“Yo solo como huevos para desayunar”

Los inviernos en el Banat son duros, típicos del clima continental de los Balcanes. El último domingo de noviembre, después de casi una semana de lluvia y cielos encapotados, un viento frío empezó a soplar sobre la estepa de Vojvodina, anunciando la llega definitiva del invierno.  “Hace un día perfecto para ir a buscar endrinas”, dijo Milan, señalando por la ventanilla del coche los arbustos espinosos cargados de una fruta silvestre de color violáceo que flanquean la carretera, en las afueras de Zernjanin. Aprovechando la mañana de sol, Milan, Tatjana y yo decidimos hacer una excursión para visitar las ruinas de una abadía cisterciense abandonada en medio de los campos de maíz del Banat.  Mientras Tatjana conducía, Milan observaba con cara de emoción los arbustos llenos de esta frutilla violácea que crece en invierno y suplicaba a su esposa que detuviera el coche para poder recoger unas cuantas. “Así, crudas, las trninas son un poco amargas. Pero sale una confitura deliciosa, ya verás!”, exclamó, abriendo la palma de su mano para que probase una. Di un pequeño mordisco y comprobé que tenía un color y textura muy parecido al de una ciruela, aunque mucho más amarga.

Con la bufanda atada al cuello, Milan se movía despacio entre los arbustos, con cuidado de no pincharse, e iba arrancando endrinas de una en una, hasta llenar una bolsa de plástico. Tatjana y yo le ayudamos un rato, hasta que nuestras manos se quedaron heladas y regresamos al interior de su Mercedes familiar, con la calefacción encendida. No era cuestión de que nos faltasen calorías. Diez minutos antes estábamos desayunando en una panadería de Melenci, en húngaro Melence, un pueblo a unos 20 km al noreste de Zrenanin conocido por tener uno de los molinos de viento más antiguos del Banat. El torreón de piedra del molino es del año  1891, pero el motivo fundamental nuestra parada era probar los bureks de queso de la panadería Stojcović. “Un amigo mío me ha dicho que son los mejores de la región”, dijo Milan.

“Pero si acabamos de desayunar en casa un bol de yogur con granola”, protestó Tanja, ajustándose la parka antes de salir del coche. En la panadería no había nadie, excepto la dependienta con delantal blanco que esperaba atenta tras un mostrador lleno de bollos y bandejas de bureks redondos recién horneados. Los bureks son unas pastas de hojaldre de origen turco, y suelen estar rellenas de carne picada, queso fresco o incluso de pizza, ‘picsa’, un mix que lleva de todo. Pedimos tres porciones de burek de queso y yogures para cada uno. “Los bureks se comen siempre con yogur”, me explicó Tatjana, abriendo su recipiente de yogur líquido. Burek con yogur es el desayuno típico,  que se suele comer en la pausa del trabajo.

img_20151129_105848.jpgEl burek estaba calentito y crujiente, y Tatjana acabó terminándolo entero.“En la Zrenjanin es difícil encontrar buenos bureks, suelen ser más aceitosos”, dijo, desmenuzando el hojaldre con el tenedor. Milan, sentado frente a nosotras, hacia rato que había terminado su pasta y fumaba su segundo cigarrillo. “Esta panadería es de 1905”, dijo, señalando las pinturas en blanco y  negro que decoraban en la pared. Las imágenes mostraban cómo era la panadería a principios de siglo, cuando el Banat era una rica región agrícola e industrial. La antigua panadería, ‘pekara’, de los Stojcovic, no tiene nada que ver con el actual local de dos pisos pintado de color rosa al pie de la carretera,  pero sigue en manos de la misma familia. Los  Stojcović eran emigrantes de Macedonia, me explicó Milan, sin sorprenderse demasiado. En Serbia se dice que la mayoría de pekaras y pastelerías pertenecen a emigrantes macedonios, aunque no he encontrado todavía datos que lo confirmen.

La carretera que une Zrenjanin con el norte de Vojvodina, hasta llegar a la frontera con Hungría, atraviesa varias aldeas rurales bastante pobres, donde se ven ancianos en bicicleta cargados con bolsas de la compra y granjas destartaladas con gallinas correteando por el patio. Muchas de estas aldeas se han ido despoblando en los últimos años. Los jóvenes emigran a Belgrado o a Novi Sad, y solo vienen a pasar el fin de semana, para ayudar en la granja o salir de caza, una de las principales aficiones de los habitantes de la zona. El Banat es una zona conocida por su diversidad de fauna, sobretodo aves y pájaros, ya que es una zona de paso entre el norte y el sur y tiene pantanos de aguas saladas (hace millones de años, las tierras bajas de Vojvodina eran un mar, el llamado mar de Panonia).

Uno de mis cazadores de fin de semana favoritos es Nenad, un chico de 28 años nacido en Međa, un pueblo del Banat cercano a la frontera con Rumanía. Nenad vive y trabaja en Zrenjanin, pero casi cada fin de semana va a ver a sus padres, campesinos emigrantes del sur de Serbia. Nenad era uno de los estudiantes más brillantes de su escuela y quería ser médico, pero tuvo que renunciar a la carrera de Medicina porque en casa no tenían recursos para poder asistir a los cursos preparatorios para el examen de entrada. Apasionado del campo y de la naturaleza, Nenad acabó estudiando Bioquímica en Novi Sad y ahora trabaja en una empresa de semillas de Zrenjanin. Tiene un buen salario – unos 500 euros al mes – , coche propio y de vez en cuando viaja por trabajo a otros países, sobre todo a Italia.  “Sé que tengo una situación privilegiada”, me dijo, el día que nos conocimos en el Vremeplov, el bar de Vuk. Después de varias cervezas, Nenad me confesó que lo que más le gusta en este mundo es regresar cada fin de semana a su pueblo y salir de caza con su padre y su hermano. “Faisanes, jabalíes, conejos… lo que sea, el Banat es una zona de caza muy rica. A veces cruzamos andando la frontera hasta  Rumanía y cazamos allí, que hay menos cotos”, bromea este joven de mirada risueña y risa contagiosa. En casa de sus padres, Nanad también ayuda en las tareas del campo y aprovecha para llevarse la comida que prepara su madre, como el cerdo ahumado que me cocinó hace poco para cenar, acompañado de patatas de su granja. “Asado de cerdo. Es un plato fácil, solo hay que condimentarlo con hierbas y cocerlo en el horno”, me explicó antes de cenar, brindando con chupitos de rakija de membrillo. “El licor también es casero,  así que no hay peligro de resaca”, me tranquilizo, riendo. Entre lingotazo y lingotazo, le dije que yo no solía comer mucha carne y que mis dotes culinarias dejaban bastante que desear.  “Pues en Serbia somos muy tradicionales, ya sabes, la mujer a la cocina, y el hombre a cazar”, bromeó. Le dije que igual un día le cocinaba una tortilla de patatas. “¿Huevos para cenar? Los huevos son para desayunar. Yo no concibo ninguna comida sin carne”, me espetó, medio en broma, medio en serio. La verdad es que el cerdo asado estaba bueno, pero todo mi respeto por la cultura gastronómica de Nenad se arruinó cuando me dijo que la pizza en Serbia estaba más buena que en Italia. Lo más divertido es que Nenad y yo nos comunicamos con la ayuda de Google Translate. Su inglés hablado es muy básico, a pesar de que lo entiende todo gracias a las películas, que aquí no se doblan. En la escuela de su pueblo aprendió el ruso. “En Međa nació el actor de Superman, lo sabías?”, presume, refiriéndose al actor Johhny Weissmuller, nacido en el siglo pasado en el seno de una familia de colonos alemanes del Banat. El municipio de Međa (Párdány en húngaro, Pardan en alemán y Meda en rumano)  fue parte del imperio austrohúngaro y durante los siglos XVIII y XIX fue poblada por colonos alemanes – suabos del Danubio – , eslovacos, húngaros y rumanos y judíos, entre otros, que convivían con la comunidad autóctona serbia. Tras la primera Guerra Mundial, Meda pasó a ser parte de Rumanía y después fue devuelta a Yugoslavia. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, la numerosa población de origen alemán fue perseguida por el nuevo régimen comunista o obligada a emigrar, como el caso de Weissmuller. Muchos pueblos del Banato quedaron semi vacíos y fueron ocupados por nuevos colonos del sur de Serbia y de las regiones de Bosnia y Hercegovina, como el abuelo de Nenad.

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estofado de ternera de La Gata Gorda (Debela macka), un restaurante que mola mucho en Zrenjanin. La vida de muchos serbios no tiene sentido sin carne

 

En el trayecto hasta Arača, de vez en cuando, aparecía algún faisán de plumas verdes y rojas entre las ramas grises de los arbustos de endrinas , y los tres – Milan, Tanja y yo – soltábamos a la vez un ohh de admiración. “En esta región hay más de doscientas aves diferentes”, leímos en un cartel al pie de la carretera, que anunciaba la entrada a la Reserva Natural de Slano Kopovo,  una planicie salpicada de pantanos salados, al noreste del río Tisza. Las aves migratorias siguen el curso de este gran río europeo, que atraviesa toda Hungría y Serbia antes de desembocar en el Danubio. Ese día el cielo azul estaba salpicado de grupos de pájaros volando en direcciones diferentes, siluetas negras que dibujaban formas geométricas sobre nuestras cabezas. Mi conocimiento sobre pájaros es nulo – antes de llegar a Serbia no era capaz de identificar un faisán macho o hembra – pero este lugar es el paraíso para cualquier ornitólogo. No muy lejos, un pastor se afanaba en hacer cruzar un rebaño de ovejas por la carretera. En el mismo punto, escondido entre los arbustos enmarañados, asomaba la entrada de cemento a un búnker alemán de la Segunda Guerra Mundial. “Estas carreteras están plagadas de búnkers”, me explicó Milan, mientras tomamos un desvío por un camino sin asfaltar que atravesaba campos de maíz. El camino llevaba hasta las ruinas de la iglesia de Arača, una basílica de estilo románico levantada en el siglo XIII en el seno de un asentamiento de colonos húngaros. La iglesia fue derruida durante los ataques otomanos en 1551 y no volvió a ser reconstruida, pero hoy todavía queda en pie la fachada y el torreón posterior, de estilo gótico, que está en proceso de restauración. Cuando llegamos a Arača vimos un par de trabajadores enfilados a los andamios, sin casco ni protección. A unos trescientos metros, en medio del campo, cuatro hombres se habían sentado en unas sillas de lona alrededor de una mesita de camping con varios dispositivos electrónicos encima. Milan y yo nos acercamos para ver qué hacían, ensuciándonos de barro hasta las rodillas.  “Estamos explorando qué hay a cinco metros bajo tierra”, explicó el hombre más mayor, vestido con chaqueta de explorador. Nos explicó que eran un equipo de ingenieros físicos, geólogos y topógrafos  de la Universidad de Novi Sad, encargados de investigar los restos del antiguo asentamiento húngaro. “Aquí debajo hay casas del siglo XIII”, nos comentó el ingeniero jefe, comprobando que los cables estaban en orden. Al marcharnos, vi que en los alrededores de la abadía, alguien había depositado una corona de flores secas con la bandera húngara.

 

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