“Acabo de vender un cerdo a Barcelona”

Salir de excursión por los alrededores de Zrenjanin con Milan y Tatjana es una de mis actividades favoritas, porque nunca sabes cómo va a acabar el día. Hace dos domingos -el último día que brilló el sol y el cielo azul en las llanuras del Banat- fuimos a visitar una abadía en ruinas en medio del campo y acabamos recogiendo endrinas entre arbustos espinosos al pie de la carretera para hacer mermelada (dice Tatjana que salió amarga, y por eso no me la han dejado probar).  Hoy la intención era hacer una caminata de dos horas por los cañizares de Carska Bara, una reserva natural de aves migratorias salpicada de pantanos y canales, que extiende entre los ríos Tisa y Bega. Pero visto el caca-tiempo que hacía-niebla espesa y sensación térmica rondando a los 3 grados- hemos decidido cambiar de planes. Primero hemos visitado el castillo de Ečka, a la salida de Zrenjanin, un palacete de caza que se hizo construir un marchante húngaro en 1820 y que actualmente es un hotel de semi-lujo. A la inauguración del palacio asistió el conde Ezterhazi, máximo exponente

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castillo de Ecka, donde tocó Lizt

de la nobleza húngara, acompañado de su protegido, el pianista Franz Lizt, que dio aquí su primer concierto en público. El palacio está pintado en tonos rojos y blancos, con porches de madera oscura que dan a los jardines de la finca, donde quedan en pie algunas esculturas con motivos de caza rodeadas de rosales marchitos por el frío. Mientras nos calentamos en la cafetería del hotel, Milan me habla de su familia. Su abuelo y su padre nacieron en Perlez, un municipio rural a cinco minutos de donde estamos, cuyo nombre fue puesto en honor a un noble de origen catalán, Francesc Ramon de Vilana-Perles,  designado administrador del imperio austrohungaro en el Banat  entre 1752 y 1768.  “Siempre hemos creído que tenemos origen español”, me explica Milan, con cara de ilusión.  Es más bien calvo, no muy alto y tiene los ojos oscuros, pero no creo que eso sea suficiente para demostrar sus genes ibéricos. El hombre que dio nombre a Perlez, Francesc Ramon de Vilana-Perles era el heredero de Ramon de Vilana-Perles, marqués de Rialp, hombre de confianza de Carlos de Austria y uno de los altos cargos del exilio español en Viena (Se exilió en 1713, durante la guerra de Sucesión). A pesar de llevar el nombre de un noble español, Perlez entre los siglos XVIII y XIX fue repoblada en su mayor parte por familias de agricultores alemanes, que convivían con la población serbia, como la mayor parte del Banato oriental, fronterizo con Rumanía.

“Mi abuelo me explicaba que durante la Segunda Guerra Mundial escondió a partisanos y comunistas de los nazis, y al terminar la Guerra, escondió a sus amigos alemanes de los comunistas”, me explica Milan mientras nos subimos de nuevo al coche para llegar hasta Perlez.  Actualmente, el municipio no es mucho más que un puñado de casas bajas de estilo clásico del siglo pasado en estado ruinoso, con las cornisas despintadas y las puertas carcomidas, y algunas granjas en los alrededores. “La gente joven se va de los pueblos”, explica Milan, dando un paseo por la calle peatonal, envuelta en la niebla y el silencio. Tanto la iglesia católica como la ortodoxa, con un campanario pintado en color rosa claro, están cerradas,  y en el parque infantil no hay nadie jugando. Milan observa con aire triste los quioscos de comida rápida y de ropa interior barata con la persiana cerrada, en el cruce con la carretera, y se enciende otro cigarrillo. “Ya ves, es un pueblo cada vez más pobre”, dice, dando una calada. De pequeño había venido alguna vez con su padre a visitar a su abuelo, que seguía viviendo en Perlez. “Mi abuelo no creía en el Comunismo, y cuando vio que con la Yugoslavia socialista ya no había nada que hacer, se dedicó a beber y a ir de fiesta en fiesta”, me explica Milan. “Entonces mi padre, con 14 años, se largó de casa y se plantó en Zrenjanin. Dijo que no tenía padres y le pusieron en un orfanato. Así pudo estudiar”, añade Milan. Los ojos le brillan cuando habla de su padre, un hombre de pelo canoso , ojos azules y una sonrisa entrañable, que conocí una mañana en la tienda de Milan. Su padre vive ahora en Novi Sad y de vez en cuando viene a visitar a su hijo y a sus nietas. La hermana de Milan está casada con un danés y vive en Copenhague.

Al salir de Perlez hemos cruzado extensas llanuras de campos de maíz y cultivos de tierra negra por una carretera elevada, “la construyeron más alzada expresamente, por el peligro de inundaciones”, me explica Tatjana, que conduce muy seria. La niebla hace difícil la visibilidad. El Banato sigue siendo una región de clima hostil, pantanosa y húmeda, flanqueada por grandes ríos como el Tisa, el Danubio y el Mures, y no empezó a ser habitable hasta que el imperio austrohúngaro inició las tareas de drenaje, canalización  y reurbanización de sus ciudades, a mediados del siglo XVIII.

Después de detenernos en medio del campo para hacer el tonto en un pozo típico de Vojvodina, (los djeram sirven para dar de beber al ganado), Milan ha decidido parar en una granja para ver si vendían  algo interesante. “ A ver si nos hacen un buen precio por traer a alguien de Barcelona”, murmura Milan, al ver acercarse al campesino, un hombre alto, sin apenas dientes, con una visera roja y zapatillas de lana desgastadas. El hombre se  llama Svetomir Burka, ‘Batica’, y dice que tiene cerdos y ovejas a la venta. Le seguimos hasta la pocilga, pasando por un corral sucio. Una decena de cerditos rosados se acercan a saludarnos con sus morros babeantes y sus apacibles ronquidos. “¿Pero entonces vamos a comprar un cerdo?”, pregunto, sin entender nada. “Pensaba que íbamos a comprar manzanas o zanahorias”. Milan se ríe y asiente. “¿Vivo?”, respondo, imaginando al cerdo en el maletero del Mercedes, “No!, Ahora llamará al carnicero para que lo mate y lo descuartice. En una hora lo tiene listo. 200 dinares  (1,6 euros) el kilo, mucho más barato que en la ciudad!”, dice Milan, sacando la billetera para preparar el dinero. Milan calcula que sacarán unos 25 kilos de carne. Más los 500 dinares que costará el carnicero, son 5500 dinares, unos 45 euros. Tenemos carne para las próximas semanas, y además, en enero vienen las vacaciones de Navidad”, me explica Tanja, con sus ojos  rasgados de color gris fijos en los cerditos.

Para matar el rato vamos a comer pescado a una zona de camping a orillas del Tisa. EL dueño del restaurante es un chico alto y fornido, de unos treinta años, que presume de haber pescado un bagre de 55 kilos de peso y

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el río Tisa, rico en esturión esterlete, bagre y perca

dos metros veinte de largo. “Dos metros veinte, no dos, eh, que es mi record!”, me dice, riendo, mientras me enseña la foto en la que aparece él junto un pez feo y bigotudo, solo un poco más alto que él. A su lado están su mujer y su hijo de meses. Los tres viven en esta pequeña aldea junto al río y regentan  en este pequeño restaurante de pescado, abierto todo el año. A parte de riblja čorba, sopa de pescado con paprika, hemos pedido un plato de Kečiga , un tipo de esturión denominado esterlete, muy apreciado aquí. Estaban fritos, y al no tener ni una sola espina, su carne blanca y cremosa se deshacía en la boca. Desconozco si el esterlete está en especie de extinción, pero admito que estaba delicioso. También hemos pedido unos filetes de perca ahumados que sabían a bacon, acompañados de ensalada de patatas (kartoffelsalad, vamos). Todo bañando con rakija de dunja, la fruta del membrillo.

Cuando ya oscurecía, sobre las cuatro, hemos regresado a la granja de Batica, en Lok. Nos hemos encontrado al carnicero, un hombre con el rostro arrugado y cubierto con un mono de trabajo azul, terminando de cerditorascar la piel del cerdo, colgado por las patas, despues de ser desangrado. El siguiente paso es trocearlo en forma de carne comestible– lomos, costillas, morro, etc -, y para no esperar fueraa, Batica nos invita a tomar un café turco en la cocina.  Nos sentamos en la mesa pegada a la pared, cubierta con un mantel de hule. Encima hay un plato con bureks envueltas en un plástico azul y manojo de pipas de girasol sobre papel de periódico. “¿Un vasito de rakija?”, exclama Batica, eufórico, sacando la botella de licor y tres vasitos de una estantería. En cuestión de segundos estoy brindando con este hombretón de ojos avispados, que logra mantener un palillo en la boca sin tener dientes. El suelo es de cemento y está sucio de barro.  “Mira, esta era mi empresa”, dice Batica, descolgando un calendario amarillento colgado en la pared. El calendario es del año 2011 – el año que la cerró –  y está ilustrado con la fotografía de un tractor, unos silos de maíz y el eslogan de su fábrica de harina en letras mayúsculas: AGROBAZDA BATICA. “Ahora estoy jubilado, con la venta de cerdos no gano dinero” , explica Batica. Una anciana con el cabello teñido de negro y unas manos regordetas acaba de entrar a la cocina y se pone a fregar tazas en una palangana de plástico. “Es la vecina, que ha venido a preparar el café”, me explica Tatjana. La esposa de Batica murió hace seis años. “Una mañana me levanté y estaba muerta”, dice. “¿Tu estás casada, tienes hijos?”, me pregunta, curioso. Le digo que no. “Pues porque no te vienes a vivir aquí? Me levantaré más pronto que tu y te prepararé el desayuno, y si hace falta, también te lavaré los pies”, me dice, sin dejar de reír. La vecina deja las tazas de café turco humeante encima de la mesa, junto a una madera con un ajo pelado a medio cortar y un manojo de paprikas. La cocina tiene un aspecto desolador, pero Batica me asegura que ésta no es su casa. “Tengo una casa más grande, con jardín,  en el centro del pueblo, donde ahora vive mi hijo”, me explica, levantándose de la silla sin soltar la botella de Rakija. En un momento u otro puede tropezar

batica
Batica tirándome la caña. Los hipsters no me van

con el cubo lleno de mazorcas de maíz secas que sirven de combustible para los fogones. La puerta de cristal se abre y el carnicero aparece con una palangana llena de líquido rojo. “Son las vísceras, os las lleváis?”, pregunta. Tatjana dice que sí y Batica le da unas bolsas de plástico para que las empaquete. El resto de la carne viajará en una bolsa de basura grande, en el maletero. “Hemos llegado a un trato. Si le compro tres cerdos en los próximos años , me regalará el cuarto”,  me dice Milan, mientras Batica se sirve otro vasito de licor. El carnicero limpia sus cuchillos y los envuelve en papel de periódico, bajo la mirada atenta de la vecina, que se ha sentado en una punta de la mesa, y nos escucha hablar en silencio. Batica la mira sonriendo y nos dice: “Esta tarde, cuando la he llamado por teléfono, le he dicho: “vecina,  acabo de vender un cerdo a Barcelona”.

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