Los calamares de Jenkintown

Jenkintown es el típico distrito residencial de clase media de cualquier ciudad americana: shopping malls, moteles e iglesias de imitación medieval en la entrada y salida del pueblo, una calle principal por la que no pasa ni un alma y casas unifamiliares prefabricadas con su jardín de césped y su garaje extendidas a lado y lado. Jenkintown en concreto está a unos 20 kilómetros al norte de Filadelfia. Para llegar hasta allí se puede tomar un tren regional o conducir por una carretera plagada de semáforos que va dejando atrás  los diferentes suburbios que rodean el centro de la ciudad, cada uno habitado por una minoría distinta. Primero vienen los barrios negros, los barrios de “morenos”,  como dicen los Latinos. Gran parte de la comunidad afroamericana de bajos recursos de Filadelfia habita en una serie de calles de aceras sucias y casas apareadas con las fachadas destartaladas y porches de columnas blancas despintadas.  La sede de la Temple University, una de las universidades más antiguas de la ciudad,  semi-pública, hace de límite entre los barrios buenos y malos. Después del a universidad aparecen calles con barrotes en las ventanas, las basuras a rebosar y  chavales de color jugando a básquet o sentados en las escaleras frente a su casa, esperando a que baje el calor.

Ayer por la tarde, después de un bochorno sofocante, cayó una gran tormenta y muchas calles se quedaron sin electricidad. El diluvio nos pilló en un suburbio negro, de camino a Jenkintown, donde está nuestro motel. Íbamos en coche con Claudia (nombre ficticio), nuestra anfitriona colombiana, que circulaba despacio porque apenas teníamos visibilidad. Se la notaba nerviosa. “Los morenos no saben conducir, hacen lo que quieren”, exclamó, cuando un coche salió de una esquina, casi sin mirar. Claudia, que lleva 25 años viviendo en Filadelfia, dice que los barrios morenos son peligrosos, con mucha delincuencia, y eso que vamos en un todoterreno nuevo de trinca, un modelo gigante de General Motors que lleva hasta wifi incorporado.

Mientras conducimos, Claudia nos pone canciones de Carlos Vives y Shakira y canturrea las letras, que se sabe de memoria.  “Procuro llevar siempre música latina en el coche para que mi hija pequeña se acostumbre al español”, nos explica.

Claudia y su marido, director de un diario latino de Filadelfia)  tienen dos hijas. La mayor, G., llegó a EEUU cuando era bebé, y siempre tuvo interés en aprender español. Cuando estudiaba dirección de empresas en Villanova – una escuela de negocios privada de Filadelfia-  cursó dos semestres de intercambio en Barcelona y Cádiz. En cambio, la pequeña, A.M, que tiene 16 años, nunca lo quiso aprender. “Yo le hablaba en español y ella me respondía en inglés”, dice Claudia. Orgullosa, nos enseña fotos en el móvil de su hija mayor, que vive con su prometido, un abogado americano, en un apartamento de alquiler en el downtown de Filadelfia, por el que pagan unos 2000 dólares al mes. “No tienen coche, les gusta ir a todos lados a pie;  el edificio tiene unas cuantas limusinas a disposición para los inquilinos”, explica Claudia, bajando el volumen de la radio. Suena Bailamos, el hit de Enrique Iglesias, y Raquel y yo cantamos con ella.

“Sé que a A.M le gusta la música latina. Si escucha música en castellano en el coche, irá cogiendo más cariño a su cultura”, dice Claudia, convencida. Su hija pequeña tiene 16 años y ya tiene el permiso para conducir,  aunque solo puede coger el coche en compañía  de los padres. “Cuando vamos a Colombia, mi hija se pone a hablar en inglés con sus primos, que también viven en Estados Unidos, y yo le digo que cada país tiene sus cosas buenas y malas”, añade la mujer, agobiada por que a su hija no le guste Colombia. Pero lo que más le molesta es que su hija no quiera hablar en español con ella cuando sus amigas están delante. “Confío en que se le pase cuando empiece la universidad”, concluye, entornando los ojos. Hace unos días, A.M, una chica tímida, de mirada risueña y larga melena oscura, me dijo que quería estudiar periodismo y comunicación audiovisual. Si la aceptan en la universidad que quiere, la obligaran a vivir tres años en el campus.

“En Estados Unidos hacen esto para evitar que los chicos no se desmadren con el alcohol.

img_20160725_023102.jpg
‘we buy ugly houses’: anuncio de una inmobiliaria que compra edificios feos en los suburbios de Filadelfia

Aquí está prohibido beber hasta que cumples los 21. Son así de puritanos. Pero luego te vas a la tienda de la esquina a comprar un rifle y no te piden ninguna documentación”, se lamenta Claudia. Hemos dejado atrás el barrio afroamericano y cruzamos el Bloque de Oro, como se conocen los barrios portorriqueños de Filadelfia. Según Claudia, sus calles son igual o peor de inseguras que las de los ‘morenos”. El Bloque de Oro empieza en la esquina de la avenida Lehigh con North 5th Street, y de allí se extienden calles con edificios pintados de colores, murales populares y zapatos viejos ligados por los cordones a los cables de electricidad. Las aceras están sucias y dejadas,  los coches circulan con reaggetton a todo volumen y los hombres con cadenas de oro en el cuello reparan coches al aire libre o miran con suspicacia a los transeúntes. El ambiente intimida, aunque sea domingo al mediodía, cuando yo lo visité. “De noche es muy peligroso. Hay mucha delincuencia, sobre todo drogas”, me asegura Claudia. Pasamos por delante de la Escuela de Estudios Superiores creada por Esperanza, una asociación de ayuda a la comunidad latina del Bloque de Oro. Los fundadores de Esperanza son amigos de Claudia y marido: forman parte de la comunidad hispana  de EEUU que han conseguido prosperar y alcanzar el bienestar de la clase media americana. Por supuesto, no viven en el Bloque de Oro: Claudia y su marido tienen una casa con jardín en Jenkintown, rodeada de otras casas parecidas, flanqueada por bosques con ciervos. Tampoco han tenido que preocuparse de que sus hijas abandonen los estudios o no encuentren un buen trabajo, dos de los problemas principales de la comunidad latina.  Las familias como la de Claudia- clase media hispana – son las que pueden verse cenando un domingo por la tarde en el restaurante Tierras Colombianas, un local de comida latina anclado en un cruce de carreteras, al salir de Filadelfia.  Es un local de aire rústico, con suelos de barro y mesas de madera, en el que puede comerse estofado de cola de res, maduros fritos o arroz con frijoles (me contengo los comentarios sobre la cocina criolla).

Al salir de los suburbios hispanos, la carretera hacia Jenkintown se vuelve más estrecha y aparecen los bosques de chopos y castaños enormes, todavía húmedos de lluvia. También hay unos arbustos espinosos muy frondosos que aquí llaman “Devil`s walking stick”,   el bastón del diablo.  Más adelante aparecen algunos edificios con carteles en coreano y en inglés. “Los coreanos también tienen su propio suburbio. Tienen sus mallcitos, sus colmados, iglesias, lavanderías… son muy trabajadores”, dice Claudia, una fan declarada de la cocina coreana.

En el siguiente semáforo, los carteles en coreano desaparecen para dar paso a un moderno edificio de concreto y madera, con forma triangular. Es una sinagoga. “Ahora estamos en un pueblo judío”, aclara Claudia. Detrás de los árboles gigantes, asoma otra sinagoga de estilo más clásico, una escuela judía y dos centros comerciales. “LA comunidad judía de esta zona es bastante secular, no son como los ortodoxos de Brooklyn. Pero son bastante racistas. Quieren tener sus escuelas, sus tiendas… incluso tienen su propio hospital”, opina Claudia. La mayoría de sus vecinos también son judíos. “En NAvidad somos los únicos que tenemos la casa iluminada”, bromea.

Al llegar a Jenkintown ya ha oscurecido y Claudia nos lleva a cenar a un restaurante italiano, en el centro del pueblo. Son las ocho de la noche y no hay nadie en la calle. De fondo se escucha el zumbido de los coches en la autopista y los vozarrones de un grupo de jóvenes que cena en uno de los reservados del restaurante. El local da a una pequeña plaza, con bancos para sentarse y una glorieta en el centro con anuncios de las obras de teatro organizadas por la comunidad.  En una esquina, el escaparate sobrio de una tienda de objetos religiosos judíos y una escuela de baile. “Jenkintown es un lugar muy seguro”, dice Claudia, mientras nos sentamos en la mesa del ruidoso restaurante, en el que todos los camareros son dominicanos.  Les pedimos que nos traigan media botella de vino blanco de estranquis. “Algo podremos hacer”, promete un camarero dominicano vestido de negro, con una sonrisa.  En Pennsylvania muchos restaurantes no tienen licencia para servir alcohol y la gente se trae el vino de casa. AL cabo de unos minutos, el camarero aparece con media botella de un Chianti aguado pero bien frío que me deja borracha con solo dos copas. Pedimos calamari fritti  y raviolis de queso, y hablamos con Claudia de su vida en Estados

img_20160726_154124.jpg
Los carteles del metro de Philly son de los 90. En USA siguen dominando los coches, pero los ecologistas se manifiestan

Unidos, donde llegó hace más de 30 años. “Primero viví en Texas, no les entendía cuando hablaban ingles”, ríe. “Más adelante, en Iowa, me costó integrarme, la gente del Midwest es más racista”, comenta, hincando el tenedor en el ravioli. En Filadelfia vivían unas tías colombianas, así que el matrimonio decidió mudarse de Iowa a aquí, y ya no se movieron. En Jenkintown tienen la vida bien montada – el periódico que fundó su marido sigue siendo rentable- y han hecho amigos. Claudia se encarga de llevar las cuentas delperiódico  y también se ocupa de las tareas de la casa. “Una mujer de servicio es muy cara, cuesta más de 150 dólares a la semana”,  se queja. Terminamos de cenar y nos vamos con prisas. Claudia aún tiene que ir a recoger a su hija y poner lavadoras, y mañana toca madrugar, como cada día, porque el tráfico para ir a trabajar a Filadelfia es espantoso.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s