Nostalgia pekinesa

La revista Viajes de National Geographic en español me había encargado un reportaje sobre Pekín y Xian para animar a los lectores a visitar China, pero después de pasarme todo el día escribiendo me han dicho que querían algo más enfocado a los lugares turísticos. Les he dicho que paso de hacer un copy paste de una guía turística y me  he tenido que comer el texto con patatas. Os lo dejo a vosotros, mis lectores absurdos, para ver si os animáis a viajar a China (y compraros mis libros🙂.

“Hay personas que desde pequeñas están obsesionadas con la cultura oriental. Son fans del manga, practican artes marciales, beben té verde o saben si son cabra, perro o cerdo según el horóscopo chino. A mí, personalmente, la cultura asiática siempre me pareció muy lejana. Quizá por simple ignorancia: no recuerdo que en la escuela nos enseñaran la historia de China con la misma intensidad que la de Europa o Estados Unidos. Mi único contacto con la cultura china se limitaba a comer rollitos de primavera, arroz tres delicias y pollo con almendras en el restaurante chino cerca de mi casa, aparte de leer alguna noticia sobre la polución o de cómo China se había convertido en la fábrica mundo. Por eso, cuando hace diez años mi pareja de entonces me propuso irnos a vivir a Pequín para cubrir los Juegos Olímpicos de 2008, mi primera reacción fue: “¿bfff, China?”. Pero me convenció (cosas del amor) y los cuatro años que pasé en China acabaron convirtiéndose en una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida.

Llegué a Pequín en enero de 2007 y recuerdo que hacía un frío tremendo. La capital china tiene un clima continental extremo – en invierno las temperaturas caen a varios grados bajo cero y en verano el bochorno aprieta – , pero la mayoría de los bloques de apartamentos todavía mantienen el sistema de calefacción central heredado de la era comunista, que funciona de noviembre a marzo.  Mi primer apartamento estaba en ‘compound’ de nueva construcción en Shuangjing, un barrio residencial al sureste de Jianguomen, la avenida principal de la ciudad, que cruza Pekín de este a oeste y separa la plaza de Tiananmen de la Ciudad Prohibida. Mi nivel de mandarín era muy rudimentario y para poder comunicarme con el taxista siempre llevaba en mano una tarjeta de visita del lugar que quería ir, con la dirección escrita en chino. Para llegar a mi casa sin problemas, desarrollé un truco muy efectivo: decía directamente que me llevaran al Carrefour de al lado de casa:  “Shuangjing Jia le fú” ,  exclamaba, orgullosa de mi pronunciación. El Carrefour de Shuangjing era nuevo de trinca y se había convertido en el destino favorito de los residentes de la zona este de la ciudad, especialmente los domingos y días festivos, cuando los chinos aprovechan para comprar. A simple vista, el Carrefour podía parecer un supermercado occidental cualquiera, pero los pasillos estaban impregnados de olores extraños, desde el penetrante olor del tofu frito, al de los fideos recién amasados, las verduras en vinagre o el dulce aroma de unos mangos pequeños y anaranjados que aparecían en primavera, llegados del sur.

En Pequín cada barrio tiene un olor especial. En Wangfujing, la calle más comercial de la capital, el aire se impregna del aroma de los pinchitos de marisco y cordero. En las calles que rodean la Ciudad Prohibida aparece el olor de las mazorcas de maíz y las manzanas caramelizadas, que los vendedores ambulantes intentan vender a las familias de turistas chinos llegados de todo el país para contemplar el majestuoso palacio imperial levantado por la dinastía Ming en el siglo XV. La Ciudad Prohibida es uno de los pocos monumentos históricos de Pequín que se salvaron de la destrucción durante la Revolución Cultural y de

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cara de monguer en Tiananmen

las demoliciones llevadas a cabo en las últimas tres décadas para modernizar la ciudad. Los turistas se detienen en la Puerta del Cielo para hacerse fotos bajo el retrato gigante de Mao Zedong y contemplar la vasta extensión de cemento de la plaza Tiananmen, justo enfrente. La entrada a la Ciudad Prohibida suele estar flanqueada por soldados jóvenes y delgaduchos con el rostro marcado por el acné y  los pantalones abrochados por debajo del pecho,  como si les fueran grandes.

Al salir de la Ciudad Prohibida por la puerta norte, me gustaba adentrarme en el parque Beihai y bordear los lagos, donde los jubilados suelen venir a hacer taichí o reunirse para cantar canciones tradicionales bajo alguna pagoda. Los parques era lo que me gustaba de Pequín. Mi favorito era el parque Ritan, junto al Mercado de la Seda, el centro comercial de ropa y complementos falsificados más grande de la ciudad. Por la mañana el parque Ritan suele llenarse de jubilados que sacaban a pasear a sus pájaros, una tradición típica china. Cuelgan las jaulas en la rama de un árbol, protegiéndolos del sol con un trapo, y ellos se quedan debajo, conversando o jugando a las cartas. Cuando cae la tarde, se ven muchos abuelos paseando en círculos con las manos a las espaldas, masajeando unas nueces, un ejercicio que va bien para mantener en forma las articulaciones. En el Ritan hay un pequeño lago con un barco-bar para tomar un té o una cerveza y contemplar los paisajes de rocas y los árboles en flor.

La primavera es la mejor época del año para visitar la capital china. Suele soplar un viento fuerte, que se lleva la bruma y la contaminación, y la ciudad queda cubierta por las flores blancas del Yan Shu, un tipo de sauce llorón.  Su pelusilla blanca cubre cabezas, hombros y abrigos, y se cuela en las casas a través de las ventanas. Una tarde de primavera, recuerdo pasear por Pequín con la cabeza cubierta de pelusilla y comprarme un da bing recién hecho. El da bing es un bollo relleno de carne picada y perejil, típico de la cocina del Norte de China, que utiliza más el trigo que arroz. Los fideos de harina de trigo y los raviolis rellenos – jiaozis y baozis – son más populares en los restaurantes Pequín que en las provincias del sur, donde comen más arroz.  Las porciones son siempre abundantes y lo más habitual es pedir ‘da bao’, para llevar.

El núcleo del Pekín moderno es Sanlitun, el barrio donde están ubicadas las embajadas e históricamente vivían los expatriados occidentales. En Sanlitun está la tienda de Apple, los centros comerciales más modernos e incluso restaurantes españoles como el Migas, que de noche se convierte en un bar de copas muy animado. Para escapar del bullicio de la ciudad, a mí me gustaba tomar café en el Bookworm, la librería de referencia de los expatriados y periodistas, donde siempre hay algún concierto o presentación de libro interesante.

Salir de la gran metrópolis pequinesa para respirar naturaleza no es complicado. A menos de dos horas de coche está la Gran Muralla y las montañas de Huairou, ya en la China rural. Para visitar la Gran Muralla, la Chang Cheng, solía llamar a mi amigo Xin Ping, un taxista pequinés que acabó montando su pequeña agencia turística[1]. Xin Ping es un cincuentón con el cabello cortado al raso, dientes carcomidos y una sonrisa de oreja a oreja. Hace ocho años manejaba un Volkswagen Jetta, un modelo especial de VW fabricado en China, y había aprendido inglés por su cuenta, practicando con los turistas y aprendiendo de libros de segunda mano. Fumaba como un carretero y mientras conducía se rascaba la oreja con la uña del dedo meñique izquierdo, que se dejaba larga. En China, conservar una uña larga es un símbolo de estatus: significa que la persona ya no tiene que trabajar en el campo.  Xing Ping se convirtió en el chofer oficial de nuestras escapadas a Mutianyu, mi acceso favorito a la Gran Muralla, mucho menos turístico que Badaling. Él se esperaba en el coche, mientras nosotros subíamos a los torreones de piedra y contemplábamos la Gran Muralla,

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en la muralla china, en 2008

un sendero de piedra gris que serpentea sobre las montañas peladas y se pierde en el infinito. La construcción de la Gran Muralla comenzó en el siglo III antes de Cristo por orden del emperador Qin Shi Huang, el primer emperador de la China unificada. La obra fue continuada durante siglos por dinastías posteriores para defenderse por el Norte de las invasiones de los pueblos nómadas y de los fieros mongoles, liderados por Genghis Khan. Bajo la dinastía Ming, la Gran Muralla se convirtió en “la estructura militar más grande del mundo”, según la UNESCO, que la acreditó en 1987 como Patrimonio de la Humanidad. Se estima que tiene más de 6.500 kilómetros de longitud aunque todavía no se ha establecido con exactitud su extensión.

Una escapada fácil desde Pequín es Xian, una de las cuatro capitales antiguas de China y punto final de la Ruta de la Seda. Xian es también el hogar de los famosos guerreros de terracota y de los mausoleos de los primeros emperadores de China.  Aunque sea en compañía de centenares de turistas chinos, vale la pena acercarse a contemplar el recinto arqueológico en el que se conservan las imponentes hileras de soldados, carrozas y caballos de terracota con las que se hizo enterrar el emperador Qin Sihuang.

A parte de los soldados de terracota, Xian es una ciudad interesante de visitar. Yo la visité en verano, y disfruté de la noche cálida para pasar por sus callejuelas antiguas, bordeando la torre del Tambor. Unos hombres habían colocado dos telescopios gigantes para observar la luna llena y cobraban 10 yuanes a los curiosos que quisieran disfrutar de una sesión de astronomía. En la calle había gente cenando fideos fritos al aire libre o jugando a las cartas en pijama. Los chinos son informales. Salir a la calle en pijama, un hábito bastante común también en Shanghái, es una forma de presumir que viven en el centro de la ciudad.

Punto final de la Ruta de la Seda, Xian tiene una fuerte esencia musulmana. Tiene una bonita mezquita fundada en el 742 y es hogar de una numerosa comunidad de etnia Hui, chinos musulmanes, que a diferencia de los Uigur, los habitantes de Xinjiang, de origen turco, se han integrado sin problemas en la sociedad china. La calle Beiyuanmen, conocida como ‘Muslim street’, está repleta de tenderetes de comida ambulante, donde los chinos Hui – luciendo el gorrito blanco musulmán en la cabeza-  se reúnen para comer bollos de sésamo y la fragante sopa de cordero, el plato estrella de la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] http://www.mutianyugreatwalltours.com/

3 thoughts on “Nostalgia pekinesa

  1. eduard February 19, 2016 / 10:58 am

    El client sempre te la rao. Si et demanen un article en plan guia turistica doncs l’escrius agafes la pasta i a correr!! …o no?
    Ja veig que en el teu cas no.
    No podre viatjar a la Xina…at the moment.
    Em quedo amb l’opcio 2…comprarem un llibre.

  2. mkel February 19, 2016 / 3:01 pm

    Me parece muy bien!! ser consecuente con lo que se piensa y hace, de lo contrario solo acabas provocando un mensaje erroneo en tu cabeza,por tanto pensar y sentir han de ir en una sola direccion, y si lo hubieses escrito en modo guia, habrias tejido un mal circuito interno, pues no es lo que quieres, por tanto Urra por tu articulo, pues se sale del modo guia, y nos da una vision mucho mas natural y cercana.

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