Un cachorro en la estación de Sid

Hoy he vuelto a la estación de Sid, la ciudad serbia fronteriza con Croacia que desde la primera semana de noviembre sirve de plataforma para entrar por tren a miles de refugiados políticos dentro de la U.E. Quería ver si la situación ha cambiado algo desde los atentados del ISIS en París y el hecho de que uno de los terroristas fuera un refugiado que entró en la UE vía Serbia.
Efectivamente, el control policial en la estación en Sid era el doble que hace dos semanas y los agentes mantenían un estricto orden a la hora de desembarcar a los refugiados de los autocares y colocarlos en filas antes de subir al tren. La mayoría de los refugiados hacían cara de cansados y el ambiente era tenso, a diferencia de dos semanas atrás, en que a los refugiados se les permitía bajar del autocar y estirar un poco las piernas a su aire, y más de uno reía y te contaba su historia. Esta mañana los refugiados eran alineados en filas y debían tener en la mano preparada la hoja de registro de la policía serbia. Empiezo a distinguir por sus facciones y forma de vestir si son de  Siria, Afganistan o Irak, los que visten más modernos. Todos van cargados con mochilas y bolsas, que arrastran con ellos desde que empezaron su viaje : dos semanas de media, a pie o en bus, pasando por Turquia, Grecia, Macedonia o Bulgaria. En la frontera de Macedonia con Serbia son registrados por la policía y trasladados en autocares hasta Sid, desde donde cada día salen hasta 7 u 8 trenes – cada uno con unos 1200 refugiados- en dirección a un campo de refugiados en Croacia, me explica un voluntario de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, antes de que un policía le ordene dejar de hablar conmigo.
Las medidas de seguridad se han extremado y ahora los periodistas tampoco pueden acercarse sin haber pedido antes permiso a la policía local o haber enviado un email a la organización. “Tenemos que tener un control absoluto de quien está en la estación”, me explica una funcionaria del IOM, la Organización Internacional de Migraciones, en un tono bastante impertinente.  La funcionaria me riñe por haber entrado sin permiso al andén e ir acompañada de dos personas que no son periodistas (mi padre y mi tío)  . Le digo que hace 10 días no tuve ningun problema en moverme entre los refugiados a mis anchas.” Pues ahora vas a tener un problema”, me amenaza, dando una calada a su cigarrillo. En el andén aparece un cachorro negro y empieza a ladrar desconsolado. El ladrido provoca las carcajadas de un niño sirio con el cabello rubio que esta a punto de subir al tren. El niño se suelta de la mano de su madre, tapada con el chador, y corretea por la vía sin parar de reir. “Guau guau” , grita, imitando al cachorro. “Guau guau”. Ríe de nuevo y se da la vuelta para ponerse otra vez en la fila para subir al vagón.
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