¿Te gusta la perca?

Mi apartamento en Zrenjanin está en el cruce entre la avenida Zmaj Jovina y la calle Petar Bojović, un conocido general serbio del siglo pasado, que luchó en las Guerras de los Balcanes y en las dos guerras Mundiales. Petar Bojóvic fue uno de los pocos y privilegiados generales en ser galardonado con el título de Voivoda, el máximo rango militar en Serbia. El busto de este apuesto general con bigote largo y con las puntas hacia arriba pasa desapercibido entre los abetos que flanquean la entrada un supermercado de descuento de la cadena SwissLion, con los escaparates forrados con anuncios de galletas.

Cada tarde, después de comer, suelo pasar por esta calle en dirección al centro, para tomar un café, y ya empiezo a reconocer algunas caras. Un poco antes de llegar a los contenedores de basura, donde los gatos merodean a sus anchas entre bolsas de plástico y hojas secas que cubren la acera, está la pescadería de Petar Petrovic, un hombretón de casi dos metros, que luce una barba mal afeitada, patillas, y gafas de montura fina. Petar suele ir vestido con un gorro de

Petar ha abierto una pescadería en Zrenjanin. Tiene percas frescas de los lagos de los alrededores
Petar ha abierto una pescadería en Zrenjanin. Tiene percas frescas de los lagos de los alrededores

felpa, camisa de cuadros y botas de agua, y cuando no está detrás del pequeño acuario eligiendo una perca viva para algún cliente, está detrás de los fogones. El olor a pescado frito puede olerse desde la calle. “Cocino el pescado al gusto del cliente, pero los viernes siempre preparo riblja čorba,  la sopa de pescado típica de Serbia. Es un poco especial, porque se hace con pescado de río”, me dice con una mueca en los labios, a la vez que destapa la olla que tiene guardada en un mostrador de cristal. Se trata de una sopa espesa, de color rojizo, con muchos tropezones. Su intenso aroma a pescado y a especies me hace retroceder unos pasos.  “Lleva mucha paprika. Y carpa, claro. Sobretodo carpa.  ¿Te gusta la carpa? No a todo el mundo le gusta, pero a los serbios y a los chinos nos encanta”, añade Petar, riendo. Hace menos de un año que Petrovic montó la pescadería y me explica que entre sus clientes más fieles hay algunos chinos. “En Zrenjanin viven muchos chinos, tienen bazares y tiendas de ropa, pero no se les ve mucho por la calle”, admite.

Alguna tarde he visto pasear por el centro a una mujer china con su hija pequeña comprando palomitas o cacahuetes- que aquí se llaman kikirikis –  pero es cierto que no se les ve demasiado el pelo fuera de sus tiendas. Uno de los bazares chinos más grandes de la ciudad es el Panda Fashion center, dos calles por debajo de mi casa. Se trata de un almacén antiguo, que los dueños han decorado con posters de osos panda. Más cerca del centro, un matrimonio de Wengzhou ha reconvertido en un todo a cien los bajos de un edificio art deco con la fachada semiderruida. Me dicen que el edificio, en la orilla del río, perteneció a un importante hombre de negocios del siglo XIX. Las paredes y el techo del edificio todavía conservan los estucados y volutas de lo que antes era un salón de baile de estilo vienés. “¿Te gusta vivir en Serbia?” – le pregunté en mi mandarín precario al dueño del bazar, un día que entré a curiosear. El chino, un hombre de tez oscura y más bien chaparro, llevaba un rato observándome de forma desconfiada mientras yo caminaba mirando al techo por los pasillos lleno de objetos de cocina de plástico. “Mamma hu hu”, me contestó, que en mandarín quiere decir ‘pse’.

“Zhe ge, hen pioliang!,  exclamé,  señalando los estucados del techo despintado para decir que me parecía muy bonito y que quería sacar una fotografía con el móvil. Él meneó la cabeza y me miró con cara de asombro: “bu shi pioliang! – no es bonito!, respondió. Hice la foto igualmente. Su esposa estaba sentada detrás de la caja haciendo media, y de vez en cuando levantaba la vista para controlarnos. Era una mujer de unos cincuenta años, con la melena oscura rizada en una permanente, y las pestañas maquilladas con rímmel, dando un aire coqueto a su mirada de de permanente malhumor. Le pregunté si hay algún restaurante chino en Zrenjanin y me dijo que no. ‘Wo hen xihuan Zhonguo chi fan”, “me encantan los restaurantes chinos”, tartamudeé, para hacerle la pelota. (aunque es cierto).  Ella soltó un  ‘ah’ y volvió a sus agujas. La dependienta serbia, ocupada en buscar unos zapatos para una niña pelirroja que acababa de entrar con su madre, no se creía que hablase un poco de chino y en cambio ni una palabra de serbio. Ella y el matrimonio chino se entendían en serbio.

Sobre las tres de la tarde, la pescadería se vacía y Petrovic se sienta en la pequeña mesa cubierta con un mantel junto a la pared a leer el periódico. Todavía quedan dos horas para cerrar. “La economía no es apabullante, pero confío que el negocio irá bien”, insiste, con aire entusiasta. Un litro de sopa cuesta 300 dinares el litro (2,5 euros), un kilo de trucha fresca, 520 dinares, una carpa, 395 dinares (3,28euros). Me despido con la promesa de que el viernes que viene le compraré sopa, aunque la realidad es que yo odio el pescado.

El desempleo y los salarios bajos son dos problemas básicos de Zrenjanin, afectada por el cierre de las fábricas y la crisis de los útlimos quince años. No es raro que familias con  hijos mayores de treinta vivan juntos bajo un mismo techo. Muchos negocios privados trabajan en negro, desde la agencia local de alquiler de coches a los bares y cafeterías, que pagan en cash a sus empleados por día trabajado. Milan, mi anfitrión, tiene una empresa de informática y da trabajo a siete personas, informáticos entre treinta y cuarenta años. Todos tienen contrato, me asegura, y su salario mensual oscila en los 400 euros. “En cambio, los trabajadores del  Aviv Park, el nuevo centro comercial de las afueras de la ciudad, cobran unos 200 euros. Cómo van a vivir con tan poco dinero!”, exclama, enfurecido. COnstruido por una promotora israelí, el recién inaugurado Aviv Park alberga un multicines y diversas tiendas de ropa y complementos, aunque solo vi dos cadenas internacionales:  H&M y  C&A, de precios bastante asequibles.  El centro comercial ni siquiera tiene McDonalds. Los únicos establecimientos de comida era un local de pizza al estilo fastfood y un par de cafeterías sin marca. “En el centro de Zrenjanin hubo hace tiempo un McDonald’s, pero cerró porque no era rentable”, recuerda Milan. El único restaurante chino que había también tuvo que cerrar. “Una lástima”, dice Milan, aficionado a la comida y el té chino, que bebe cada vez que sale a fumar.

el techo de un antiguo edificio art déco de Zrenjanin es hoy un bazar chino. El panda colgado mola mogollón
el techo de un antiguo edificio art déco de Zrenjanin es hoy un bazar chino. El panda colgado mola mogollón
bazar chino
bazar chino

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s