El museo de la destrucción

Uno de los iconos de Zrenjanin es un puente de suspensión construido durante el régimen yugoslavo, en los años 60, que tiene la peculiaridad de no servir para nada: por debajo suyo no pasa ni un río, ni canal, ni una autopista, ni una vía de tren. En el año 1985, las autoridades municipales decidieron desviar el cauce del río Begej y levantar un dique, transformando el  puente que en su día unía el centro con el barrio de Mala Amerika en una absurda pasarela de cemento y acero sobre un parterre. img_20151120_103123.jpgA pesar de su estado degradado – está prohibido subirse por miedo a que se derrumbe – un grafiti pintado en la pasarela indica que el puente forma parte del Muzej Destrukcije, el museo de la destrucción, un conjunto de monumentos, fábricas y edificios abandonados que son testimonio del glorioso pasado industrial de Zrenjanin. “No solo se trata de edificios y lugares, sino también de la destrucción de las ideas y de nuestras vidas. Toda la ciudad en sí es un Museo dela destrucción”, me explica Rastko Stefanovic, un artista local, que tuvo la idea de crear el museo de la Destrucción, en el año 2004.

Rastko tiene 37 años y forma parte de un círculo de jóvenes de Zrenjanin que estudiaron en la Academia de Bellas Artes de Novi Sad y que en lugar de buscarse la vida en la capital de Vojvodina, o mudarse a Belgrado, decidieron regresar a su ciudad natal. “Fue un gran error”, bromea Rastko, ajustándose las gafas de cristales tintados sobre su nariz respingona. Rastko es más bien bajito, tiene la tez muy oscura, labios carnosos, el cabello negro engominado y una barba frondosa que le da un aspecto de bailarín de flamenco. Fuma Lucky Strikes light sin parar y en sus fotos de Facebook veo que le gusta disfrazarse de época y hacer performance teatrales. Al terminar la carrera de Bellas Artes, Ratsko volvió a Zrenjanin para dar clases de plástica en un colegio, y tres años más tarde le ofrecieron un puesto de maestro en una escuela de estudios superiores. Le gustaba ser maestro – un trabajo que combinaba con sus pinturas, grafitis y performances-, pero la oportunidad de entrar en política local le tentó. En el año 2005, Ratsko se alistó en el partido Liberal Demócrata, PLD, un nuevo grupo parlamentario de carácter liberal, pro-europeo y en favor de los derechos de los homosexuales, formado por un grupo de políticos expulsados del Partido Democrático de Serbia. El PLD tiene una relación estrecha con la unión social democrática y la liga de social demócratas de Vojvodina- la región autónoma a la que pertenece Zrenjanin-  y es uno de los escasos partidos que da apoyo a la integración de serbia en la OTAN  y a la independencia de Kosovo. En 2008, Čedomir Jovanović, fundador y líder del PLD, fue candidato a las elecciones presidenciales serbias y ganó el 5,34% de los votos, pero en los años siguientes su figura ha sido salpicada por diversas polémicas, includidas agunas declaraciones poco correctas sobre África. “Se volvió loco”, dice Ratsko, encendiéndose un cigarrillo en el bar de copas que regenta desde hace dos años, cuando decidió dedicar la política en ‘stand-by’. Buscando de qué manera ganarse la vida, Ratsko y dos amigos descubrieron que el dueño del Alternativa, un pequeño club en la calle Sarajlijina, en el centro de Zrenjanin, traspasaba el local. “Al principio no lo tenía muy claro, el bar estaba hecho polvo y no teníamos dinero, pero cuando me enteré de la casa había sido propiedad de un familiar mío, me decidí a lanzarme”, me explica, sentados en un rincón de este bar oscuro, con las cortinas corridas y lámparas rojas en el techo. El Alternativa ocupa una antigua casa del siglo XIX, con las fachadas despintadas y un jardín trasero que en verano sirve de lounge, muy cerca de donde había estado la sinagoga, en el barrio judío de Zrenjanin. La familia de Ratsko no es judía, pero sus parientes adquirieron la casa después de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya no quedaba ningún judío en la ciudad, me explica, cigarrillo en mano.

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interior del Alternativa, en Zrenjanin, un paraíso para los hipsters catalans

Él y sus dos socios decidieron mantener el nombre original, ‘Alternativa’, y convertir el bar en una sala de conciertos alternativa y en un punto de encuentro de artistas, aunque la mayoría de los clientes son estudiantes del instituto cercano. “Es un poco idiota querer ser un bar alternativo y llamarnos Alternativa, no?”, dice Ratsko, riendo. El Alternativa es un pupurri de mesas y sillas de diferentes estilos y colores, con las paredes cubiertas de retratos, postales, pinturas religiosas, cráneos de vaca, cuernos de animales y alfombras turcas.   “Fuimos decorándolo en función de lo que la gente nos traía a cambio de una cerveza”, me explica, señalando el cuadro de un Cristo guiando un rebaño de ovejas encima de nuestras cabezas. “Fue un regalo de un cliente”, dice. Debajo ha colgado unos cuernos de cordero y una campana para ganado que encontró tirados en un desván. En la mesa de al lado, un grupo de adolescentes toma un refresco, con las mochilas a los pies. “Me gusta estar en contacto con los jóvenes, en el fondo me dan envidia, porque no tienen el peso del pasado ni sienten nostalgia por la ex Yugoslavia. Tienen menos escrúpulos. Los de nuestra edad vivimos los últimos años de  Yugoslavia, sabemos que fueron tiempos mejores. Nos sentimos viejos a su lado, pero es cierto que aprendo de ellos cada día”, admite, echándose hacia atrás para soltar el humo. Ratsko está convencido de que la situación actual del país es mucho peor que cuando él era un niño. (la ex Yugoslavia de desintegró en 1991). “No hay trabajo, la gente se va de Zrenjanin, es todo decadente y los políticos no hacen nada para frenarlo, solo piensan en el corto plazo”, dice.

Constatar que la ciudad de su infancia estaba despareciendo fue una de las razones que le impulsaron a crear el Museo de la Destrucción: era una forma de llamar la atención al establishment y dar testimonio al desmoronamiento de un sistema. Uno de los espacios más emblemáticos del Museo de la Destrucción, a parte del puente, es la antigua Villa Pin, un

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caserón de principios del siglo XX abandonado en Zrenjanin

caserón semi-abandonado de estilo art deco, con un torreón acabado en punta, que parece la casa del terror.  Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la casa fue convertida durante unos años en un hospital y después la gente tenía miedo de entrar por miedo a la radiación, hasta que poco a poco ha ido quedándose en el penoso estado actual.  Para romper el tabú, en el año 2005 Ratsko y sus amigos artistas filmaron en Villa Pin una película de miedo, medio de broma, pero la casa sigue sin restaurar. “Al final el problema es siempre el mismo: falta dinero y el apoyo del establishment. “Intentar explicar nuestros proyectos a las autoridades locales es como hablar con esta silla”, dice, señalando la silla de madera con el cojín estampado con florecitas que tengo al lado.  “No sabemos cómo será el futuro de Zrenjanin, pero necesitamos el apoyo del establishment” , insiste el artista, que no descarta volver a meterse en política. Su carrera artística está en stand-by. “No soy muy ambicioso”, admite. Sin embargo, en Zrenjanin todo el mundo sabe quién es Ratsko desde que el instituto del centro le encargó este año un grafiti para conmemorar el 70 aniversario de la derrota contra el fascismo (1945-2015). Su obra es un enorme tigre de color negro con zarpas afiladas y colmillos goteando de sangre bajo la inscripción “don’t feed the beast”. “El tigre llevaba una esvástica colgada, pero los estudiantes la han borrado, decían que no querían ver esvásticas en su ciudad. Me parece muy bien”, dice Ratsko, sacando otro cigarrillo. El ambiente en el Alternativa está cargado de humo y los ojos me escuecen cuando intento ojear el catálogo de la asociación de artistas de Zrenjanin, formada por Ratsko  y otros artistas en 2005.img_20151127_115253.jpg

En las paredes del Alternativa, pintadas en color granate para multiplicar el efecto tenebroso, también hay un viejo mapa del condado de Temesvar, una provincia administrativa que existió de forma interrumpida bajo el Reino de Hungría, a finales del siglo XVIII y de nuevo a finales del Siglo XIX, cuya capital era Nagy Becskerek, el nombre húngaro de la actual Zrenjanin. “Mis antepasados eran húngaros, vivían Vrsac”, me explica Ratsko, señalando en el mapa una ciudad en la actual frontera entre Serbia y Rumanía, a unos 150 kilómetros de Zrenjanin. “Mis antepasados hablaban un poco de rumano, húngaro, serbio y sobretodo alemán! Esta zona del Banat fue poblada por alemanes suabos”, me recuerda, acariciándose la barba.  “Lástima que en mi casa ya solo me hablaran en serbio”, dice. Le hubiera gustado aprender húngaro, pero le parece una misión imposible. “Es dificilísimo”, se queja. Me explica que venden camisetas donde pone “yo hablo húngaro. ¿Cuál es tu superpoder?”. En Zrenjanin todavía hay dos escuelas primarias que imparten clases en magyar para la comunidad de origen húngaro y este domingo en el teatro de la ciudad hacen una obra de teatro en húngaro.

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