Tulipanes húngaros y ‘gasolineros’ montenegrinos

El lunes pasado fue mi cumpleaños – 36 años, fiuuu – así que decidí autorregalarme una visita a alguna ciudad desconocida y no pasarme el día enganchada al Faisibuki. El destino elegido para hacerme mayor fue Subotica – pronunciado Subotitza – una ciudad fronteriza con Hungría, a unos 150 km de mi pueblor, Zrenjanin. A las diez en punto, mi amigo Bojan, empleado de la única agencia de alquiler de coches de Zrenjanin, tenía un Renault Clio preparado para mí.

“¿Vuelves a Sid para ver a los refugiados sirios?”, me pregunta, con las manos en los bolsillos de su anorak azul. Bojan tendrá como máximo treinta años. Es alto y espigado, de tez morena y cabello cortado al raso. Tiene una nariz aguileña y unos ojos negros pequeños y muy juntos, que guiña cada vez que no se acuerda de una palabra en inglés.

“No, voy a Subotica. Hoy es mi cumple”, respondo, enseñándole las felicitaciones que voy recibiendo por el móvil.

“Ahh, Subotica es muy bonito, hay un lago cerca, aunque con este día… “, dice Bojan, mirando por la ventana con cara de pena. El cielo está nublado y caen algunas gotas.  “Ayer escuché en el telenoticias que Macedonia ha cerrado la frontera a los refugiados, así que ahora no podrán entrar a Europa por Serbia… Esto va a ser un gran problema. Están allí estancados, y ahora llega el invierno …”, añade, estirando sus largas piernas bajo la mesa de despacho. Mientras termina de completar el contrato de alquiler, Bojan me pregunta con voz triste si yo también he visto las imágenes de los refugiados iraníes y sirios cosiéndose los labios entre ellos, en señal de protesta. “Es un gran problema, un gran problema , porque en Serbia no pueden quedarse. Aquí no hay trabajo”, murmura. Le digo que el día anterior en las noticias también dijeron que Serbia ha vuelto a entrar en negociaciones con Bruselas para su futura entrada en la UE. “Sí.. pero aquí hay gente que cree que no nos  conviene entrar en Europa, porque perderíamos el apoyo de Rusia, nuestro aliado histórico”, me comenta. Al margen de las conexiones culturales, políticas y religiosas que unen a rusos y serbios – ambos son eslavos, ortodoxos y utilizan el alfabeto círilico- Moscú es uno de los principales inversores económicos de Serbia desde que empezaron las privatizaciones en la ex Yugoslavia. Sin ir más lejos, Gazprom es propietaria de N.I.S (Naftna Industrija Srbije), la principal compañía de petróleo y gas natural del país. Serbia tiene recursos energéticos, sobretodo la región de Vojvodina y el Banato, y eso explica que haya gasolineras en cada esquina. A la que cruzas a Rumanía, por ejemplo, desaparecen.

El camino más rápido para llegar a Subotica desde Zrenjanin es por la autopista A1, una ruta europea que cruza Serbia de norte a sur, y que conecta Tesalónica con Budapest. Tiene solo dos carriles y suelen haber muchos camiones de mercancías, que luego ves haciendo colas interminables en la frontera con Hungría. PAra cruzar a Hungría hay otros puestos fronterizos más pequeños, que antes podían cruzarse a pie o en bicicleta, pero desde que Hungría levantó las vallas para impedir la entrada ilegal de refugiados de Oriente Medio ya no es posible, me explicó hace un par de semanas Laia Serret, una profesora de catalán de la universidad de Szeged, la primera ciudad húngara al cruzar la frontera.

Szeged y Subotica están solo 50 km de distancia y ambas fueron dos

interior del Ayuntamiento de Subotica, obra maestra del Art Nouveau húngaro de principios dels XX
interior del Ayuntamiento de Subotica, obra maestra del Art Nouveau húngaro de principios dels XX

 

prosperas ciudades comerciales bajo el imperio austrohúngaro y más tarde bajo el Reino de Hungría,  pero las proezas de la política internacional han hecho que la primera acabase dentro de la UE y la segunda, no. Subotica, Szadabka en húngaro, fue anexionada a Hungría durante la ocupación nazi, pero al terminar la segunda Guerra Mundial quedó dentro de los límites de la Yugoslavia socialista. Hoy Subotica sigue siendo un mix multicultural, en el que conviven serbios, croatas y otras minorías de la zona, aunque la mayor parte de su población pertenece a la minoría húngara y la lengua que más se oye por sus calles de estilo europeo es el magyar. “Somos bilingües, el serbio lo aprendemos en la escuela, aunque mi lengua materna es el húngaro”, me explica Sonja, una diseñadora gráfica de Subotica que se gana la vida haciendo de guía turística de su ciudad. Sonja es amiga de unos conocidos en Zrenjanin, que insistieron para que la llamase. A pesar de tener mi edad, 35, aparenta diez años menos. Es más bien bajita, tiene  unos grandes ojos azules  y lleva unas gafas de montura de pasta que le resbalan todo el rato por su nariz chata. El lunes llevaba el pelo recogido en una coleta al lado y llevaba mil capas de abrigo, porque estaba saliendo de un catarro. “Si me enfermo de nuevo será culpa tuya”, bromea . COnectamos enseguida. SOnja habla rápido y tiene un humor irónico, que utiliza para meterse conmigo en un inglés con acento británico. “Mi sueño es ir a vivir a Reino Unido, pero es imposible por ahora”, me explica, después de enseñarme el ayuntamiento, una obra maestra de Art Nouveau húngaro de principios de siglo.

el palacete del arquitecto Ferenc Reichl
el palacete del arquitecto Ferenc Reichl

El padre de Sonja murió hace tiempo y ella vive con su madre, de quien tiene que hacerse cargo por motivos de salud. “Mi hermana pequeña es muy lista, es abogada y se fue a vivir con el novio”, bromea. Sonja no fue a la universidad. Estudió diseño gráfico en un centro de formación profesional y ahora trabaja como guía municipal en el Museo de la ciudad. Su sueldo es de unos 270 euros al mes, con lo que le queda muy poco dinero para ahorrar. “Aquí los sueldos son mas bajos que en el resto de Serbia”, se lamenta. En Zrenjanin, un puesto de funcionario con titulacion universitaria en los Archivos Municipales cobra unos 400 euros al mes. “Estoy atrapada en Subotica”, comenta, encongiendose de ombros.  Sonja solo ha salido del país en contadas ocasiones – . tres veces para ir a Inglaterra, donde tiene a una amiga, y alguna vez a Croacia y Hungría. El visado no es un problema para ella: a diferencia de otros serbios, Sonja tiene  la suerte de tener el pasaporte húngaro, es decir, europeo. Desde hace cinco años, el gobierno de Hungria concede la nacionalidad a aquellos ciudadanos de otros países que hablen la lengua y demuestren tener una antepasado húngaro, como es el caso de la mayoría de ciudadanos de Subotica. Muchos de estos serbo-húngaros aprovechan para ir a estudiar  Szeged o Budapest y de allí encontrar un trabajo en otra parte, pero a Sonja no le apetece vivir en Budapest. “No me veo en Hungría.  Quiero ir a Reino Unido, quizás a Manchester”, dice convencida. Lo que mas le gustó de sus visitas a Inglaterra fue el clima, “no es muy extremo en verano ni en invierno, y la naturaleza. “Ah, es todo taaan verde”, suspira. “Aquí también tenemos una naturaleza bonita, pero es todo muy llano”, añade.                              Hasta hace poco , Sonja jugaba a tenis y hacía 40 km diarios de bici en el gimnasio, pero lo tuvo que dejar por un dolor en la rodilla. “No sé que tengo, pero no pienso ir al médico para que me de hora para de aquí a unos meses o me diga que tengo que tomar complejos vitamínicos”, dice. El precio que ha tenido que pagar es ver como se ensanchaban sus caderas, se lamenta, riendo. Las calles del centro de Subotica estan salpicadas de palacetes y edificios de estilo Art Nouveau y uno  tiene la sensación de estar en Europa. Sonja se mueve en bici, abrigada con su gorro de lana y guantes infantiles, y un bolso cruzado a la espalda donde guarda las llaves de los monumentos de la ciudad. Después de pasearnos por el ayuntamiento y contemplar sus techos, columnas y vitrales decorados con tulipanes, corazones y colas de pavo real, los símbolos de Hungría, Sonja me lleva a la sinagoga de la ciudad. La fachada de Art Deco ha sido restaurada hace poco, pero nosotros entramos por la puerta de atrás.

sinagoga de Subotica
sinagoga de Subotica

SOnja mete la llave en el cerrojo, empuja la vieja puerta de madera y la luz gris ilumina el interior. A pesar de estar en ruinas, el espacio es sobrecogedor. “EsFue la tercera sinagoga más grande del imperio de lso Habsburgo”, me explica Sonja. Las columnas y paredes están cubiertas de polvo, pero los vitrales y frescos todavía conservan los colores vivos. La sinagoga fue levantada a principios de siglo XX para albergar una comunidad de unas 3000 judíos. La mayoría murieron o fueron deportados durante la segunda Guerra Mundial y hoy la población judía de Subotica no alcanza las cien personas. “Cuando terminen las reformas está previsto que sirva de sala de conciertos”, me explica Sonja. La enorme  lámpara de hierro forjado que un día colgó del techo yace ahora en el suelo, impidiendo el paso al altar, donde distingo los tubos del órgano. “No sabía que las sinagogas había órgano”, digo. “Yo tampoco”, dice Sonja, que tampoco es religiosa. “Haciendo de guía se aprenden muchas cosas, como que en las sinagogas cada miembro de la comnidad judía tenía su asiento asignado”, me dice, señalando la hilera de sillas de madera numeradas amontonadas al fondo del templo. “Tampoco sabía que las mujeres no podían entrar en la sala central, tenían que seguir la ceremonia desde el piso de arriba”,dice. En el interior de la sinagoga hace un frío que se te cala en los huesos e insisto en invitarla comer. Son las dos de la tarde, pero en Serbia no hay horario de comidas. “La gente no come hasta que sale del trabajo, no hay pausa para comer”, dice SOnja desde el restaurante, un local de pizzas frente a una mansión art deco que perteneció a un conocido arquitecto, llamado Ferench Reichl.  Sonja pide un te. “Soy tradicional, me gusta comer en casa”, dice. La oigo hablar en húngaro con los camareros, pero se queja de que de vez en cuando se encuentra con algun camarero que solo habla serbio.Durante la década de los 90, más de 700.000 serbios se desplazaron al norte del país huyendo de las guerras de Eslovenia, Croacia, Bosnia y Kosovo.   “Tuvimos que crear trabajo y hogares para todos estos refugiados”, me explica, bebiendo su te despacio. La convivencia entre minorías nunca ha sido un problema. En las calles de SUbotica todo está rotulado en tres idiomas -croata, serbio y húngaro – y no es obligatorio saber el húngaro para tener un trabajo, “pero se agradece que hagan el esfuerzo por aprenderlo”, dice SOnja antes de despedirnos.

De nuevo en el coche, dejo atrás  granjas oscuras con los hórreos de madera llenos de mazorcas hasta coger la autopista. Enmedio del trayecto, me detengo a llenar el depósito en una de las numerosas gasolineras. Ésta en cuestión es  de la MOL, la compañía de petróleos húngara. La estación de servicio está vacía y el ‘gasolinero’ deja enseguida la escoba para venir a ayudarme. Es un hombre alto y corpulento, con nariz prominente y unos ojoso de mirada afable  que me miran con curiosidad bajo el  gorro de lana. “¿De dónde eres?  , me pregunta, al ver que no hablo serbio.

“De Barcelona”, respondo, pensando si en alguna gasolinera de España hablarán inglés tan bien como este hombre.  El hombre tiene unos cincuenta años y la verdad es que me parece bastante apuesto.

-De Barcelona! Y estás a favor de la independencia de Catalunya?- dice , devolviendo la manguera al expendedor de gasolina.

-Neh. No creo que la independencia sirva de nada- digo. Y le suelto el rollo de que a mi lo que me gustaría es que los estados y fronteras desaparecieran, y que la independencia está obligando a algunas personas a tener que escoger entre una identidad o otra,  y me parece un problema que no teníamos antes. – “Aquí en Serbia me siento como en casa, es Europa…

-Pensaba que los jóvenes estaban a favor de la independencia.

-Mitad, mitad.

-La independencia no sirve de nada, tenéis el ejemplo de los Balcanes- me suelta-.  Mira  lo que pasó en Bosnia, Croacia.. la gente de esos pueblos estaba tan tranquila sentada en sus café y decía, “pse no habrá nunca guerra, ya lo veras”, Y al dia siguiente se estaban matando  entre ellos. Yo soy de Montenegro, mis padres vinieron aquí cuando era pequeño. Y mira, Montenegro decidió independizarse y ahora qué ¿ para que? Les va peor que antes, se han vendido a los usos.

Me encojo de hombros, no sé nada de política de los Balcanes. El hombre  me pregunta mi nombre y nos sonreímos mientras subo la ventanilla. Él vuelve a su escoba y yo a Zrenjanin, donde acabo la noche pendiente de las felicitaciones de Faisibuki. Todos mis exlovers se han acordado de mi y me siento orgullosa de mis hombres. Hasta mi abuelo de 97 años me ha escrito un email para felictarme. Abuelo, si has leído hasta aquí, que sepas que te quiero mucho.

 

 

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