“Cambiarse el apellido le acabó salvando la vida”

De entrada, Roni Beraha no parece serbio: es más bien bajito, delgado, tiene el cabello oscuro y luce una barba que podría ser la de cualquier treintañero de Barcelona. “Si vamos muy atrás, mis antepasados eran de Sevilla”, bromea. Roni Beraha pertenece a la reducida comunidad judía sefardí de Zrenjanin, aunque él no se siente muy religioso. Hemos quedado en el Zeleno Zvono, el bar que hay encima del teatro de la ciudad, lugar de encuentro tradicional entre los jóvenes más modernos y y culturetas de Zrenjanin, me explica, antes de pedirnos unas cervezas. Entre estos jóvenes , Roni se incluye a él, a sus amigos y a su novia, una chica delgada con el pelo rubio platino y unos ojos azules que nos escucha en silencio. Es martes por la tarde y el local está vacío, excepto por una pareja con una niña pequeña que revolotea entre las mesas. “Ahora los jóvenes prefieren los bares de copas, son más capitalistas”, bromea.

Beraha estudió música, es violoncelista y habla inglés, italiano – estudió en Italia un tiempo –  y está aprendiendo castellano, porque se ha presentado a la convocatoria abierta por el gobierno español a todos aquellos ciudadanos judíos de origen sefardí que quieran obtener la nacionalidad española. “Es una oportunidad para tener el pasaporte de la UE”, me explica, rozándose la barba espesa. El examen es en abril en el Instituto Cervantes de Belgrado.  “Tienes que presentar una carta conforme de tu comunidad judía, pasar un examen de lengua y aprender algo de la historia de España”, me resume, muy por encima. No parece muy preocupado, e incluso bromea sobre qué responder si le preguntan por Catalunya. “En Vojvodina también nos quejamos de que el gobierno central no invierte suficiente en la región, y eso que gozamos de una supuesta autonomía”, comenta.

postal de la antigua sinagoga judia
la antigua sinagoga de Zrenjanin, de 1896, quemada por los nazis en 1941

Roni está casi seguro de que los orígenes de su familia por parte paterna se remontan a Sevilla, en la antigua Sepharad. Cuando los Reyes católicos decretaron la expulsión de los judíos de España, sus antecesores emigraron a Estanbul, de allí a Tesalónica, después a Skopje, en Macedonia, donde nació su abuelo, Moses Beraha. “Quería estudiar teatro, asi que se fue a Belgrado”, dice, dando un sobro a su cerveza. Macedonia ya estaba entonces dentro del reino de Yugoslavia y había facilidades para moverse. Su abuelo acabó permaneciendo en Belgrado, donde trabajó de actor y colaboró en diversas producciones de ópera. “Le fascinaba la ópera”, recuerda, cerrando unos segundos sus ojos oscuros. A finales de los años treinta, el nacionalismo y el antisimitismo empezaron a aflorar en Serbia y su abuelo, como centenares de judíos sefardís en la antigua Yugoslavia, decidió adoptar un nombre serbio: Milan Baric. “Cambiarse el apellido le acabó salvando la vida”, dice. Su abuelo tuvo que alistarse en el ejército yugoslavo para luchar contra las tropas nazis, y acabó siendo detenido y enviado como prisionero de guerra – no como judío- en un campo de trabajo cerca de Nuremberg (Flossenbürg) . “Mi abuelo me explicaba que el campo de concentración estaba justo al lado, administrado bajo el mismo comando. A pesar del miedo, empezó a organizar  óperas en el campo… Y un día vino el comandante del campo y le dijo: ‘puedo oler a un kilómetro de distancia que eres judío”. Roni se queda callado unos segundos y yo me quedo sin saber qué decir. “Por suerte, no le mataron”, concluye. Tras ser liberado del campo de trabajo, su abuelo se fue a vivir a un kibutz en ISrael. “Creía que si emigraba a ISrael llegaría a dirigir un teatro en Tel Aviv, pero se dio cuenta de no ocurriría. La vida del campo le aburría, así que decidió regresar a Belgrado”, comenta. Belgrado estaba entonces ya bajo el régimen socialista yugoslavo. “Él era un socialista y un hombre del teatro”, dice. En Belgrado, con su apellido hebreo recuperado, le designaron director de Drama en el Teatro de Novi Sad, la capital de Vojvodina, a orillas del Danubio. Más adelante, le otorgaron un nuevo puesto en el teatro de Zrenjanin, de donde no se movió más, hasta su muerte.  “Mi abuelo era un liberal, era muy poco religioso. No se enfadó cuando mi padre le dijo que se casaba con una alemana!”, explica Roni, con orgullo. La madre de Roni es descendiente de los llamados ‘suavos del Danubio”, colonos alemanes, en su mayoría campesinos católicos, que repoblaron esta región durante el imperio austrohúngaro. “Lo más curioso es que mi abuelo materno también tuvo que cambiarse el apellido, ya que al terminar la Segunda Guerra Mundial, los alemanes de la ex Yugoslavia empezaron a ser perseguidos”, dice Roni, entre risas. A él, por suerte, no le ha tocado sufrir la violencia de ninguna guerra. En la de Bosnia era demasiado pequeño, y cuando Serbia entró en guerra con Kosovo, en 1999, estaba estudiando en Montenegro. “Recibí la convocatoria del ejército en casa, pero por suerte el gobierno de Montenegro dijo que no permitiría que los estudiantes con papeles en su territorio fueran reclutados por la fuerzas serbias”, me explica. Durante su estancia en Montenegro, tuvo la oportunidad de seguir la guerra de Kosovo por la CNN y dice que se reía mucho cuando veía aparecer al ex-portavoz del departamento de Estado de EEUU, James Rubin, informar sobre los bombardeos de la OTAN en su país frente a un mapa con los nombres de ciudades serbias equivocadas.

Hoy en Zrenjanin la comunidad judía se reduce a una veintena de personas, entre ellas Roni, diminutivo de Aaron, que es hijo único. Ni si quiera tienen un templo. En el lugar donde se alzaba la antigua sinagoga, quemada por los nazis y acabada de destruir por el régimen comunista, hay ahora un moderno bloque de apartamentos. “Está en la calle de los judíos, todavía se llama así”, me explica Roni al salir del bar para mostrarme las dos calles que  en su día albergaron el barrio judío de Zrenjanin, cerca del centro. En un muro del edificio de apartamentos hay una placa conmemorativa que recuerda a los miles de judíos que fueron encarcelados y deportados por la Gestapo desde aquí.  En Zrenjanin todavía quedan los restos de un campo de concentración de la Gestapo, “pero era principalmente para partisanos y comunistas, “el campo de concentración para judíos más grande de Yugoslavia estaba en Zemun, en Belgrado”, me comenta. Se ha hecho de noche y andamos por Zrenjanin rodeados de una banda de perros callejeros con cara simpática. Cada vez que pasa un coche, los perros salen corriendo y ladrando detrás de él, hasta que se cansan y vuelven con nosotros. “Antes había un centro de acogida de animales, pero lo deben haber cerrado”, comenta Roni, cabizbajo. Salimos de la calle de los Judíos y volvemos a la calle principal por un callejón que hace esquina con un centro comercial abandonado. “Había sido propiedad de un comerciante judío”, me explica Roni. Uno de los judíos más ilustres de la ciudad fue Viktor Elek, propietario de una importante fábrica de azúcar. Elek fue uno de los primeros judíos de Zrenjanin en ser ejecutado por los nazis, en 1941.

“Yo no soy religioso”, insiste Roni. Su novia, de pie a su lado, le escucha hablar en silencio. Es serbia de origen húngaro, y trabaja de psicoanalista. A pesar de no ser practicante ni religioso, Roni lamenta que su abuelo no le enseñase a hablar yiddish o sefardí. “Ahora me sería más fácil aprender español”, dice el violoncelista, que se pasa la semana yendo y viniendo de Novi Sad, donde suele dar conciertos y da clases en la Academia de Música. Sin embargo, su proyecto favorito es tirar adelante la ‘Istanbul Night”, una banda que formó con otros tres músicos para interpretar canciones antiguas sefardíes.

[ii] http://deepblue.lib.umich.edu/bitstream/handle/2027.42/60848/ekerenji_1.pdf?sequence=1

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