noches de carbón

Dicen que la vida da muchas vueltas, pero en la mayoría de ocasiones las vueltas las provoca uno mismo. Esta tarde he aterrizado en Timisoara, una ciudad rumana, cercana a la frontera con Serbia, con la intención de pasarme un mes y medio escribiendo sobre un tema en concreto y explorando esta región de llanuras pantanosas conocida históricamente como el Banato. El cielo estaba de un color rojizo y los campos de maíz de los alrededores del aeropuerto estaban cubiertos de bruma. “Cuando oscurece, la niebla y el humo del carbón se apoderan del ambiente”, me han explicado Milan y Tatjana, un joven matrimonio serbio que me ha venido a buscar al aeropuerto, y que serán mis anfitriones durante las próximas semanas. Milan y Tatjana-Tanja- son de Zrenjanin, la ciudad donde me instalaré hasta navidad, que está a una hora y media de coche de Timisoara por una carretera secundaria y mal iluminada que atraviesa aldeas sin un alma en la calle. “Es la hora de las telenovelas latinoamericanas, todas las familias de Rumanía y Serbia están pegadas a la tele”, bromea Tanja, ofreciéndome una chocolatina.  Milan sonríe, sin apartar la mirada de la carretera oscura, por la que de vez en cuando se cruza un tractor. Conduce despacio, procurando no cargarse los bajos de su Mercedes Benz nuevo de trinca en uno de los socavones de la carretera. “No parece que estemos en la Unión Europea, verdad?”, dice, riendo. Su mujer sigue las instrucciones del navegador del móvil y le va dando órdenes: “derecha, derecha.. todo recto….ups..”.  El terreno es completamente llano pero la carretera hace giros de 90 grados y no entendemos por qué. “Para nosotros también es una aventura”, me dice Tanja, descruzando las piernas. Tiene 33 años, los ojos azules ligeramente rasgados y lleva el pelo oscuro recogido en una cola de caballo. Antes de llegar al paso fronterizo, su madre la llama por teléfono para explicarle que ya ha ido a buscar a sus hijas al colegio y que se quedaran a dormir en su casa. Tanja y Milan tienen dos niñas, de 13 y 7 años, y regentan juntos un negocio de reparación de ordenadores en Zrenjanin. “El negocio va bien, por suerte, pero hay que trabajar mucho”, me explica Milan antes de llegar al paso fronterizo, donde un policía rumano se asoma despacio por la ventanilla para pedirnos  los pasaportes. Somos el único vehículo estacionado en la frontera, una simple valla metálica con una bandera rumana y otra de la U.E marchitas en la cima de un mástil.  Un poco más adelante está la caserna serbia y  un cartel que da la bienvenida al país escrito en letras cirílicas. El agente serbio nos despacha enseguida. “Estaran a punto de cerrar”, comenta Milan, pasándose la mano por la cabeza, completamente calva. Milan luce un pendiente en la oreja y tiene un rostro de facciones duras, pero cuando habla sus ojos oscuros se iluminan como los de un  niño. “¡Bienvenida a Serbia!”, exclama, con una sonrisa, al llegar al primer municipio de su país. Dejamos atrás una iglesia iluminada y un grupo de adolescentes en chándal cargados con las mochilas del cole. La sensación es de haber llegado a un lugar más moderno y con más vida que las aldeas rumanas que acabamos de dejar atrás.   “Quizás porque en Serbia es una hora menos”, opina Milan. Mientras conducimos hasta Zrenjanin, hablamos de la ridiculez que nos ha parecido tener que pasar por un control de pasaportes en pleno siglo XXI, ‘cuando a través de las tecnologías y de los gadgets a los que nos conectamos, los gobiernos pueden saberlo todo de nosotros”, añade. Milan es experto en informática. Empezó el negocio hace veinte años, revendiendo ordenadores que compraba en Belgrado en el mercado negro, y poco a poco fue levantando su propia empresa, en la que trabajan otras siete personas. “Hace veinte años los ordenadores eran algo excepcional, ahora ya no. Hay más competencia, más regulaciones… el negocio es más complicado”, se lamenta. En Zrenjanin la mayoría de empresas tradicionales,

Pivinica Zrenjanin
Pivinica Zrenjanin – la antigua cervecera de Zrenjanin

desde la fábrica de cerveza local o la planta de producción de medias y calcetines, llevan años en bancarrota. “Fue culpa del comunismo, y ahora con la globalización no sé si mejora”, se lamenta, mientras paseamos por la orilla del río en dirección a la antigua fábrica de cerveza, convertida hoy en una especie de biergarten. Un grabado en la pared indica que la fábrica fue fundada en 1745, pero hoy la única cerveza que sirven aquí es Stella. Fuera, el olor a carbón es tan fuerte que se impregna hasta en la ropa. “En casa tenemos calefacción de gas natural, pero es un lujo que no todos pueden permitirse” , me explica Tcon cara de frío, mientras se pone unos guantes de piel muy finos.”Son los que utilizo para conduci, soy muy friolera”, dice. Tanto ella como su marido hablan un inglés fluido y no han ido nunca a Estados Unidos o Reino Unido.  “Es lo bueno de vivir en un país donde no puedes ver pelis dobladas en televisión”, me explica Tanja. “Además, hay otra cosa buena en Serbia, y es que aquí todavía no han censurado PopCorn Time. Es un reducto de libertad. Alguna ventaja tendrá estar fuera de la UE”, concluye Milan.

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