calcetines por 20 dinares

Esta mañana he cometido el error de salir a la calle sin guantes. La temperatura en Zrenjanin cae en picado cuando se pone el sol y a las nueve de la mañana los termómetros rondan todavía los cero grados. Con el estómago vacío y las manos temblando de frío, he sacado dinero de un cajero automático y he empezado a caminar por la calle Prodavnica en busca de una cafetería donde desayunar. Prodavnica no tiene nada de especial, excepto por las puertas de madera de estilo neoclásico que aún conservan algunas casas antiguas y del penetrante olor a carbón de las estufas que envuelve gran parte de la ciudad hasta el mediodía. Al pasar por delante de una tienda de medias y calcetines he visto reflejada mi nariz roja en los cristales empañados del escaparate y me he amorrado al cristal. La tienda estaba image

oscura, y lo único que he podido ver ha sido una hilera de pies de maniquí enfundados en calcetines y medias de colores estridentes y pasados de moda fabricados en Udarnik, una de las empresas textiles más antiguas de Zrenjanin ( fue fundada en 1898). La empresa quebró en el año 2009 y desde entonces no ha aparecido ningún inversor dispuesto a reflotar las viejas instalaciones, que ocupan cerca de 5000 metros cuadrados en el centro de la ciudad. Como última alternativa, Udarnik ha optado por intentar vender todo su inventario a través de sus dos tiendas en la ciudad. “¡Es divertido. Puedes encontrar modelos anticuados o que ya no existen en el mercado por 20 dinares (unos 15 céntimos de euro)!”, me explica Milan, mi anfitrión, dueño de un negocio de informática.

Hace dos años, los medios serbios informaron que una empresa de Estambul, fabricante de equipos para el ejército turco, tenía intención de adquirir la vieja fábrica de Udarnik y relanzar la producción de calcetines, pero el proyecto no parece haber prosperado. “Los inversores extranjeros tienen más facilidades para invertir en proyectos fuera del centro de la ciudad, cuando podrían aprovechar las instalaciones existentes. Es una pena. El centro de la ciudad se está muriendo”, lamenta mi amigo serbio.   Esta semana, la compañía de construcción israelí Aviv Arlon acaba de inaugurar su segundo macro-complejo comercial en Serbia, en las afueras de Zrenjanin.

Muchos habitantes de esta ciudad  creen que la industria textil llegó a Zrenjanin de la mano de los emigrantes españoles, principalmente catalanes, que llegaron a esta región cuando pertenecía al imperio Austrohúngaro. “Fueron ellos los que plantaron moreras por todas partes para producir seda”, dice Milan, convencido.  La industria pionera de Zrenjanin, sin embargo, fue la fábrica de cerveza fundada por un emigrado alemán en 1745, y que todavía hoy sigue en pie. Bajo el gobierno yugoslavo pasó a llamarse Zrenjanin Beer Industry (ZIP) y la cerveza llegó a ser muy popular, pero tras la caída del comunismo y de las guerras de los Balcanes, la compañía quebró. Milan está desolado, porque cree que la vieja fábrica, a orillas del río Becej, tiene muchas posibilidades de negocio, pero ningún inversor ha apostado por ello. Hoy en día, lo único que sigue en funcionamiento es el bier garten anexo a la fábrica, un salón enorme de mesas y sillas de madera de estilo alpino, casi siempre vacío, que atiende un camarero alto y completamente calvo, vestido con un delantal blanco.  “Para que un inversor se anime a invertir en una cervecera, las autoridades deberían arreglar primero el problema del agua potable”, comenta Tatjana, la esposa de Milan. En Zrenjanin el agua del grifo sale de color marrón amarillento debido a los altos niveles de arsénico, lo que obliga a los habitantes a usar agua embotellada incluso para cocinar.

“Primero el comunismo, después las guerras, el aislamiento político…la situación en Zrenjanin es deprimente. Mira a la gente en la calle, nadie sonríe”, me explica Darninka, una mujer de unos cincuenta años que se ha empeñado en hablar conmigo en el supermercado. Darinka, o Dara, como prefiere que la llame, es una mujer obesa, con los pechos caídos hasta la cintura y una boca sin la mitad de los dientes. Me aconseja que compre plátanos, que estan buenísimos y  bien de precio. La oferta de fruta es escasa: plátanos, mandarinas, pomelos, peras, manzanas y unas naranjas reblandecidas que dejan mucho que desear. Enfundada en su abrigo marrón con efecto plastificado, Dara sigue quejándose en un inglés rudimentario que aprendió en la escuela: “¿Antes esto era una ciudad industrial. Y,  ahora, qué nos queda? todo va a peor. No hay trabajo, y si no hay trabajo, ya sabes qué pasa: los hombres se tiran a la bebida,” me espeta. Dara no trabaja, vive con su madre y se encarga de cuidar de ella. “Los jóvenes se tienen que ir a trabajar fuera. Pero en Alemania,y en Austria, y en Holanda, dicen que los serbios trabajamos mal, que somos gandules, y no es verdad”, concluye, después de estar muy concentrada varios segundos para encontrar las palabras adecuadas. En la calle, una pegatina enganchada en una farola llama a ir en contra de la adhesión a la UE. “Hay serbios más pro-europeos y otros más pro-rusos”, comenta Milan. Él cree que es más conveniente apostar por Europa  que por Moscú, aunque no está demasiado de acuerdo con la politica actual. El dueño del London Bar, un local de copas en el centro histórico de Zrenjanin, piensa de otro modo. “El jefe lo daría todo por Rusia”, me confiesa el camarero, un adolescente de tez oscura y brazos musculados, cuando le pregunto por la enorme fotografía de Putin colocada encima de la barra, entre pinturas de las calles de Londres. Al lado de Putin, una fotografía de la atleta serbia Ivana Spanovic, campeona mundial en salto de longitud. “Es la atleta mas famosa de Serbia”, me explica el camarero antes de dar media vuelta. Y mientras, en la pantalla de televisión colgada en pared, el tenista Djokovic se juega el primer partido en el masters 1000 de PArís.

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bar pro-ruso en Zrenjanin

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London Bar, otro bar pro-ruso en Zrenjanin

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