Mala Amerika y los muertos de debajo de casa

Cuesta de imaginar, pero entre 1718 y 1735 llegaron a la actual Zrenjanin un grupo de refugiados españoles, principalmente austracistas catalanes, que huyeron del país tras perder la Guerra de Sucesión. A Viena le interesaba repoblar los territorios del Banato, una región inhóspita, húmeda y plagada de malaria, que acababan de reconquistar a los turcos. Estos catalanes no eran, que digamos, gente de campo, y lo pasaron bastante mal, hasta que Viena implantó una serie de medidas y reformas urbanas para mejorar las condiciones de vida. El caso es que durante un breve periodo de tiempo, la ciudad, o al menos un distrito de la ciudad, llegó a conocerse como ‘nueva Barcelona”.

Según los historiadores locales, el lugar donde residían los refugiados españoles en el siglo XVIII es hoy el actual barrio de Mala Amerika, “pequeña America”,  un distrito residencial de casas bajas encajonado entre el río Begej y un canal artificial por el que todavía asoman fábricas abandonadas entre los cañizares y el barro. En ‘Mala Amerika’ la mayor parte de sus habitantes son de origen serbio – en la ciudad también hay un barrio húngaro, más alejado del centro – y en los portales de las casas cuelgan las tradicionales coronas de flores secas de San Ivan. Entre casas antiguas con los frisos despintados aparece de vez en cuando algún complejo de apartamentos de la era comunista, cada uno con un pequeño colmado y una zona ajardinada cubierta de hojas secas, que ahora sirve de aparcamiento.

Mala Amerika lo conoce todo el mundo porque alberga un enorme cuartel militar, un instituto de secundaria y la facultad de tecnología Michael Pupin, la única escuela superior de de Zrenjanin. Los jóvenes que no tienen dinero para ir a estudiar a Belgrado o Novi Sad, o que prefieren quedarse en su ciudad, solo tienen la alternativa de estudiar ingeniería (mecánica, agrónoma), informática o negocios. Justo al lado de la facultad hay un campo de deportes con una pista de atletismo, y por las mañanas voy a correr. Mientras doy vueltas con el moquillo colgando y con la mente perdida en los pensamientos profundos de siempre ( “¿qué quiero ser de mayor?, ¿por qué elijo tan mal a los hombres? , ¿puedo juntar tagliatelle con restos de repollo que tengo en la nevera?), noto la mirada de los alumnos del instituto observándome desde la ventana.

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el centro de deportes de Mala Amerika
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instituto de secundaria de Mala Amerika, en Zrenjanin

 Desde que he llegado a Zrenjanin, no he visto a nadie hacer footing, aunque en la ciudad hay varios gimnasios y centros de fitness. A los serbios les gusta el deporte. En los bares siempre hay algún televisor encendido retransmitiendo un partido de baloncesto o un campeonato  de tenis, con Djokovic apalizando a su contrincante. Zrenjanin es además la ciudad de nacimiento de Ivana Španović, campeona mundial de salto de longitud y una las atletas más populares de Serbia. Justamente el pasado domingo, Španović estuvo toda la mañana en un parque de Zrenjanin en un encuentro con jóvenes para promover el deporte en la ciudad. El acto estaba promovido por la agencia americana del desarrollo, USAid, y mi amiga Viki, estudiante de programación en la facultad de Zrenjanin, hacía de voluntaria.

En Mala Amerika, junto a la orilla del río, hay un club de tenis con una pista indoor y otras dos de tierra batida, al aire libre, que a media mañana están vacías. Según el cartel en la puerta, el club fue fundado en 1890. Un hombre con el cabello negro y unos ojos pequeños de color aceituna me informa que puede darme clases por cinco euros. Si consigue mejorar mi revés le invitaré a Barcelona para que le de un tortazo a mi entrenador argentino, pienso. Una niña pequeña con una raqueta Prince anticuada colgada en la espalda le estira del brazo y nos despedimos. Frente al club de tenis hay un caserón de estilo neoclásico con las paredes negras de suciedad y en estado deteriorado, que hoy sirve de guardería. En las ventanas hay dibujos de colores y en el jardín hay un parque con columpios de hierro, pero no se oyen niños. Una abuela con muletas empuja la puertecilla del jardín sin soltar la mano de su nieta, una niña de mirada traviesa, con el pelo recogido en dos trenzas y un abrigo blanco. Andan despacio y me dejan pasar. Estoy sudorosa de correr, tengo la cara como un pimiento y no paro de jadear. Un grupo de estudiantes me observan curiosos antes de entrar en el quiosco de fotocopias frente a la universidad. Me llega el olor a frito de un local de bocadillos y kebabs en el otro lado de la acera. En la misma calle, una placa con la estrella comunista recuerda que en esa casa vivió Stevica Jovanovic, un conocido activista nacionalista y comunista yugoslavo, que murió en manos de la Gestapo en 1941, con 25 años. Jovanic nació en 1916 en esta ciudad, entonces llamada Gran Bečkerek, estudió medicina en Belgrado y fue miembro del partido comunista  de Vojvodina . Durante la ocupación nazi, la policía llegó a pedir 50.000 marcos alemanes por su cabeza.

De vuelta a casa, me encuentro a unos trabajadores en mono naranja perforando la acera. Milan, mi anfitrión, les observa con el cigarrillo en los labios. “No te lo había dicho aún, pero antiguamente aquí debajo había una fosa común y de vez en cuando, si hacen obras, aparecen huesos humanos”, me explica Milan, riendo. Mi apartamento está justo detrás de su tienda de ordenadores, a tres manzanas de Mala Amerika, encima de la supuesta fosa. Me pregunto si la presencia de los muertos tendrá algo que ver con el ruido inquietante que se escucha en todo mi apartamento, de forma aleatoria. A veces es un pequeño silbido, a veces un rugido estrepitoso, mezcla de un aullido de perro y de platos romperse en el suelo.  “Ah, no, no te preocupes por eso. Son las tuberías del agua, que las construyeron mal y ahora no dejan de silbar”, me reconforta Milan.

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