Viki, Andrea, y un campo de concentración en Zrenjanin

Viktorija tiene 20 años, habla inglés con un acento ligeramente americano y no ha salido nunca de Serbia, excepto una vez para ir de vacaciones al mar en Montenegro. “Si lo hablo con fluidez es porque miro muchas películas y leo libros en inglés”, bromea esta joven de tez blanca, melena pelirroja y grandes ojos azules. Conocí a Viktorija hace un par de días, mientras daba un paseo cerca del hospital de Zrenjanin, y me acerqué para preguntarle algo sobre unas instalaciones militares que había por allí cerca. Ni ella ni su novio, un chico delgado montado en bicicleta a su lado, sabían muy bien qué hacían allí tirados unos camiones y lanchas del ejército serbio, pero enseguida aceptó mi propuesta de quedar el sábado para tomar un café juntas.“Me gusta conocer a gente de fuera y con vidas diferentes que la mía, no siempre tengo la oportunidad”, me dijo.

Hoy por fin hemos quedado. El punto de encuentro era a las dos y media de la tarde enfrente del Hotel Vojovdina, un bloque de cemento y cristal de la era yugoslava, en la plaza principal de la ciudad. Hace frío y Viktoria me espera sentada en un banco. Lleva las mismas botas de explorador del otro día y un gorro de lana gris, por el que asoma su larga melena pelirroja. En un principio íbamos a quedar a las cinco, después de que Viktorija, o Viki, como quiere que la llame,  terminase su turno en la cafetería que trabaja los fines de semana, pero resulta que al final le han dado fiesta. “En esta ciudad para conseguir un trabajo tienes que conocer a alguien, sino es muy difícil. Yo no tengo contrato, como la mayoría. Me pagan en cash, por día trabajado”,  me explica, mientras empezamos a caminar. Delante del ayuntamiento, una banda toca música popular serbia con trompetas, guitarras y flautas. “Debe ser una boda”, me informa Viki. A los pocos segundos, aparece una novia vestida de blanco, acompañada de una pequeña comitiva, entre ellas un hombre con un traje negro y una cinta de seda blanca cruzada en el pecho. “Es el padrino”, me aclara mi nueva amiga. Viktorija me confiesa que es una gran aficionada a la música, especialmente los grupos de rock duro – todavía se emociona cuando recuerda el concierto de Metallica en Belgrado, hace tres años –  pero que no soporta la música tradicional serbia. “No hay quien la aguante”, bromea, mientras buscamos un lugar para comprar un bocadillo. No ha comido en todo el día porque su novio se ha levantado esta mañana con un dolor de espalda tan fuerte que no podía ni moverse, y se han pasado el día en el hospital.  “En el hospital de Zrenjanin faltan médicos y enfermeras buenos, porque pagan poco”, se lamenta. Por la visita médica han tenido que pagar unos 30 dinares, unos 25 céntimos de euro, y su novio ya está de vuelta en casa. Tanto él como Viki viven con sus padres, igual que la mayoría de jóvenes de esta ciudad que todavía no se han casado. La situación económica no permite otra opción. “Yo tengo que trabajar para contribuir en los gastos de casa”, admite la joven pelirroja, que vive en un barrio alejado del centro con su padre, su nueva esposa y sus tres hermanastros pequeños, el último de los cuales es un recién nacido. Desde que le diagnosticaron epilepsia, su padre no encuentra trabajo y su madrastra está de baja maternal. “No es fácil para nadie, en esta ciudad”, murmura, dando un tímido mordisco al bocadillo que se acaba de comprar. Al salir del local de fastfood entramos en el centro cultural, un edificio de techos altos de madera, con un teatro de butacas rojas y un piano de cola en la tarima. “De vez en cuando pasan películas y hacen obras de teatro o conciertos. Gratis, por supuesto, porque sino no vendría nadie! ”, exclama Viki, envolviendo de nuevo su bocadillo en el papel de plata.

Damos una vuelta por el vestíbulo del centro y nos entretenemos mirando las fotografías de arquitectura de un artista local,  pero hay tan poca luz que es difícil apreciarlas. Al salir de nuevo a la calle, la niebla ha avanzado un poquito más. Pasamos por delante de un edificio administrativo, con un cartel indicativo en la puerta escrito en tres idiomas: serbio, rumano, húngaro, las tres nacionalidades que han convivido durante los últimos tres siglos en esta región de Serbia, antigua provincia del imperio austrohúngaro. El padre de Viktorija, por ejemplo, es de origen húngaro. “Mi padre hablaba con el abuelo en húngaro, aunque a mí y a mis hermanos nos hablaba solamente en serbio”, explica. Viki lamenta la decisión de su padre porque si en estos momentos dominara el húngaro  podría optar al pasaporte húngaro, es decir, ser ciudadana de la UE. En enero de 2011, el gobierno de Budapest aprobó una nueva ley que facilitaba el acceso a la nacionalidad magyar a toda aquella persona que demostrara tener orígenes húngaros y pudiera hablar la lengua. Desde entonces, más de 100.000 serbios de origen húngaro, la mayoría residentes en Vojvodina, han solicitado el pasaporte húngaro.

En Zrenjanin, de hecho, todavía hay barrios de mayoría húngara y escuelas que imparten las clases en magyar o en rumano. Viktorija, sin embargo, fue a una escuela y a un instituto serbios. Ahora estudia programación en la facultad de tecnología de Zrenjanin, la única universidad de la ciudad, aunque a ella le hubiese gustado estudiar arqueología. “Mis padres me dijeron que no encontraría trabajo, así que me decanté por la informática, que también me gusta. De hecho, era mi única opción, porque en Zrenjanin solo puedes estudiar informática, mecánica o negocios, que es lo que estudia mi novio. Y en casa no teníamos dinero para que pudiera ir a estudiar a Belgrado o Novi Sad”, añade, con cara de frío.

wpid-img_20151107_155152.jpg
antiguo campo de concentración de la Gestapo en Zrenjanin

Seguimos andando por Cara Dušana, una avenida ancha que alterna casas antiguas despintadas con algunas torres de nueva construcción, equipadas con pequeño jardín trasero y puertas de garaje automáticas. Busco el número 114, donde todavía quedan los restos de un edificio semi-ruinoso que sirvió de campo de concentración de la Gestapo. Una placa conmemorativa bajo los cristales rotos de las ventanas recuerda que entre 1942 y 1945, más de 5000 personas fueron asesinadas allí dentro, la mayoría judíos, pero también gitanos, serbios y activistas revolucionarios o comunistas.   “No tenía ni idea de que este lugar existía”, admite Viki, con el bocadillo casi intacto en una mano. Delante del campo de concentración está el cementerio serbio, donde una vendedora de flores espera paciente a que una familia que acaba de salir del coche le compre alguna ofrenda. “Mis abuelos están enterrados en el cementerio húngaro, supongo que porque es católico”, me explica Viki. ¿Tu eres creyente?”, me pregunta, curiosa. Le digo que no, que me educaron en la religión católica pero que después de hacer la primera Comunión decidí pasar de todo. “Yo igual”, me contesta. “¿También te tuviste que poner el vestido blanco?”, añade, riendo.

Mientras regresamos al centro pasamos por delante de otra iglesia, con un campanario alto de color rosa, perteneciente a la comunidad eslovaca. En el portal hay otra banda de música tradicional haciendo sonar la trompeta alrededor de una novia vestida de blanco.  Viki refunfuña. “¿Vamos a un pub a tomar un café?”, me pregunta. Oscurece y poco a poco la niebla convierte los faros de los coches en nubes de luz. Viki empuja la puerta del Lyon’s Pub y nos sentamos en una mesa alta de madera oscura. El local está decorado con carteles de la  oktober fest y por los altavoces suena Elvis Presley cantando Only You. “Hace dos siglos aquí había una fábrica de cerveza, es el pub más antiguo de Zrenjanin”, me explica Viki, traduciendo para mi la historia del local, escrita en el menú. A las cinco de la tarde el pub está vacío, pero me asegura que se llena cuando hay música en directo. “En esta ciudad no hay mucho que hacer, para ir a conciertos o al teatro tienes que ir a Novi Sad. El autobús cuesta 600 dinares (unos 5 euros),  solo la ida. Si quiero ir, suelo hacer auto-stop ”, explica Viki, encogiendo los hombros. Su sueño es poder un día viajar por el mundo y visitar todos los lugares que ha conocido leyendo libros.

2 thoughts on “Viki, Andrea, y un campo de concentración en Zrenjanin

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s