Columpios rompe-barbillas

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columpios en el parque Pankov de Zrenjanin

Una de las ventajas de que Serbia no forme parte de la Unión Europea es que todavía puede escaparse del exceso de prohibiciones y normativas que rigen en los otros países, algo así como un último reducto de libertad: aquí las tiendas hacen el horario que les da la gana, todavía no han censurado PopCorn Time, se puede fumar dentro de los bares y restaurantes y no es obligatorio llevar sillitas de bebé o ponerse el cinturón de atrás en el coche. “El de delante sí lo es, pero si la policía te ve sin él no te dirá nada. Yo me lo pongo porque de otro modo se enciende la alarma de aviso y no deja de pitar”, me explicó Milan, mi anfitrión serbio, durante nuestro trayecto desde el aeropuerto de Timisoara, en Rumanía, hasta Zrenjanin. Milan, dueño de un negocio de reparación de ordenadores, lleva un sedan Mercedes  Benz nuevo de trinca, pero por Zrenjanin circulan todavía bastantes automóviles de la exYugoslavia, como el Yugo o el Strojanin , desprovistos de alarmas y equipamiento electrónico de todo tipo.  El motor de un Yugo hace un rugido peculiar en el momento de arrancar, pero después llega a alcanzar bastante velocidad. En Serbia tampoco ha llegado la obsesión por hacer parques infantiles hiperseguros para que los niños no puedan romperse la barbilla. En el parque Plankov, el más antiguo de la ciudad, unos columpios de hierro pintados de colores y con pinta de oxidados emergen de la alfombra de hojas rojas que recubre el suelo. Detrás de los columpios se alza una pequeña glorieta blanca con unas inscripciones en cirílico. Es un

monumento a los caídos del Ejército rojo durante la Segunda Guerra Mundial. Indiferentes a la mujer con pinta de extranjera intentándose hacer un selfie en un columpio, dos chicas cruzan el parque en dirección al instituto, donde otros compañeros esperan en el porche para entrar a clase. A media mañana ha salido el sol y el cielo está de un color azul intenso, sin ninguna nube. De vez en cuando una hoja cae de un árbol y se balancea en el aire, despacio,  antes de llegar al suelo. No sopla una gota de viento e incluso los mendigos que hacen cola frente al edificio de la Cruz Roja

intento de selfserbie fallido
intento de selfserbie fallido

parecen envueltos en la tranquilidad otoñal. La mayoría llevan anoraks y botas desgastadas y acarrean bolsas de plástico para poder llenarlas de comida.

A la salida del parque por la calle Zmaj Jovina (el nombre de un conocido poeta serbio del siglo pasado) , empieza un barrio residencial de casas bajas de ladrillo y aceras en mal estado. Los abuelos pasean en bicicletas oxidadas y pedalean despacio, procurando no caerse en los baches, y los niños con carteras de colores colgadas en la espalda caminan de dos en dos en dirección a la escuela, bordeando el antiguo matadero de la ciudad. Hoy este bonito edificio de estilo Art Noveau, coronado por un torreón blanco que se alza sobre el río Becej, está semi-abandonado, a excepción de la guardería que ocupa un espacio trasero. Zrenjanin es un seguido de fábricas y edificios en estado ruinoso que desvelan el esplendor de su pasado industrial, y que tras la caída del comunismo no ha sabido recuperar.

“La ciudad llegó incluso a tener un puente diseñado por el mismo arquitecto que el de la torre Eiffel”, recuerda Tatjana, la mujer de Milan, mostrándome los pilones decorativos que han colocado hace unas semanas en el paseo junto al río  Becej.  Cada pivote tiene encima una pieza de acero perteneciente a lo que fue el ‘puente Eiffel’, un puente de acero que la ciudad mandó construir en 1903 al estudio de Gustave Eiffel, en París. Estas piezas, recuperadas hace unos meses, fueron las pocas que se salvaron después de que el gobierno comunista ordenase su destrucción.  “Y entonces los comunistas construyeron este puente de cemento tan bonito”, bromea Milan, señalando el puente que cruza el Becej y desemboca en la plaza de la República, en el centro histórico de la ciudad. En la plaza de la República se concentran dos de los edificios más feos de Zrenjanin: las oficinas del banco Vojvođanska banka, una especie de estructura triangular acristalada que recuerda a la forma de un naviero, y el bloque de cemento que alberga la central de la constructora GIK Banat, fundada en 1947. GIK Banat fue una compañía importante durante la exYugoslavia y de hecho está detrás de la mayor parte de los edificios de Zrenjanin, incluido el del banco, diversas fábricas y el polémico nuevo hospital de la ciudad, un mastodóntico bloque de color azul turquesa enmarcado por tuberías de acero, en las afueras de Zrenjanin. “Estuvo cerrado muchos años, porque se quedaron sin dinero para poner en marcha el hospital”, me explica Tatjana. Actualmente, el hospital ya funciona, aunque no todas las plantas están en uso.

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Unos Robna kuća, (grandes almacenes ) abandonados en el centro de Zrenjanin

A media mañana, los empleados de GIK Banat suelen salir a fumar un cigarrillo a la plaza, aprovechando el sol de otoño. En Serbia fuman mucho, y en todas partes. En la calle, en casa, en los restaurantes y bares, incluso en la pequeña cafetería que han abierto en el centro, con un escaparate lleno de tartas y helados. Tentada por el dulce, he entrado a desayunar. El interior parecía un submarino. Sólo había dos mesas ocupadas, pero todos fumaban y bebían café, mujeres, hombres, viejos. Al verme entrar, el camarero, un treintañero corpulento de tez oscura y ojos rasgados, vestido con camisa y pantalones vaqueros, se ha levantado enseguida de la mesa  en la que estaba él también tomando café con un amigo. Le he pedido un espresso  y me he quedado mirando los pasteles: Snikers torta, chees cake torta, svarlvald torta (ésta última de un intenso color rosa chicle). Una anciana de nariz grande y muelas de plata ha entrado por la puerta fumando un cigarrillo apestoso y  me ha empezado a hablar en serbio. Iba abrigada con una chaqueta de piel negra, medias tupidas azul marino y llevaba el cabello cubierto con un pañuelo a cuadros, y por sus gestos he intuido que me pedía dinero. Me he encogido de hombros y ella se ha sentado en una mesa y ha bromeado con el camarero. Después se ha girado para decirme algo otra vez y al ver que no la entendía, me ha preguntado, en inglés, de dónde era. “ De Barcelona”, he respondido. “Es gitana, ya sabes, la veras cada día deambulando por la calle principal. Nosotros la dejamos entrar para que se siente un rato”, me comenta el dueño de la cafetería, un chico joven, con gafas y mejillas sonrosadas por el frío, que acaba de entrar por la puerta. La cafetería se llama Simon y la han inaugurado hace poco. Justo enfrente, el antiguo edificio neoclásico que un día albergó unos grandes almacenes amenaza con derrumbarse pronto.

En una de las calles adoquinadas que rodean la avenida principal de Zrenjanin, la calle Alejandro I el Unificador, está la calle del Gymnasium, el instituto de secundaria de Zrenjanin. Por la ventana abierta puedo ver una pizarra llena de fórmulas químicas y una maestra de cabello blanco revisando papeles en su mesa, frente a una hilera de pupitres vacíos. Es la hora de la pausa y los estudiantes han salido a la calle a fumar o a comprar un tentempié.  Un adolescente con la cara llena de granos me ayuda a elegir una pasta en una panadería cercana: hay burekas de queso, hojaldres de frutas, croissants apelmazados y una especie bollos rellenos de salchicha de Frankfurt. Me decanto por un Strudel de cerezas, que voy mordisqueando mientras me alejo del centro, a pesar de que está muy malo.

Las afueras de Zrenjanin lo forman un conjunto ordenado de casas con un pequeño jardín delantero con frutales y rosas y árboles que en esta época pierden las hojas y cubren los socavones en el asfalto con una alfombra roja. De vez en cuando aparecen caserones antiguos abandonados con las paredes cubiertas de grafitis y casas a medio construir, con el ladrillo a la vista. Un hombre alto y con barba blanca cruza el puente sobre el canal del Becej y se detiene en

caserón de principios del siglo XX abandonado en Zrenjanin
caserón de principios del siglo XX abandonado en Zrenjanin

medio para encenderse un cigarrillo. Da una calada despacio, con la mirada suspendida en los silos de trigo de una fábrica cercana, muy cerca del nuevo hospital. Los silos pertenecen a la planta de Zito Produkt, una de las pocas empresas de la ciudad que sobreviven.  Zito Produkt fue fundada en 1856 como una empresa de producción de harina y en la actualidad es un destacado fabricante de bollería y pasta de hojaldre para el mercado europeo. En el arcén, frente a la puerta de entrada y una vía de tren abandonada, están aparcados los coches de los trabajadores, entre ellos varios Yugos.  Una locomotora vieja y oxidada se interpone entre la fábrica y el recinto militar protegido con alambradas que un soldado joven vigila desde una caserna. Detrás de la alambrada se extiende una hilera de casetas de madera y un descampado con camiones y lanchas viejas del ejército serbio. “No tengo ni idea de lo que hacen aquí, sólo sé que es del ejército”, me comenta Victoria, una joven de melena pelirroja y ojos azules, que regresa a casa en bicicleta junto a un compañero de clase. Victoria tiene 20 años y estudia programación en una escuela de formación superior de Zrenjanin. Su inglés es fluido, con un ligero acento americano, y me promete que el sábado dará una vuelta conmigo para enseñarme su ciudad.

lanchas del ejército serbio bastante estropeadas en zrenjanin
lanchas del ejército serbio bastante estropeadas en zrenjanin

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