La obsesión peruana

El domingo pasado quedé para tomar un café en Novi Sad con Bojana Kovacevic, una de las traductoras de español más reputadas de Serbia. Bojana es de Zrenjanin pero se mudó a Novi Sad después de casarse y obtener una plaza de profesora de español en la Facultad de Filosofía de la ciudad. Me encanta Novi Sad. Hace dos veranos pasé una noche loca en esta ciudad a orillas del Danubio y cada fin de semana intento buscarme una excusa para pasear un rato por las calles del centro, flanqueadas por casas de estilo neoclásico pintadas en colores crema y pastelerías y cafés en cada esquina. Después suelo quedar con mi amigo Vojin, un documentalista de la televisión regional de Vojvodina, ex jugador de basquet y exmacarrilla del barrio de Satelit, uno de los más marginales de la ciudad.

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puesta de sol en Novi Sad

Con Bojana nos citamos a las cuatro de la tarde frente a la Catedral católica, donde desemboca la calle Dunevska. A pesar de habernos visto solo por fotos de Facebook, reconocí a Bojana de inmediato por su pelo. Bojana, una mujer alta y corpulenta, de 44 años, tiene una frondosa cabellera rizada, de color zanahoria, que es como tres veces su cabeza. “Es imposible de peinar”, me explica, entornando sus bonitos ojos azules cuando nos sentamos en su cafetería favorita, frente al Teatro Nacional. Fuera hace un frío que pela y los abrigos y bufandas se acumulan en las sillas y colgadores de este pequeño local de dos pisos, que a las cuatro de la tarde está lleno de jóvenes tomando café o picando algo (en Serbia no hay horarios de comida).  En la mesa de al lado, una chica está a punto de hincar el tenedor en una pizza cubierta de kétchup mientras su compañera contempla su plato de ensalada. Bojana se retira el pelo de la cara y pide un Nescafé, una bebida caliente a base de café, nata y chocolate, muy popular aquí. “¿Solo quieres un café?”, me pregunta, en su español impoluto, antes de que se marche el camarero. Le digo que sí y enciendo un cigarrillo. El local está lleno de humo, no vendrá de un poco más, pienso. Bojana no fuma, pero dice que le encanta el olor a tabaco y el humo a su alrededor.  “Supongo que no tardaran en prohibir fumar, como en Europa”, dice, retirándose el chal de lana y volviéndose a retirar el pelo hacia atrás. Bojana tiene un hablar pausado – todavía no he conocido a nadie en Serbia que hable deprisa o vaya acelerado- y no puedo evitar fijarme en el pequeño lunar bajo sus labios, pintados de color rosa violeta. Si fuera hombre me enamoraría de esta mujer, pienso, mientras Bojana empieza a contarme su historia.  “La idea de estudiar español la tengo desde pequeña, cuando me enteré que teníamos familia en Perú y Argentina”, me explica, con ojos brillantes. Bojana nació en Zrenjanin pero la familia de su madre – los BaŠkovic- son de una pequeña isla de Croacia, cerca de Split, en la costa Dálmata. Su abuelo y su tío abuelo eran empleados en una conocida cantera de mármol local – “de allí salieron piedras para construir la Casa Blanca!, me dice Bojana – y, dada su experiencia con el mármol, les salió la oportunidad de ir a trabajar a Latinoamérica.  “Dieron muchas vueltas, viajaron mucho, pero al final mi abuelo se hartó y decidió regresar a Yugoslavia”, recuerda. Al regresar a casa, el abuelo de Bojana se casó con una mujer serbia y con su nueva esposa decidieron mudarse a Zrenjanin, en Vojvodina. Su tío abuelo, en cambio, se quedó en Perú. “De vez en cuando recibíamos cartas suyas, escritas en letra muy grande, porque se estaba quedando ciego. Pero cuando mi tio abuelo murió, la correspondencia se cortó , porque ninguno de sus hijos ni descendientes aprendió a hablar serbo-croata y en nuestra casa nadie hablaba español”, me explica Bojana, dando un sorbo a su café cubierto de nata. Y así, con doce años, Bojana se propuso aprender español. “Más adelante, en el instituto, un buen amigo de mi clase me descubrió la literatura latinoamericana y me fascinó”, recuerda Bojana, que admite ser una admiradora de Vargas Llosa. El amigo en cuestión,  Ugljesa Sajtinac, es hoy un  reconocido escritor y dramaturgo serbio, ganador del Premio de Literatura de la Unión Europea en el año 2014. “Ugljesa estaba obsesionado con la literarua hispanoamericana, incluso tenía un ‘penfriend’ peruano. Todavía somos muy amigos”, me explica Bojana alzando la voz para hacerse oir entre el murmullo de voces de la cafetería. Era finales de los 80 y en Zrenjanin no había nadie que supiera español, “así que me fui a Belgrado para comprarme unos libros e intentar aprender castellano por su cuenta”, dice. Más adelante, al terminar el instituto, volvió a la capital para estudiar Filología Hispánica en la uNiversidad. “Tenía un montón de planes de futuro, viajar a España, hacer un máster.. pero tuve que renunciar a mis sueños cuando mi padre murió, de un día para otro, y tuve que ponerme a trabajar. Fue un golpe duro, murió de un ataque al corazón, nadie se lo esperaba”, recuerda Bojana, con aire triste. La muerte de su padre forzó a Bojana a regresar a Zrenjanin y hacerse cargo de su abuela y de su madre, que estaba a punto de jubilarse. “Eran 1993, una época muy dura, en medio de la guerra de Croacia y de Bosnia, con una inflación terrible. Mi padre como jubilado cobraba 5 marcos alemanes al mes, menos de 5 euros”, recuerda Bojana. Gracias  a su dominio del inglés y del español, Bojana encontró trabajo de periodista en la cadena alemana Deutsche Welle; por las tardes daba clases de español en una academia y por las noches a particulares. “Trabajé como nunca”, explica. En aquella época, la Deutsche Welle le ofreció la posibilidad de ir a trabajar a la sede, en Bonn, pero Bojana acabó renunciando. “No hablaba alemán, mi madre se quedaba sola con mi abuela, que tenía 96 años..”, explica. En 1996 viajó por primera vez a España con un empleo temporal en ventas – “me hubiera quedado, pero era complicado obtener el visado” – , y después regresó a Zrenjanin para trabajar en el canal local de radiotelevisión, Santos, y hacer de traductora en eventos oficiales. Fue en esta nueva etapa, más tranquila, cuando Bojana conoció a su marido – profesor de Dramaturgia en Novi Sad –  y empezó a replantearse su objetivo de entrar en el mundo académico y hacer traducción de literatura.  “Entrar en la universidad era mi sueño”, explica.  Finalmente, volvió de nuevo a la facultad de Hispánicas de Belgrado para hacer un máster e iniciar su carrera como traductora literaria. Al finalizar el bloqueo internacional, en el año 2001, Bojana se acabó convirtiendo en la traductora de referencia en Serbia cada vez que venía una personalidad hispánica. “Me ha permitido conocer autores muy interesantes”, recuerda, terminado su Nescafé y mirando el reloj, nerviosa. A las seis ha quedado con su marido y su hija de nueve años para ir a un concierto infantil en la Sinagoga de Novi Sad y nos queda poco tiempo. Entre sus trabajos de periodista, las traducciones y los ensayos académicos, Bojana era consciente de que tenía pendiente un tema: retomar el contacto con su familia peruana y argentina. Lo hizo finalmente en 2010, con la ayuda de Facebook. “Descubrí que tenía mil primos en Latinoamérica con mi apellido croata, Baskovik!. Mil! Te lo puedes creer?”, exclama, cubriéndose de nuevo con el chal. A través de las redes sociales, Bojana ha restablecido el contacto con algunos de sus primos. Uno de ellos, que vive en Madrid, la vino a visitar hace poco y juntos fueron a visitar la antigua casa familiar en la costa croata, que la heredó otro primo, residente en California.  “Quiero volver este verano con mi hija”, me explica Bojana, levantándose para pagar. Desde hace dos años, Bojana vive con su marido y su hija en un barrio residencial de casitas con jardín en las afueras de Novi Sad, donde tiene desde hace poco una plaza fija de profesora de español n la facultad de Filosofía y Letras. “Estoy muy contenta, porque el año que viene tendremos un departamento de filología hispánica y traducción, como en Belgrado”.

Al salir fuera ya es oscuro y la niebla empieza a extender sus brazos por las calles de la ciudad.  Bojana camina a paso rápido y decidido, y yo intento seguirla a su lado mientras me cubro la cabeza con el gorro de lana. En una esquina, el marido de Bojana y su hija nos esperan en la verja de la sinagoga con cara de frío.  “Hola!”, me dice en español la hija de Bojana, una niña alta y robusta, con un flequillo espeso y una mata de pelo rizado recogido en una cola de caballo. “Tiene el mismo pelo que yo, y para peinarlo cada mañana es un problema. Yo ya ni si quiera me peino”, bromea Bojana antes de despedirnos.  Su hija me mira y sonríe. Le encantan las lenguas, como a su madre. Además del inglés y del español, que aprende con su madre, “mi hija está estudiando húngaro, que es muy difícil”, me dice Bojana, orgullosa. El concierto empieza con re

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Vojin me ha enseñado a hacer ‘kavana’ y a cómo pasar cuatro horas en un bar sin aburrirse ni un segundo

traso y las dejo sentadas en el banco de madera de la antigua sinagoga, un edificio grande de ladrillo y remates dorados que logró sobrevivir a la ocupación
nazi. Hace dos domingos, me invitaron a un concierto de música clásica en esta misma sinagoga, pero nunca llegué. Antes del concierto quedé con Vojin y nos acabamos emborrachando de vino blanco en nuestro bar favorito, el Caffe DV. A eso se le llama hacer kavana, una costumbre serbia de quedar en un café sin  saber cuándo ni cómo se va a salir de allí.

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