Grafitis en el ascensor

Hoy he vuelto a mi piso de  Vilassar de Mar después de cuatro días encerrada en casa de mis padres. Para variar, he estado enferma- fiebre alta, mocos, garganta inflamada- y en este estado de salud soy incapaz de cuidar de mi misma. Todo sigue igual que cuando me fui: el termómetro tirado sobre la mesa del comedor, la ropa desordenada sobre la silla, la nevera vacía, un kleenex acartonado abandonado en la mesita de noche, dos tazas sucias de café en el salpicadero. En el estudio, sobre la mesa de cristal, el portátil espera a que lo abra.  Me da pereza trabajar. El Facebook está lleno de comentarios en referencia al discurso de

llus vilassar
una merluza del Mercat de Vilassar de Mar poco después de escuchar que Puigdemont sería el nuevo president de la Generalitat

investidura del nuevo presidente catalán, Carles Puigdemont. Me importan un pepino, igual que el Procés. Pero he aprendido a relajarme y a respetar que hay gente en mi país que no es como yo, que para ellos la independencia de Catalunya tiene un peso emocional. Se sienten oprimidos. Tres cents anys d’opressió, aseguran.  A mi no me oprime nada, excepto la necesidad de tener que trabajar en profesiones que no me gustan para no quedarme fuera del sistema. Me gusta escribir, es lo único que sé hacer. Me gusta ir en chándal y conjuntar el color de la sudadera con el de las bambas, y cuando voy así, mi primo argentino se ríe de mi y me dice que parece que esté a punto de salir a comprar al WalMart.

Mi piso de Vilassar es de construcción barata, y desde la sala oigo a los vecinos entrar y salir de casa. Son un matrimonio joven con una niña de unos catorce años, que muchas tardes se queda sola con alguna amiga haciendo los deberes y escuchando música. A mis vecinos les gusta ir a la playa, y en verano me los cruzo en el ascensor vestidos en pareo y bañador, cargados con cestas, toallas y sombrillas. En invierno suelen cocinar todas las mañanas de domingo y el rellano huele a fideos a la cazuela. Madre e hija, rubias y de la misma estatura, me han pillado más de una vez haciendo poses presumidas frente al espejo en el ascensor. No dicen nada, pero sé que por dentro se están aguantando la risa. Por suerte no me han pillado nunca grabando con una moneda sobre el marco metálico el nombre de algún amante o alguna otra tontería.  Ayer estuve a punto de hacer otro grafiti en el ascensor en honor al cumpleaños de los tres hombres más interesantes que he conocido en el último año y medio. Los tres nacieron el 10 de enero. Uno vive en el Maresme, el otro está en Serbia, y el tercero, que ayer cumplió tres años, vive en Glasgow. El primero y el tercero me han agarrado el dedo durmiendo la siesta, el segundo, a pesar de robarme mis Marlboro Light, es la única persona que me hecho entender que ser tan competitiva es una estupidez.

“Estas hecha una campeona”, me ha dicho con sorna esta mañana Noa, la chica que me hace las uñas, a quien le cuento todas mis conquistas amorosas. Noa tiene 26 años, pero es más madura que yo y me hace de terapeuta personal. Cuando le explico mis líos emocionales, me mira con una mezcla de compasión y picardía, y va menando la cabeza de un lado a otro. Al final acaba riéndose de mí.

Después de hacerme las uñas he parado en la frutería de la calle Narcís Monturiol para comprar verdura troceada y limpia, un invento genial para vagos. La calle Narcís Monturiol es la calle más fea de todo Vilassar de  Mar, empezando por el nuevo edificio del mercado, un bloque de concreto gris sin balcones, flanqueado por un patio de hormigón sin un solo árbol. La construcción del edificio quedó suspendida con la crisis, pero hace un par de años volvieron las obras y ya está en funcionamiento. El mercado, en la planta baja,  es solo un puñado de paradetas de fruta, verdura y pescado a precios de DEAN & DELUCA, mientras que en los pisos superiores hay viviendas.

Mi padres son habituales del mercado de Vilassar y cuando las dependientas les ven aparecer por la puerta se les ponen los ojos en forma de dólar. El sábado por la tarde, enfundada en mi chándal y todavía con décimas de fiebre, acompañé a mis padres al mercado a comprar la cena. ¿Escamarlans? ¿Gambes? Tenim uns musclos arrebossats i farcits de peix que estan boníssims », exclamó la pescadera, excitada de ver a mi padre. A mi me conocen porque un día quise comprar calamares frescos para hacer calamares encebollados (eh! Sé cocinar, incrédulos) y mi madre les llamó antes para avisar de que su hija vendría a comprar calamares para dos, así que todo el pueblo se enteró de esa noche la hija de la doctora tenía una cita (Mi madre es médico del CAP). Mientras mi padre decidía qué comprar, yo me quedé embobada mirando un pez con la boca abierta. “¿Papá, qué es?”, pregunté, con voz nasal, asegurando que en la pescadería me seguían viendo como una pija retrasada. “Una merluza, hija, es el pescado más fácil de reconocer”. Detrás de mí, oía a mi madre comprar zanahorias, rábanos y una cajita de fresitas del Maresme en el puesto de verduras. Me gustan las fresitas, pensé, mirando al pescado boquiabierto. “Escamarlans, cuántos querrá?” , sonó la voz de la pescadera. “Póngamelos todos”.

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