordenador con la esperanza de que algún amigo ya estuviera conectado, y se alegró de encontrar a su amigo Fran, que trabajaba de chef en un conocido restaurante español de Tokio.

¿Qué tal, Kourni? Cómo vas? – se avanzó Fran al ver que su amiga aparecía con luz verde- Me mola hablar contigo, me sube la moral, eres la única persona con una vida amorosa más desastrosa que la mía.

Ja, ja… consuelo de listos. ¿Cómo va con tu amante de Sapporo?– tecleó Tanit, despacio.

Me dejó colgado dos semanas atrás y me llevé a casa a una que pesaba 27 kilos … vestida.

Te follaste a una hoja.

Sí, tuve que ser delicado por una vez. Que aburrimiento… La otra opción era llevarme a un mulato.

–Le diste un tupper de comida de los tuyos, al menos.  

–Se fue bien servida de chorizo español, JUAS JUAS JUAS. Perdona, es que me sale el barrio, a veces.

–ha, ha …  humor paleto.

–Toda mi felicidad llegará ahora a partir de la cocina y el porno japonés

Yo esta noche le he dicho al golfista que tenía una fantasía con unas pelotas de golf.

Ha, ha. Y le has dado con el Driver a tu dignidad y la has enviado al bunker.

Tanit aún se reía sola al recordar el chat con su amigo Fran cuando el camarero apareció con la crema de zanahoria y jengibre.

-¿Con el roastbeef querrá patatas fritas o ensalada? – le preguntó, mirándola con su ojos risueños.

–Patatas fritas, por favor– respondió ella. Con aire de víctima, el chico anotó el pedido en el bloc y dio media vuelta para regresar a la cocina, abriéndose paso entre las mesas. El hombre calvo y sus amigos estaban de pie, con la copa de licor rosado en la mano, y antes de salir a la terraza para fumarse un puro la miraron de reojo.

“Buen provecho”, le dijo uno de ellos, brindando en el aire con su copa. Tanit le retornó el saludo, alzando su vaso de Vichy catalan, y después bajó la mirada hacia su plato de sopa.  Le dio vergüenza pensar que igual eran amigos de Ricard, a quien no había vuelto a ver desde el mensaje hasta esa mañana, en el campo de prácticas. A pesar de que él no podía verla, porque estaba de espaldas a ella, Tanit notó como su cuerpo se tensaba y su brazo se había puesto a temblar. “Coloca el palo en el suelo, separa los pies, alinea los hombros.. Uno, dos, tres…”, zas! pero todas las bolas salían rodando a ras de suelo o disparadas hacia la derecha. ‘Joder, joder!”, había exclamado, lanzando el hierro al suelo tras el quinto intento frustrado de levantar la bola. Dio unos pasos arriba y abajo,  intentando respirar fondo para relajarse. Se había puesto roja como un tomate. Volvió a intentarlo, sin éxito. “Ridículo”, pensó por dentro, guardando los palos en la bolsa. Hoy lo mejor sería pasar al campo directamente. “Pierre, te espero en la salida del Hoyo uno con una bolsa de cacahuetes”.

One thought on “ya le diré a alguien que me invite a ostras

  1. dufloop October 12, 2015 / 1:36 pm

    ok, nos vemos na saida do Hoyo Uno, mas nao quero amendoim obrigado.

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