“En Siria, bum bum, en Afganistán, bum bum”

Esta mañana he alquilado un coche para desplazarme hasta Šid, una pequeña ciudad agrícola serbia al sur del Danubio, fronteriza con Croacia. Desde el martes pasado, la estación de Šid se ha convertido en el principal punto de partida para los miles de refugiados sirios y de otros países de Oriente Medio que llegan a diario a los Balcanes con el fin de alcanzar su destino en la Unión Europea. El problema es tan grave que, mientras Bruselas discute todavía qué hacer con ellos, dos países como Serbia y Croacia, enfrentados hace poco más de veinte años por una guerra, se ponen de acuerdo para ayudarles.

De Zrenjanin a Šid hay 130 kilómetros y diversas rutas posibles. La que el GPS ha elegido por mi, teóricamente la más rápida, implicaba viajar por una carretera de un solo carril que a primera hora de la mañana estaba llena de tractores y cubierta por una espesa niebla, un fenómeno típico del invierno en Vojvodina. Esta región del norte de Serbia es conocida por sus planicies de tierra oscura y fértil, bañada por grandes ríos, como el Danubio y el Tisa, que me he enterado de que lo cruzaba por un cartel al principio del puente, ya que por la ventanilla no se veía ni gorda. Por suerte, los serbios conducen bien y no he pasado mucho miedo, excepto a estrellarme contra algún remolque cargado de repollos en el arcén. Una vez pasada Novi Sad, la capital de Vojvodina, la carretera estatal número 12 se convierte en una especie de ginkana por ver quien vende más coles redondas. Los habitantes de Futog, una aldea de casas destartaladas y huertos de tierra negra que da las espaldas al Danubio, se llevan la palma. “Futoski kupus”,

niebla y repollo, parte de la identidad serbia
niebla y repollo, parte de la identidad serbia

informaban con orgullo los carteles colocados sobre los remolques a rebosar de repollos de ese pueblo. De vez en cuando aparecía en medio de la carretera un repollo aplastado o un animal atropellado, y era importante esquivarlo. En los campos, he visto a un grupo de hombres subidos a un tractor lanzándose repollos entre ellos.

Según el GPS, la ruta que he elegido para llegar a Šid era la más rápida, pero implicaba pasar dos veces por el control de fronteras. La carretera se desvía hacia el sur para cruzar el Danubio y justo ese tramo que rodea este río de aguas mansas pertenece a Croacia. Y entonces, nada más cruzar la frontera, como por arte de magia, ha salido el sol. Como si entrar en la Unión Europea fuese la panacea”, he pensado, consciente de que era una tontería. Contemplando por la ventanilla las colinas sembradas de trigo y viñedos de hojas rojizas, me he dado cuenta de los miles de refugiados atrapados en Serbia que sí sueñan en Europa como la panacea.

Para llegar a la estación de Šid he tenido que aparcar el coche en un descampado. El acceso a la estación está cerrado al público desde el martes, cuando empezaron a llegar los autocares de refugiados. A las doce del mediodía había una decena de autocares cargados de refugiados esperando a subir en el segundo tren del día. El tren les lleva directamente al centro de registro y acogida de Slavonski Brod, en Croacia, a unos 100 kilómetros de Sid, y de allí serán redirigidos a otros países de acogida. La niebla se ha dispersado y bajo el sol de noviembre la temperatura es agradable, pero los refugiados deben permanecer dentro de los autocares hasta que les avisen. Algunos tienen el rostro adormilado, otros escuchan música, otros sonríen y me saludan por la ventanilla. Llega el momento de subir al tren y los voluntarios de ACNUR (Comité de Naciones Unidas para los Refugiados) y un grupo de policías serbios se encargan de hacerlos bajar en grupos, para evitar aglomeraciones en las vías. En cada tren – es el mismo, que va viene de Croacia a lo largo del día – caben alrededor de 1100 refugiados, me comenta una voluntaria de una ong local abrigada con un polar azul marino y un sombrero de lana blanco, que se encarga de contar los refugiados que suben al tren en una libreta.  El protocolo oficial es que cada día salgan seis trenes cargados de refugiados, pero reconoce que en la práctica solo podrán salir cuatro. Entre cuatro mil y cinco mil refugiados al día. “¿Hasta cuándo?”, pregunto. “ Ya se verá”, me responde.tren 1

Del autocar salen familias enteras que se buscan con la mirada, grupos de amigos, mujeres envueltas en mantas con bebé en brazos, padres que arrastran una maleta en una mano y a su hijo pequeño en la otra.. “Go, Go”, ordena el policía serbio en inglés para que se den prisa. Es un hombretón con una melena larga y de mirada afable, y los refugiados le sonríen. “Thank you serbian police, thank you”, le espeta un joven de tez oscura y una gorra de biesbol con el logo de Ferrari, alzando el pulgar. Me explica que se llama Mohamed y que es de Raqqa, una ciudad del oeste de Siria. Viaja con sus padres y sus tres hermanos. Primero cogieron un bus  hasta el puerto de Izmir, en Turquía, de allí en barco hasta Grecia, y después en tren hasta los Balcanes.  Ayer durmieron en un campo en Belgrado.

“Nuestro destino es  an-Nimsa, donde tenemos familia”, me dice.

“¿Dónde?”.

“An-Nimsa!, no conoces? después de este tren, a Croacia, y de allí a an-Nimsa”.

Me encojo de ombros.

“An-Nimsa, al lado de Alemania” – dice Ahmed, un amigo suyo, que se acerca a hablar con nosotros.

“¿Holanda? – pregunto. Dice que no. “¿Austria?

-Sí, Austria! – exclama Ahmed. Bajo su gorro de lana asoman unos auriculares conectados a un móvil. Saca el paquete de  Winston y me ofrece un cigarrillo. Mientras fumamos, me explican que en el autocar han hecho amigos de todas partes, sobretodo de Afganistan. “Para todos es lo mismo: en Siria, bum bum. En Afganistán, bum bum. No nos podemos quedar”, dice Ahmed, dando una calada a su cigarrillo.

El policía del cabello largo bromea con un niño pequeño y sonríe cuando un refugiado afgano de grandes ojos azules  le dice  “thank you! Serbia, good country”. Detrás suyo, una niña siria con un chador, bambas rosas y  una image

mochila enorme a la espalda se detiene unos segundos para poder reorganizar su cargamento: la manta, la bolsa de plástico, los biberones… “Dara, Dara!”, grita de pronto, levantando la vista. Y una niña pequeña de cabellos rizados y sonrisa traviesa asoma la cabeza entre la cola de gente y acude corriendo hacia ella. Saliendo del autocar, una mujer siria intenta controlar a sus hijos, que han salido disparados riendo a carcajadas, cada uno sujetando un ejemplar de  Egbert wird rot, (Egbert se pone rojo) un conocido libro infantil en alemán.

Mientras los diez vagones se acaban de llenar, los refugiados saludan por la ventanilla. Muchos fuman, otros se asoman para pedir botellas de agua o galletas energéticas a los voluntarios de ACNUR, que llevan las manos enfundadas en guantes de látex.  “Go, go”, sigue ordenando el policía serbio. Al oír al agente, un refugiado que llevaba en brazos a una mujer con el tobillo enyesado acelera el paso y por poco tropieza en el andén. Otro policía acude  a socorrerle y ayuda a subir a su mujer al vagón. Por detrás, otro refugiado acarrea un caminador. Son los últimos en subir al tren, pero siguen habiendo otros siete autocares llenos de gente en la estación.

Tras casi dos horas de espera, algunos refugiados salen del autocar para tomar el aire o comprarse una bolsa de patatas. Hay mujeres y niños, pero la gran mayoría son hombres, jóvenes, entre veinte y 50 años. “Hace doce días que salí de Afganistán. Primero crucé a Irán, después fui en autocar hasta Turquía, y de allí a pie hasta la frontera de Bulgaria con Serbia. Ayer me llevaron a un campo en Belgrado y ahora espero llegar pronto Alemania”, me explica Faisal, un afgano de ojos tristes y dientes separados desde la ventanilla del autocar. Faisal ha viajado con tres amigos, huyendo de un país “con muchos problemas”. Su inglés es básico, pero se defiende. Hay otros que no hablan una palabra de inglés, como Ali un iraquí de ojos risueños, con melena rizada y flequillo de corte moderno. Por un compartimiento de su mochila asoma un peine de plástico.  Calculo que tendrá unos veintipocos porque ni quiera entiende cuando le pregunto cuántos años tiene. “Voy a Suecia”, logra decirme, bajando la mirada hacia sus deportivas rojas. Lo poco que sabe de Suecia es que hace mucho frío. “En Irak todo el día vestido así”, me dice, señalando la camiseta de manga corta con el estampado de un emoticono gigante que lleva puesta. Me pide el correo electrónico y si tengo Facebook o Whatsapp, y saca un móvil Samsung – bastante mejor que el mío – con intención de grabárselo. “¿Y Finlandia, qué

refugiados iraquíes
refugiados iraquíes

tal, también hace mucho frío?, me pregunta su amigo Aitar, un chico espigado, de nariz aguileña y ojos almendrados de color verde. Cuando le digo que soy de Barcelona quiere saber si está lejos de Suecia y de Alemania. “Va, pero si eres del Madrid”, le espeta Ali, sonriendo.

“On the bus!”, “bus go!”- grita el policía para ordenar a los refugiados que vuelvan a sus sitios en los autocares. El tren está a punto de llegar y para que nada se descontrole cada uno debe salir del autocar correspondiente. Finalmente, el tren llega y los vagones se llenan. Todo fluye. Lo único que parece fuera de control es el viejo cartel en el tablón de anuncios de la estación de Šid, que sigue indicando los horarios de los trenes del año 2004.

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