Faisanes sobre el establo

Por fin ha vuelto el frío en Zrenjanin. Lleva dos días lloviznando y las temperaturas han caído por debajo de los 7 grados, con lo que se me han pasado las ganas de salir a correr. Por eso, cuando Tatjana, mi casera, me propuso ir con sus amigas a una sesión de cardio en su gimnasio, acepté encantada. “La clase dura solo una hora y cada día trabajamos una parte del cuerpo diferente”, me explica Tatjana, mirándome por el retrovisor con sus ojos rasgados de color gris, mientras conducimos hasta el centro de Zrenjanin. A su lado está su amiga Ivana, una chica delgada y morena, de 37 años, que lleva a su hija a la misma escuela que las niñas de Tatjana. Como la gran mayoría de mujeres de mi edad en este país, las dos son guapas y tienen un tipazo, que disimulan bajo vaqueros y camisas pasadas de moda. “Es posible que tengas agujetas de aquí a dos días”, me alerta Tatjana antes de empezar la sesión. El gimnasio, situado en los bajos del hotel, lo llevan dos entrenadores jóvenes de espaldas anchas y cuerpos fornidos, que enseguida sonríen al saber que soy de Barcelona. “Me encanta España, he estado dos veces en Barcelona y una en Madrid”, me dice el más joven de los dos, con una barba espesa y abundante pelo castaño. Mientras hacemos estiramientos, el entrenador continúa hablándome en inglés muy correcto y Tatjana y sus amigas se ríen. “Le gustas”, me dicen, sabiendo que el entrenador les entiende. Él bromea con ellas y al cabo de un minuto ordena el primer ejercicio: flexiones. “Uno, dos, abajo, estira las piernas, flexiona brazos, arriba otra vez y vuelve a empezar”, ordena. Las chicas obedecen. “Cuatro series seguidas”, grita el entrenador, para que le oigamos. La música tecno suena a todo volumen y un hombre pedalea con fuerza en la bici estática. En el gimnasio hacen sesión de cardio cada hora, desde las 9 de la mañana hasta las nueve de la noche. Una sesión cuesta 300 dinares, un poco menos de 3 euros. “Después solemos ir al bar del hotel a tomarnos un café o un zumo”, me explica Tatjana, mientras vamos a buscar las pesas de 3 kilos para el siguiente ejercicio. Tras sostener las pesas unos segundos en la mano, opto por dejarlas en el suelo y cambiarlas por las de 2 kilos. “Por lo que veo, hoy toca brazos”, me dice Tatjana al verme refunfuñar. Al terminar la clase, logro entender porqué en Serbia hay tiendas de bambas y de ropa de deporte en cada esquina. Les encanta hacer deporte, lo que también hace comprensible que buena parte de la población – tanto hombres como mujeres – estén, por lo general, buenorros.

Tatjana tenía razón y hoy, domingo, no me siento las piernas. Jarl. Mejor dicho, no me siento los brazos. Odio hacer flexiones y levantar pesas, me gustan mis brazos escuálidos de tenista frustrada! Aprovechando que todavía tengo un coche de alquiler, he tomado la carretera 130 en dirección a Stajicevo, una aldea rural en las afueras de Zrenjanin que en los años 1991 y 1992 albergó un campo de concentración del régimen serbio para prisioneros de guerra croatas, entre otros. Lo único que sabía antes de salir de casa era que el antiguo campo está ubicado en una granja abandonada llamada Livade, y no tenía ni idea de cómo llegar. Obviamente, me he perdido un buen rato dando vueltas por las calles vacías de Ecka, un pequeño municipio rural a orillas del Begej, con varias iglesias iluminadas esperando a que alguien entrara. La mañana era fría y en la calle solo he visto a un par de hombres en anorak comprando manzanas a un campesino que protegía sus productos de la lluvia en el maletero abierto de su viejo Yugo. Una farmacéutica me ha aclarado que estaba en Ecka, y no en Stajicevo, y que debía continuar recto por la carretera, bordeando los campos de maíz y el río, para llegar hasta mi destino.

En Stajicevo, una señora mayor con un gorro de lana y unos ojos azules rodeados de arrugas me ha explicado – en serbio, con todo detalle- donde estaba Livade. Yo asentía con la cabeza, haciendo ver que entendía lo que me decía. Lo único que he podido descifrar eran las palabras “koncentrationi logor”, “belica” y “hotel”, algo así como “has de pasar el hotel y después girar a la izquierda”. Ella ha sonreído y me ha estrechado la mano antes de desaparecer bajo la lluvia. He vuelto a la carretera y al cabo de pocos kilómetros he visto el cartel del Trofei, un hotel-restaurante con abetos en el jardín y un comedor decorado con objetos de caza y muebles de madera rústica.  “¿Livade?”, le he preguntado al camarero, un hombretón calvo que medía dos metros, vestido con una camisa y delantal blanco. El camarero ha salido al jardín para señalarme el pequeño desvío sin señalizar que lleva a la antigua cooperativa agraria que hace quince años sirvió de campo de concentración. “¿Para qué quieres ir ahí? No hay nada allí. En cambio, podrías ir a la reserva de pájaros de Carska Bara. Es una de las más importantes del mundo, ya que se detienen a descansar las aves que migran del norte al sur”, me explica, con los brazos cruzados. Iré después, le prometo. Con las manos heladas, he vuelto al coche y he tomado la carretera estrecha y llena de socavones que atraviesa cultivos de tierra oscura y bastos campos de maíz, la mayoría propiedad de Dijamant, una importante empresa de aceites y margarinas de Zrenjanin. La carretera terminaba en un caserío despintado y de aspecto ruinoso, donde un cazador vestido de militar con el rifle colgado en el hombro miraba al cielo, a la espera de alguna presa. Al oírme llegar, se ha girado para saludarme.

-El campo de concentración?

-Ahí mismo- me ha respondido el cazador, en un inglés muy correcto, señalando el caserón abandonado. Era un hombre grandullón, de tez oscura, con un cinturón lleno de balines de escopeta y unas botas oscuras

que aplastaban la hierba mojada a su paso. El hombre me ha acompañado hasta el caserón y ha empujado la puerta de madera. El interior todavía conserva el aspecto de un antiguo establo para ganado, con comederos a cada lado, y un viejo pupitre al final del pasillo. “A los presos los encerraban aquí, aunque esto era más bien un lugar de tránsito hacia otros campos”, me explica el cazador, dando una ojeada al establo antes de salir. El tejado de madera amenaza con derrumbarse pronto y me dice que es peligroso estar allí dentro. El hombre cierra la puerta detrás de é y camina hacia el pequeño bosquecillo. Yo le sigo por detrás con el moquillo colgando de la nariz por el frío y le pregunto qué caza: “faisanes”, me responde. “Históricamente, este ha sido siempre un buen lugar de caza”, me comenta. “¿En España hay caza?”. Y entonces, cuando estoy a punto de responderle, se oye un grito y un par de ladridos, y un faisán aparece volando desde el bosque. El cazador se gira bruscamente, agarra el rifle y apunta al cielo. “Bang, bang”. En cuestión de segundos, el faisán cae muerto en el camino y un grupo de cazadores vestidos también de militares aparece entre los árboles. Mi amigo recoge el trofeo del suelo y me lo enseña con orgullo. La verdad es que me ha parecido un espectáculo fascinante. Le felicito. “Te lo comerás hoy?”, pregunto. “Quizás”, responde, encendiéndose un cigarrillo. El resto del grupo se acerca a hablar conmigo. Uno de ellos, de unos veinte años, lleva un faisán atado al cinturón y está encantado de que le haga una foto. El más mayor del grupo, un hombre alto, con ojos azules saltones y los dientes salidos, me pregunta qué hago aquí. “Es una finca de caza privada”, me espeta.

“He venido a ver el campo de concentración, vivo en Zrenjanin, soy escritora”, le respondo.

“Aquí no hubo un campo de concentración, era una granja. Pero después vienen los periodistas y dicen lo que quieren. Ya sabes, los periódicos, son todos iguales…”, dice.

El resto del grupo baja la mirada y se apretuja como puede dentro del viejo Zastava rojo destartalado aparcado en el campo. Según los informes del Tribunal Penal de la ONU para la exYugoslavia, (ICTY), al menos 1700 detenidos pasaron por el campo de concentración de Stajicevo. El campo fue utilizado en los casos judiciales contra los presidentes serbios Slobodan Milošević y  Goran Hadžić para ser acusados por crímenes de guerra.   Os dejo aquí un párrafo de uno de los testimonios invitados a testificar en La Haya contra Hadzic:

  1. Can you please describe what you saw when you arrived at  Stajicevo?  Or can you — let me rephrase that:  Can you please describe the building into which you entered when you arrived at Stajicevo?
  2. It was a longish building.  It was a cattle barn.  In the middle there was an opening about 2 metres wide and on both sides there were  boxes for cows.  As we entered, we were shouted at, we were beaten, they  directed those lights at us, and they instructed us to lie down on the floor and that we should not lift our heads.  There was commotion and  chaos.  There was dogs there as well.  It was like in a movie.  I don’t  know if you have ever seen any movie about Auschwitz, but if you did, I can tell you that it was exactly like that.

 

 

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