La heladería de Dimitri

Mi lugar favorito de Zrenjanin para tomar café es la confitería Simon, en la calle Kralj Aleksandar I Karađorđević (el primer rey de Yugoslavia), una avenida peatonal que atraviesa el centro histórico de la ciudad. El propietario se llama Dimitri y es un chico de unos treinta y pocos años, un pelín regordete, de mejillas sonrosadas y ojos grandes de mirada risueña, que esconde detrás de sus gafas de montura metálica. Dimitri es la tercera generación al mando de este pequeño local de pasteles y helados que fundó su abuelo en 1937, poco después de emigrar de Macedonia. wpid-img_20151106_151426.jpg“Seguimos haciendo todos los pasteles aquí mismo, soy un gran pastelero”, me explica Dimitri, orgulloso, señalando el mostrador lleno pasteles de colores diferentes: Tiramisú, tarta de queso, Sacher, Selva Negra, backlavas… Me decanto por un strudel de semillas de amapola, strudla sa Makon, un pastel típico de Austria y Hungría. La porción cuesta menos de un euro. “¿Te gusta?”, me pregunta Dimitri, impaciente, cuando todavía tengo el pastel en la boca. Está deliciosa, le respondo, sincera.

Cuando hay poco trabajo, Dimitri se sienta en mi mesa y me hace preguntas. Está contento de poder practicar el inglés conmigo y a medida que vamos hablando va ganando fluidez. “Lo aprendí en la escuela y hace mucho tiempo que no lo uso, pero está ahí, en alguna parte de mi cerebro”, dice, con una sonrisa. En Serbia es difícil encontrar a alguien que no hable algo de inglés. Dimitri mira el reloj y se disculpa porque tiene que irse. Son pasadas las cuatro y tiene que recoger a su hija pequeña del colegio y llevarla a clase de inglés en una academia privada. “Es una faena, porque ella prefiere ir a ballet, claro”, me confiesa, riendo. Su hijo mayor, de 13 años, termina las clases al mediodía. En Zrenjanin las escuelas hacen dos turnos, mañanas y tardes, porque no hay espacio suficiente en las aulas para todos.

Dimitri se enciende un último cigarrillo antes de marcharse y me ofrece uno. La cafetería empieza a llenarse de humo. “¡En Serbia fumáis como carreteros!”, exclamo. “Bah, solo se vive una vez”, responde Dimitri, riendo. “Los serbios somos un poco como los españoles, nos gusta trabajar, pero también disfrutar de la vida”, comenta. Comparto con él que los serbios tienen un taranná relajado, pero no son ni la mitad de caóticos, chillones ni informales como los latinos, para suerte suya.

A diferencia de sus amigos de la escuela, a los que he ido conociendo estos días , Dimitri no fue a la universidad. “Me tocó ocuparme de la heladería”, explica, ajustándose el cuello del polo rosa. Acaba de reformar el local y me enseña con orgullo las sillas nuevas, un modelo de madera de estilo nórdico, con el respaldo cruzado, que él mismo se ha ocupado de elegir.  Su hermana mayor, en cambio, sí que fue a la universidad. “Se marchó a estudiar teatro a Belgrado y ha viajado más que yo”, dice, con orgullo. “Cuando era pequeño, me envió una foto desde el Camp Nou, en Barcelona, y por poco muero de ilusión!”, me confiesa, con ojos llenos de ilusión. “Ahora es mi hijo el que se emociona más que yo con sus albums de cromos del Barça”, añade, mirando de nuevo el reloj y se levanta de la silla. Tiene aspecto de cansado.  Lleva desde primera hora de la mañana amasando pasteles y atendiendo clientes. “Se necesita más fuerza de lo que parece, para amasar pasteles”, bromea, tocándose los bíceps.  El local se ha ido llenando y Dimitri lanza una mirada controladora a la barra, donde el camarero joven atiende a una mujer que pide dos trozos de tarta para llevar.

“El local no tiene nada que ver con lo que montó mi abuelo cuando llegó de Macedonia” , comenta Dimitri, que se siente macedonio.  “Mi abuelo y mi padre nacieron en Ohrid, una ciudad preciosa, con muchas iglesias y unas ruinas romanas espectaculares, a orillas de un lago” , me explica, ilusionado. En 1937, cuando su abuelo llegó a Zrenjanin, Macedonia era entonces una provincia perteneciente al Reino de Yugoslavia.. “En Ohrid había menos oportunidades de trabajo y muchos macedonios emigraron al norte, sobre todo a Vojdvodina”, me explica Dimitri, con nostalgia en los ojos. La emigración de macedonios a Serbia aumentó  después de la segunda Guerra Mundial, durante el régimen de la República Yugoslava socialista.  A pesar de ser macedonio y cristiano ortodoxo, Dimitri asegura que su identidad nacional nunca ha supuesto un problema en Vojvodina. “En esta región no somos patriotas, convive gente de nacionalidades y religiones distintas desde hace siglos”, me explica Dimitri. “Mi padre era macedonio, bastante rusófilo – por eso me puso de nombre Dimitri!, dice- y se casó con una mujer serbia. Y yo me he casado con una mujer de origen húngaro, católica, que habla con sus padres en húngaro!”, añade.  Según el censo de 2011, actualmente la comunidad macedonia en Serbia ronda los 22.000 habitantes[i].  Curiosamente, en Serbia asocian las heladerías y confiterías con los emigrantes macedonios, aunque no he encontrado datos para comprobarlo.

Antes de marcharme doy una última hojeada al mostrador de tartas. El próximo día quiero probar la Krempita kolaci, una especie de cuadrado de hojaldre relleno de una masa cremosa de color amarillo. “Es muy típica de Serbia, lleva clara de huevo, vainilla, harina… lo bueno es que no lleva mucho azúcar”, se ríe.

[i] http://pod2.stat.gov.rs/ObjavljenePublikacije/Popis2011/Nacionalna%20pripadnost-Ethnicity.pdf

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