A ritmo de Rubik

No me gusta ir acelerada. No me gusta sentir que el corazón me palpita a doscientos por hora porque tengo un montón de cosas por hacer y no sé ni por dónde empezar. En general, lo que los que estáis inmersos en el mundo laboral llamáis ‘estrés’,  no me sienta bien. “Es que noto que pierdo vida”, les dije hace poco a unos amigos mientras cenábamos en La caseta, un restaurante parecido a una casa de muñecas en lo alto de Vilassar de Dalt. Mis amigos se rieron de mí. En los últimos años, ellos han ido algo más acelerados que yo, madrugando por las mañanas para estar a las ocho en la oficina, comiéndose espantosos colapsos de tráfico, marrones con sus jefes y otras penurias desagradables, como tener que aguantar el mal olor corporal de un compañero de trabajo o ser ninguneados en un proyecto. Pero es que digo la verdad. Cuando empiezo a embalarme y a meterme en muchos proyectos a la vez, acabo con ansiedad y siento que me salen canas.

Uno de mis amigos acaba de dejar el trabajo y ha descubierto un nuevo mundo. El de la gente que pasea al sol en una mañana de lunes, escribe en pijama los martes, planta geranios los miércoles, juega al tenis los jueves al mediodía. Son los verdaderos antisistema.  “No te preocupes, yo voy a ser tu cicerone en este nuevo mundo ”, bromeo, mientras me ayuda a reparar el riego automático del jardín.  Me acabo de mudar a una planta baja con un pequeño patio trasero, que tiene césped, flores y otros seres vivos cuya existencia depende de mí. Entre ellos, hay gusanitos y babosas que ese día acabaron aplastadas bajo un papel de cocina Colhogar, mi mejor amigo en estos tiempos asquerosos de alergia. La primavera es la estación más sobrevalorada del año. El polen es la caspa de Satán y el Colhogar es el hijo de Dios.

Ayer, mientras viajaba a Barcelona en un tren abarrotado de turistas en chancletas salidos de algún hotel barato de Calella de la Costa, se sentaron a mi lado dos acelerados que merecieron todos img_20160525_161037.jpgmis respetos. Eran dos chavales de unos catorce años, que se cronometraban el uno al otro haciendo el cubo Rubik . Yo le miraba embobada, entre estornudo  y estornudo. Con la mirada fija en el cubo, lo hacían girar entre sus manos y movían las fichas de colores a toda velocidad, haciendo un ruido sordo – crec, crek, crek, crek, media vuelta, hacia atrás, crek, creck, hacia adelante, flip, flap –, encajando hileras del mismo color. En menos de un minuto, lo lograban resolver. “Toma, te toca”, se decían, pasándose el cubo. Uno era rubio con gafitas y cara de repelente, el otro era de origen chino. Hablaban en castellano entre ellos. Les filmé y les hice fotos a escondidas.(video Les pregunté cómo lo hacían, pero no me hicieron ni caso. Después me bajé del tren y me zampé un donut cubierto de chocolate de la panadería Boldú. Llevo cinco días sin beber alcohol por culpa de la alergia y mi cuerpo me pide azúcar. Creo que esta tarde iré a comprar buganvilias.

One thought on “A ritmo de Rubik

  1. Salva May 27, 2016 / 5:56 am

    🙂

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