¡Tiberios a 30 euros!

Mi prima Alejandra me llevó ayer a conocer el Cercle Filatèlic i Numismàtic de Barcelona, la asociación de aficionados al coleccionismo de sellos y monedas más antigua de España, fundada en 1924. Alejandra no tiene ni idea de monedas, como yo, pero su amigo Marc, un ex agente de las fuerzas de seguridad, de 39 años, es un coleccionista apasionado desde que es un niño, y cada martes se lleva a mi prima a la sede de la asociación, en un pequeño entresuelo del Eixample Esquerre.img_20160209_182023.jpg

“Los martes es el día que hay más ambiente. Vienen asociados de las comarcas de los alrededores para hablar de sus últimas adquisiciones, intercambiar o revender monedas, o consultar libros.  El Cercle tiene probablemente la mejor biblioteca de numismática de España”, me explica su presidente, Xavier A.R, un cuarentón de brazos fornidos y barba cuidada. El local está repleto de estanterías llenas de libros antiguos y vitrinas con monedas en exposición, y en el centro hay una gran mesa de madera donde un grupo de jubilados conversa animadamente sobre monedas romanas.  “La mayoría de los asociados son gente mayor, pero hay algunas excepciones, como Marc o como yo”, comenta el presidente, que se niega a darme el número exacto de socios por un tema de confidencialidad. “No queremos que la competencia sepa quiénes somos y qué manejamos”, añade Xavier. En el año 1955, un grupo de socios del Cercle decidió escindirse de la entidad para formar la Asociación Numismática de España (ANE), con sede también en Barcelona, y desde entonces ambas organizaciones compiten en su función de fomentar el coleccionismo y promover el estudio del sello y la moneda.

Xavier dice que su afición por el coleccionismo empezó de pequeño. “Era el típico niño que coleccionaba de todo, sin saber por qué”, admite, riendo. De mayor se fue especializando en monedas, y ahora tiene ya una pequeña colección, que incluye desde una moneda de 50 céntimos de la época franquista dedicada a San Pancracio – un regalo de su abuelo – a varios Thalers alemanes, un tipo de moneda de plata que circuló por Europa entre finales del siglo XV e inicios del XX. Según su estado de conversación, un Thaler alemán puede costar entre 20 euros y 6.000 euros, me explica Xavier. “Soy un friki en toda regla, colecciono monedas de todas las épocas y países”, añade el presidente, mientras ordena papeles en el mostrador de recepción. Por encima de su cabeza asoma una fotografía ampliada en blanco y negro del fundador y primer presidente del Cercle, el empresario catalán José Luis Clot.

El coleccionismo de monedas es una afición 100% masculina, en el Cercle no hay mujeres. Solo encontrarás mujeres en el coleccionismo de placas de cava”, comenta un señor grandullón y medio calvo de unos sesenta años, abrigado con un chaleco impermeable. El señor ha venido a pedir cambio a Joan, uno de los socios más veteranos, que se ocupa de la caja fuerte y de asesorar a los socios que tengan algún tipo de consulta sobre monedas.  Vestido con una camisa de cuadros de leñador, Joan es un hombre más bien pequeño, con el cabello canoso peinado hacia atrás y un bigote largo y espeso que cubre su labio superior, entorpeciendo su habla. Joan empezó a aficionarse a la numismática en los años 80 y desde entonces lo que más le preocupa es el impacto de Internet en el mercado de las falsificaciones. “Hay que ser cauteloso”, me dice, intentando hacerse oír entre el murmullo de voces masculinas que invade el local. Joan recuerda el caso de un intento de falsificación con un Sol de Oro, la antigua moneda del Perú, y me explica los viajes que realizaba a Suiza en los noventa junto a un grupo de numismáticos españoles para participar en las subastas de monedas antiguas. “Antes la moneda tenía valor por la cantidad de oro o plata que llevaban, en la actualidad su valor es simbólico” , me explica, antes de atender a un socio que quiere consultar un libro.

img_20160209_191219.jpg“Cada primer martes de mes organizamos una subastilla entre nosotros y el local está todavía más animado, porque vienen los socios de comarcas”, me explica Antonio, un coleccionista jubilado, vestido con pantalón de pana y jersey de punto de color beige. Antonio se aficionó a las monedas antiguas cuando tenía 20 años y acabó montando su propia tienda de antigüedades en la calle Muntaner. “Llegué a vivir de esto”, recuerda este hombre de sonrisa afable y cabeza totalmente calva. La tienda cerró hace unos años, pero Antonio sigue manteniendo su colección de monedas, que guarda en casa y en el banco. “Me interesan sobre todo las monedas del mundo antiguo, romanas, ibéricas, medievales…”, comenta, echando un vistazo a la colección de monedas, protegidas en una funda de plástico, que un compañero suyo acaba de depositar sobre la mesa. La colección incluye diversos kopeks de plata diminutos de la época del Pedro el Grande ( un zar de Rusia) y un bello ejemplar de tiberio romano, también de plata, con relieves del César e inscripciones a ambos lados.  Su propietario, un apicultor chaparro de Sant Llorenç de Savall, nos dice que está valorada en 300 euros. “Da igual de qué época sea, comprad siempre monedas bonitas, que se revalorizan más”, nos aconseja Antonio a Alejandra y a mí, que nos hemos quedado embobadas contemplando la delicada belleza de la moneda romana.

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moneda romana de la época del emperador Tiberio

“¡Yo vendo Tiberios a 30 euros!”, grita otro jubilado de mejillas sonrojadas y con una boina azul en la cabeza, volcando sobre la mesa su colección de monedas. Tiene acento vasco y no para de decir tacos. Nos dice que es de Cascante, un pueblo de Navarra, y busca entre las monedas un ejemplar de plata en el que puede leerse la inscripción en latín Cascantus. “¡Fue acuñada en mi pueblo!”, exclama, con orgullo. Esta tarde espera poder vender algunas piezas y nos anima a mí y a Alejandra a comprar. Le decimos que no, muertas de risa, después de oírle escuchar su fiesta de Carnaval en la Costa Brava y de que nos enseñe su carné de catalán independentista.  A sus 82 años, el coleccionista navarro está en plena forma. Canta en tres corales de Barcelona y en abril se ha apuntado a un viaje organizado a los fiordos de Noruega. “Ya he pagado 1000 euros y todavía no me he movido de Barcelona, aibá la ostia”, dice. El resto de los socios le observa con aire divertido, esperando a que calle de una vez. “Hoy ha venido para ver si vende alguna moneda y así se paga una parte del viaje a Noruega”, me confiesa Marc, antes de irnos.

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