¿Puedo entrar con una camiseta de los X-Men?

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Philly a las 8.am después de un chaparrón tropical

Lo primero que he visto esta mañana al llegar al centro de Convenciones de Filadelfia – donde transcurren las sesiones matutinas de la DNC – ha sido a un niño soñoliento y despeinado, vestido con una camiseta de los X-Men y un pantalón de chándal con calaveras, intentando colarse por la entrada para periodistas. “¿Acreditación, por favor?”, le ha espetado el agente de seguridad, un tipo grandullón que me ha confiscado los dos mecheros. El niño ha señalado su camiseta y le ha preguntado si los X-Men servían como acreditación, pero al ver que el agente no le seguía el rollo, ha dado media vuelta y ha desparecido.

Una hora después, me he encontrado al mismo niño en el interior del recinto. Iba en compañía de su padre, Bill Garrity, un profesor de primaria de North Carolina que ha venido al DNC para denunciar la corrupción endémica que, según él, salpica desde hace años el Congreso de los Estados Unidos. “Si gana Hillary Clinton todo continuará igual, el sistema capitalista actual perpetua la corrupción entre los congresistas, las grandes empresas y Wall Street, y acaban pagando siempre las clases medias”, me explica Bill, mientras sus hijos corretean a nuestro alrededor. Bill se ha enganchado en la camiseta una pegatina en pro de los derechos humanos en Palestina y en la muñeca luce un tatuaje con el rostro de Bernie Sanders, el candidato demócrata más progresista, que competía con Hillary Clinton para ser nominado a las presidenciales. Ahora, a Bill le da igual si gana Donald Trump o Hillary Clinton. “Los dos son igual de malos. Uno gana votos con argumentos racistas y la otra, con argumentos de bolsillo”, asegura.

Sin embargo, Hillary Clinton ha prometido que uno de sus objetivos prioritarios si sale elegida presidenta será garantizar  ‘una economía que funcione para todos, y no solo para los que están arriba”. Así lo recordó su secretario de comunicación, Brian Fellon, en la rueda de prensa celebrada a primera hora de la mañana del lunes. Fellon insistió en que el plan de Clinton pasa por fomentar el crecimiento económico mediante la creación de nuevos empleos y la mejora de los salarios, con el fin de conseguir un reparto más justo de la riqueza entre la población.

“Estamos frente a unas elecciones marcadas por dos visiones muy diferentes: Trump habla de promover la división; Clinton habla de unificar, de permanecer juntos, de construir un mejor futuro para nuestras familias”, dijo Rocío Saénz, vicepresidenta ejecutiva del SEIU, el Sindicato Internacional de Empleados del sector servicios, un organismo que defiende los derechos de los trabajadores inmigrantes en los EEUU. Sáenz, una emigrante mexicana   que llegó a Los Angeles para ganarse la vida aceptando empleos mal pagados, fue una de las participantes más destacadas del Caucus hispano, donde los participantes parecían pelearse por ver quien gritaba y vitoreaba más a Hillary. Los caucus son una serie de encuentros paralelos al DNC que reúnen a los delegados demócratas y otras personalidades influyentes de la comunidad latina para debatir las futuras líneas de actuación del partido.

A parte de vitorear a Hillary Clinton y hacer un poco de show, Sáenz mostró su preocupación por el futuro de los más de cinco millones de inmigrantes latinos indocumentados trabajando en el sector servicios, en caso de que gane Trump. También insistió en la necesidad de aumentar los sueldos y de luchar por el salario mínimo de 15 dólares la hora  para garantizar que los inmigrantes empleados en cadenas de fastfood como McDonald’s puedan llevar una vida digna “y no tengan que elegir entre comer comida a sus hijos o pagar el alquiler”, insistió Sáenz. “Subir los salarios mínimos es una condición necesaria para mantener en crecimiento no solo nuestra economía, sino también nuestra democracia, y Clinton es la candidata que se ha comprometido a llevarlo a cabo”, dijo la activista.

Otra delegada latina que ha confirmado su apoyo incondicional a Hillary Clinton es Lily Eskelsen García, presidenta de la National Education Association (NEA), asociación que representa a más de tres millones de educadores de todo el país. Hija de una inmigrante panameña y casada con un mexicano, Lily explicó a los participantes del Caucus que cuando su madre se instaló en Utah, “dejó de hablar en español porque la gente la miraba mal. “Ni siquiera enseñó el español a sus hijos”, explicó Lily, convencida de que la llegada de Hillary Clinton puede suponer un enorme avance en la reforma de los sistemas educativo y de la inmigración. “La población necesita entender que ser bilingüe es una gran riqueza, y no un prejuicio para desconfiar de alguien”, insistió la presidenta del NEA.

Dentro del centro de convenciones hace un frío de narices y he salido un momento a la calle. El calor era abrasador (37ºC) pero los fans de Bernie Sanders son incansables, a pesar de que ya no tienen nada que hacer. Ondean pancartas y banderas con mensajes
ecologistas y pacifistas. También hay ciudadanos anti-Hillary, a la que acusan de haber metido a Estados Unidos en conflictos sanguinarios, como Irak, Yemen o Siria, y de haberse cargado decenas de civiles con drones. Todo ocurre bajo la mirada discreta de grupos de policía urbana montada en bicicleta. La mayoría son grandullones y tienen aspecto simpático, con sus bermudas y sus sonrisas infantiles, a pesar de las mala fama que se han ganado por los abusos de violencia y muertes cometidas contra ciudadanos negros en otras ciudades.

“Lo mejor del DNC es que ofrece una oportunidad para que la gente pueda ejercer uno de los derechos más preciados de la cultura norteamericana: el derecho a debatir”, opina Andrew Esparza, un artista de California que ha venido a Filadelfia para acompañar a su esposa, delegada demócrata del estado de Ohio. Andrew luce una barba blanca muy larga y se cubre los hombros con un chal descolorido con la bandera americana. Tiene  pinta de cansado. “Ayer estuve en una fiesta hasta las tantas de la noche. Y muchos de los speakers y delegados que ves por aquí también estaban”, sonríe.

 

 

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